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viernes, 21 de septiembre de 2012

Palabra de Ladrona




No te lo he dicho, pero tengo una habilidad especial para apoderarme de las cosas más inverosímiles. Y mañana a las 14.49, cuando la gente esté distraída con sus menús de mediodía o su sobremesa de fin de semana, saldré a la calle en puntillas y con mucho disimulo me robaré el último rayo de sol que le queda al verano. 

Lo guardaré en mi bolso como quien esconde una piedra preciosa, y solo lo sacaré de su escondite para compartirlo contigo; será el secreto que nos sirva para espantar juntos la oscuridad durante esas ciento setenta y cinco noches que nos separan de la siguiente primavera. Es una promesa y yo no falto jamás a mi palabra: conmigo nunca pasarás frío. 


(El texto es un micro relato dedicado al equinoccio de otoño. Y la foto es de Humans of New York, un blog maravilloso en el que es imposible no encontrar inspiración)

domingo, 30 de octubre de 2011

Bad Pet


    

    A quien pueda interesar,

    La presente es una carta abierta, ya que no sé exactamente a quién dirigirme para hacer la devolución que hoy me ocupa. De existir un lugar para este tipo de "Objetos Perdidos" probablemente intentaría iniciar mi gestión allí, pero creo que lo que intento devolver no está clasificado exactamente como un "objeto". Y aunque así fuera, pienso que quien lo abandonó a su suerte hace ya tantos años delante de mi casa no debe estar particularmente preocupado por recuperarlo. Todo lo contrario: este es el tipo de cosas que mientras más lejos las tengas, mejor estás.

    Pero divago. Intentaré ceñirme estrictamente al tema de la devolución en cuestión, que es lo que me interesa.

    A lo largo de aproximadamente unas tres décadas -año arriba, año abajo- he sido responsable del cuidado y manutención de un extraño animal cuyo nombre auténtico no conocía, pero al que por lástima primero y por costumbre después comencé a llamar "Amor". 

    Yo no lo busqué y sinceramente no sé si él me buscó a mí. Pienso que no. Pero tengo claro que él y mi adolescencia llegaron prácticamente de la mano una mañana de marzo hace ya mucho tiempo y a partir de ese día esta mascota involuntaria me ha acompañado en prácticamente cada paso de mi vida. Ha sido el sonido triste de sus ronquidos el que me ha arrullado en momentos de desconsuelo, el paso de sus patitas lentas el que me ha indicado el camino a seguir cuando he tenido dudas y sus ojos saltones y llorosos los que han sufrido conmigo todas las penas amorosas que he padecido desde que entré en el juego de encontrar pareja. Ha sido una larga carrera juntos en la que hemos vivido no pocas aventuras y despechos, pero, recientemente me di cuenta que nuestros caminos se tienen que separar. En otras palabras menos poéticas, quiero devolver al condenado bicho.

    Probablemente se preguntarán cómo soy capaz de abandonar a una criatura que me ha acompañado fielmente durante tanto tiempo y hasta habrá quien piense que soy una desalmada. Permítanme explicarme por favor. Las razones que me han llevado a tomar esta decisión son varias, pero creo que la más contundente es que las costumbres y manías de este animal sencillamente me sobrepasan. Este "Amor" no se parece en nada a mí; es celoso, inseguro, se dedica a hacer trastadas por mi casa (muchas de ellas irreparables) y lo peor de todo, con los años ha terminado por adueñarse de mis reacciones y de mi criterio. El vaho de su aliento de mascota cansada me nubla la vista y cuando se acerca para darme cariño no me achucha ¡me aprieta! lo que muchas veces me impide respirar con tranquilidad.

