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viernes, 21 de septiembre de 2012

Palabra de Ladrona




No te lo he dicho, pero tengo una habilidad especial para apoderarme de las cosas más inverosímiles. Y mañana a las 14.49, cuando la gente esté distraída con sus menús de mediodía o su sobremesa de fin de semana, saldré a la calle en puntillas y con mucho disimulo me robaré el último rayo de sol que le queda al verano. 

Lo guardaré en mi bolso como quien esconde una piedra preciosa, y solo lo sacaré de su escondite para compartirlo contigo; será el secreto que nos sirva para espantar juntos la oscuridad durante esas ciento setenta y cinco noches que nos separan de la siguiente primavera. Es una promesa y yo no falto jamás a mi palabra: conmigo nunca pasarás frío. 


(El texto es un micro relato dedicado al equinoccio de otoño. Y la foto es de Humans of New York, un blog maravilloso en el que es imposible no encontrar inspiración)

domingo, 18 de septiembre de 2011

Summertime




   Aquella mañana de septiembre el cielo amaneció blanco y las cosas parecían envueltas por un velo invisible de silencio, como si el mundo fuese un enorme juguete mecánico al que se la había acabado la cuerda de repente. Parecía que el tiempo se hubiese detenido: ni los pájaros, los coches o los abuelos hablando en la plaza quebraban la solemnidad de aquel temible aunque esperado giro que había dado la realidad a traición mientras todos dormían. Algo había cambiado y aunque ninguno de los habitantes de aquella ciudad se atrevían a decirlo en voz alta, todos reconocían en aquel manto algodonoso hecho de puras nubes la primera señal de lo inevitable. 

   Los más madrugadores fueron los primeros en ponerse en marcha. Algunos corrieron a la playa con sus niños y sus perros, negándose a asumir lo que estaba ocurriendo, y otros  -mucho más meticulosos y organizados- decidieron invertir la jornada en enfrentarse con las rebecas, jerséis, botas y calcetines que esperaban pacientemente ser utilizados desde hace meses. A mediodía la calle se llenó de chubasqueros y chaquetas, mientras algún despistado aún desfilaba en chanclas y con la toalla de playa enrollada a la cintura, tiritando de frío. Las terrazas de los bares se poblaron de un terco ejército de hombres y mujeres que desafiaba aquel cambio a punta de pura fuerza de voluntad, y los bancos de las plazas sirvieron de refugio para muchos enamorados recientes que se sentaron a mirar el cielo amenazante sobre sus cabezas, sin poderse creer que su amor -inventado hace dos días-  estaba a punto de experimentar un cambio de estación al que no sabían si serían capaces de sobrevivir. 

   Las horas fueron pasando en medio de una calma tensa y fría que todos intentaban ignorar mientras se dedicaban a sus pequeños rituales de despedida. Se improvisaron barbacoas, se limpiaron terrazas y balcones, se guardaron tumbonas y sombrillas. Se vaciaron piscinas, se cambiaron los armarios, y los maniquíes de las tiendas se vistieron con abrigo y bufanda. Se apagó la música, se retiraron carteles desteñidos y cuarteados por el sol y una alfombra de hojas secas empezó a cubrir poco a poco las calles en las que los niños ya no iban persiguiendo una pelota, sino que arrastraban una mochila llena de libros. Se desempolvaron radiadores y paraguas. Se resumieron nostalgias, se editaron recuerdos y se repasaron álbumes de fotos tomadas apenas hace unas semanas, mostrando unas imágenes que parecían venir de otro mundo y retratar a otra gente, mucho más feliz y despreocupada que aquella multitud que hoy caminaba sin rumbo, silenciosa y melancólica, sin ánimo de asumir lo que estaba a punto de pasar. 

   El desenlace de aquel día memorable llegó poco rato después de la hora de la siesta, cuando el sol logró abrirse paso en medio de las nubes y sin más, se derritió sobre el cielo. Tardó apenas unos minutos en fundirse, como un cubo de hielo, y luego, ya convertido en líquido, bajó chorreando por las paredes y los tejados para cubrirlo todo con un rocío pegajoso y dorado del que era imposible escaparse y que la gente se apresuró a recibir, dándose un baño multitudinario de luz. Daba igual que el termómetro se hubiese disparado durante aquellos benditos minutos de calor; probablemente los últimos que vivirían en muchos meses,  porque todos querían conservar sobre su piel el recuerdo de aquel epilogo en forma de chorro luminoso que hacía oficial lo que sabían desde primera hora de la mañana pero nadie quería admitir: el verano -y con él, la mejor parte de si mismos- se había terminado. 

domingo, 4 de abril de 2010

Somnífero


Después de años sufriendo insomnio y soledad crónicos, aquella vez por fin logró dormirse sin pastillas. No recordaba qué había sido capaz de obrar el milagro ni a qué hora había ocurrido, pero despertó radiante en su propia habitación, con el vestido y los zapatos de la noche anterior aún puestos y el cielo descansado de su rostro surcado por pájaros de rimel negro y marcas de almohada.

Suspiró incrédula y volvió a cerrar los ojos, todavía enredada en los hilos del sueño que tanto le costaba conseguir. Sin girarse, estiró el brazo derecho por detrás de su cabeza para coger el reloj de la mesilla, preguntándose cuántas horas había dormido y si la tortura de sus noches en vela había terminado.

Entonces su mano tropezó con el hombro del somnífero, que también se había dormido con el pantalón y la camisa puestos y roncaba feliz a su lado, acaparando la mitad exacta del territorio recién explorado de su cama individual.

lunes, 22 de marzo de 2010

Bala Perdida




El disparo partió en dos el aire de la habitación para terminar su recorrido en la cabeza del hombre moreno y repeinado, al que no le dio tiempo a borrar su expresión de sorpresa antes de ser despachado al otro mundo.

“Uy, lo siento cariño” -dijo ella mientras guardaba la pistola y dirigía una sonrisa a su infiel y atónita pareja, que temblaba medio desnuda sobre la cama revuelta intentando sin éxito subirse la cremallera de la espalda- “no era mi intención dejar manchas de este idiota en el vestido nuevo que te regalé”.



(escrito a cuatro manos entre G y R.A - que sea la primera de muchas)