
Ticiacé nos regalaba flores a cada rato y por cualquier
motivo. En los cumpleaños, en las primeras comuniones, en las buenas boletas,
cuando mudábamos un diente, cuando dejábamos de mojar la cama, cuando nos
hacíamos señoritas, cuando aprendíamos a leer, a sumar, a recitar poemas, a
comer con cubiertos, cuando pasábamos de grado, cuando nos pelábamos una
rodilla montando bicicleta o patines y hasta cuando ni idea de por qué. Lo cierto es que todas nosotras atesoramos
entre los recuerdos de la infancia el timbre de la casa sonando casi todo el
tiempo y un mensajero en la puerta con un inmenso ramo de flores de parte de
Ticiacé. Llegó un momento en que ya ni les hacíamos caso a esos bojotes
preciosos de las flores más diversas que no habían terminado de secarse cuando
ya venía entrando uno nuevo. Mi mamá y mis tías mentaban madres bajito por el
reguero de pétalos que vivía en el piso y que ellas tenían que barrer, pero nos
obligaba a darle las gracias a Ticiacé no más entraba en la casa. Ella nos miraba el fastidio y se moría de la
risa, “¿ya se aburrieron de las flores?, perfecto, así, cuando estén en edad de
tener novio en serio, no me las va a deslumbrar el primer pendejo que les mande
un ramo”
(fragmento del relato "Las Flores de Ticiacé" de Veintitantos amores y pico de Mónica Montañés)