    Le he llamado "Amor" durante mucho tiempo porque así lo he querido, en un intento vano de creer que es el nombre que le corresponde. Pero sus costumbres de fiera triste y  desconfiada y esos colmillos largos que saca de vez en cuando poco o nada tienen que ver con el noble sentimiento que me inspiró a llamarlo así. De hecho, he investigado un poco y creo que he reconocido en un libro de zoología a unas bestias muy parecidas a él que pertenecen a una  especie peligrosísima llamada "apegos". Por lo que he leído son bichos de aspecto engañosamente inofensivo a los que hay tratar con sumo cuidado, porque no reconocen amo alguno y en situaciones de crisis son capaces de pegar un zarpazo sin más, especialmente en zonas sensibles como el corazón o la yugular misma. Si esto es así, no puedo seguir compartiendo mi casa con un animal que en cualquier momento puede perder el control y atacarme. ¡Es lo que me faltaba!. Así que con cierta tristeza pero también con mucha seguridad de que lo que estoy haciendo es lo mejor, dejo libre a esta mascota eterna que pensé se quedaría tumbada vigilante al pie de mi cama hasta el fin de mis días.

   Dejarlo ir no es sencillo. Es complicado asumir que he sufrido por gusto cuidando de él durante todo este tiempo y aceptar que lo que yo llamaba "Amor" resultó ser un vulgar "apego". De vez en cuando seguramente me dará mono y saldré a buscarle por la calle o puede que el puñetero sepa el camino de regreso a casa y se instale pacientemente en el jardín, esperando a que yo dé un paso en falso y vuelva a necesitar su abrazo asfixiante… Pero sí espero tener la fuerza de voluntad suficiente para verlo de lejos nada más, y no acomodarlo otra vez en mi habitación, ni hacerle caso a sus ruiditos de mamífero lastimero o  caer en la trampa de sus ojos llorones. Lo mío con este jodido "apego" se terminó y toca escribir la siguiente página buscando un "Amor" de los de verdad, de esos que he leído se alimentan de confianza y pueden andar sueltos por casa o hasta irse a dar un paseo solos sin generar destrozos o romper corazones. 

   Así que, expuesta esta historia que espero no haya resultado excesivamente dramática (es uno de los efectos nocivos que genera esta criatura: todo lo que toca adquiere un tinte lacrimógeno enseguida) hago entrega oficial de este particular ejemplar a la comunidad para quien considere que es un placer gozar de su compañía. Me consta que muchos de mis vecinos sienten auténtica pasión por la crianza de animales peligrosos y puede que pronto consiga un nuevo hogar con alguno de ellos. Lo devuelvo a la calle y al mundo para que corra, salte y encuentre otros corazones trastornados con los que jugar y que le alimenten. Porque yo, muy señores míos, estaré ocupada a partir de este momento buscando un ejemplar de "Amor" auténtico y con certificado de pedigree, que le haga honor al nombre que por tantos años llevó sin merecer el puñetero "apego" que tan injustamente entretenida me ha tenido.  



domingo, 30 de agosto de 2009

Pobre Gente



Iban sentados juntos en uno de los vagones de la línea verde del Metro. Ella hacía sudokus con una mano y con la otra sostenía firmemente la correa del bolso. Él estaba concentrado en la lectura del “As” y de vez en cuando echaba un rápido vistazo a la pequeña hilera de luces rojas que se iban encendiendo para indicar la próxima parada.

 “Propera estació, Espanya” dijo la voz. Y menos de un minuto después las puertas se abrieron para dejar entrar a un río de gente variopinta que tardó dos segundos en inundar el vagón. Ella apretó el bolso con más fuerza y él sacudió el periódico, molesto ante aquella invasión inesperada de cuerpos ruidosos que interrumpía su lectura.

 En las sillas de enfrente se sentó otra pareja. Al principio ninguno de los dos les prestó atención, pero luego ella levantó la vista de los números de su puzzle y no pudo evitar ver la coreografía de gestos y señales que aquel par  protagonizaba con sus manos.

 Los espió con disimulo, observando cada maniobra de aquellos dedos que se combinaban para formar palabras y frases misteriosas que sólo ellos podían entender. Los veía reír y decirse cosas con los ojos, mientras las manos bailaban de arriba abajo, conectadas en una conversación sin sonido que los tuvo enfrascados hasta la estación de Fontana, donde se fundieron en un abrazo de diez dedos entrelazados para abandonar el vagón sin separarse. Cuando el obligado travelling lateral del tren le estropeó la película, pudo verlos darse un beso que iluminó el andén durante dos segundos, justo antes del corte a negro del túnel.

-Cariño, ¿has visto a esa pareja? -le dijo a su marido.
-No. Estoy leyendo el periódico -contestó él, fastidiado.
-Es que me han dado una penita…
-¿Por qué?
-Eran sordomudos…Pobrecillos. ¿Te lo imaginas?...Viviendo juntos y sin intercambiar ni una palabra. Una pena ¿verdad?
-Pues si, una pena -dijo él volviendo a su lectura, dando el tema por cerrado.

“De verdad no sé cómo pueden vivir sin hablarse” -pensó ella mientras terminaba de rellenar su sudoku- “Pobre gente…”.

domingo, 3 de agosto de 2008

Paciente Terminal


Sabía que estaba enferma. Los síntomas de aquel mal de idiotas y locos la acompañaban cada minuto del día. Desde que abría los ojos en la mañana hasta que el cansancio le ganaba la batalla por la noche. Las miradas compasivas de su familia se lo decían y el distanciamiento cortés pero inequívoco de sus amistades se lo confirmaban: su estado era grave.

Cuando salía a la calle no podía evitar notar como los extraños que viajaban a su lado en el autobús o compartían unos metros de acera con ella, la observaban con una curiosidad mal disimulada. Aquel desorden quizás químico que le afectaba la existencia, parecía crear una especie de aura a su alrededor capaz de indicarle a la gente que ella era una de 'esas personas'. Y no tenía alternativa. Ser objeto de análisis y comentarios era parte del precio a pagar por estar contagiada.

En el trabajo la situación no era muy diferente. Desde que empezó a mostrar los signos inconfundibles de haber pescado esa peste que sólo era vista con cierta aceptación en niños o personas muy jóvenes, comenzó a tejerse a su alrededor una finísima red de todo tipo de rumores. ¿Cómo se contagió?...Ya se sabe que hay que ser un poco 'especial' para tener cuarenta años y estar enferma de 'eso'...Su estilo de vida sin duda tenía la culpa de todo. Mientras mas lejos de ella, mejor. Sus compañeros de despacho, gente 'sana', se acercaban a su mesa solo para lo estrictamente necesario, temerosos de pillar el virus y terminar deambulando por la vida como ella, con aquella sonrisa perpetua en los labios y los ojos permanentemente vestidos de claridad.

Era un reto cargar con aquel peso. No habían tratamientos ni vacunas conocidas para su mal y el mundo no estaba educado para tratar con enfermos como ella. Sin embargo, cada vez eran mas los que caían víctimas de ese terrible brote que ya alcanzaba proporciones epidémicas y tenía de cabeza a los hombres de ciencia, a los líderes religiosos y hasta los políticos, quienes no podían explicarse como una tragedia tan grande podía adueñarse del destino de la humanidad. La ola de enfermos cada día iba en aumento e incluso había algunos degenerados que buscaban contagiarse voluntariamente...

Despachos, calles, escuelas... Poco a poco el invisible y letal virus se iba apoderando de todo, mientras los contagiados se unían en pequeñas comunidades secretas, extrañas sectas en las que daban rienda suelta a su dolencia y dejaban bien visible la rareza de sus síntomas. Para ellos no habían grupos de apoyo ni asociaciones benéficas. Eran demasiado peligrosos para generar lástima y no resultaban rentables para las arcas de la caridad común.

Los pronósticos al respecto tampoco eran muy alentadores. Los especialistas en la materia estimaban que dentro de unos años cada familia podía esperar que por lo menos uno de sus miembros desarrollaría las señas clásicas del mal, y lo peor, que era muy factible que todo el grupo familiar fuese portador asintomático del virus, convirtiéndose en amenazas ambulantes. También se hablaba de genes defectuosos que predisponían al organismo y la gente se examinaba con desconfianza y preocupación, aterrorizados ante la perspectiva de mirarse un día al espejo y descubrir los signos de la fatalidad en su rostro.

Así que ella tenía que llevar su vida en la mas completa y pacífica resignación, reconociéndose discretamente en los ojos de otros de su misma condición, aceptando sin mayor ruido su ánimo optimista y su libertad contagiosa. Asumiendo con dignidad y algo de compasión el miedo y rechazo que producía en los otros, porque sabía por experiencia propia que el mundo no perdona a un enfermo de felicidad aguda.



Para Cristina, cuando se marchó feliz a Chile en Febrero 2000.
Revisado en Julio 2008