
A continuación, algunos aparatitos improbables que nos harían la vida más llevadera y ayudarían a gestionar fantásticamente la siempre complicada interacción con el prójimo.
El electrodo Anti-Pensamiento
Sería bueno tener un chip, instalado con discreción en un electrodo, que permitiera suprimir una parte de las señales que emite el cerebro en momentos críticos como por ejemplo, un despecho. ¿Que aquel no te quiere y pasa de ti, tus llamadas y tus mensajes? Usa el chip. ¿Que ella se ha largado con otro y te dejó con el marrón de vender el piso y repartir los muebles, con todo lo que eso implica? Chip con eso…¿Que pasó la noche contigo y te gustaría volver a verle, pero no ha vuelto a dar señales de vida?...Recurre al chip. Y así en miles de situaciones más en las que el letal virus del ‘over thinking’ nos joroba la existencia.
Tendría que tener un precio relativamente solidario y a ser posible distribuirse en packs de por lo menos dos unidades, para poder tener un stock de repuesto a mano en caso que uno de los electrodos se joda o se pierda, no vaya a ser que nos quedemos con el maldito pensamiento destructivo taladrándonos la cabeza y en los peores casos, también el corazón.
El dispositivo Atrapatiempo
Debería ser pequeño y portátil, con el aspecto inofensivo de un mp3. Pero no serviría para reproducir música o video sino para detener el tiempo o matarlo, según la necesidad del momento.
Poder pararlo por ejemplo cuando (click) nos dan un beso que sabemos irrepetible (click) tenemos un raro momento de felicidad o (click click) estamos de vacaciones en una playa paradisíaca rodeados de palmeras y tomando una cerveza bien fría. Dándole al botón de ‘mode’ podríamos pasar de ‘Stop’ a ‘Kill’ y podríamos matarlo cuando (click click) esperamos inútilmente en una fila interminable, (click pit pit piit) nos preguntemos cuándo nos llamarán de alguna de esas empresas en las que hemos echado el CV o (click click tuc tuuc tuc…esto sería una función especial, por la que seguramente habrá que pagar plus…) aguardamos la dichosa llamada que nos prometieron la noche anterior, cuando todo eran ganas de vernos de nuevo. El efecto no sería eterno, ya se sabe, pero al menos podríamos transitar con mayor tranquilidad por esas circunstancias puñeteras que no dependen de nosotros sino del famoso ‘paso del tiempo’, al que siempre nos remiten esos raros seres capaces de tener paciencia o resignación.
El artefacto Ahuyentaodios
Un cacharro con pinta similar a la de los ventiladores verticales. Serviría para quitarnos la mala leche (tan inútil, pero tan adictiva) sobre todo en casos donde no tiene sentido padecerla. El odio que nos genera el cabrón de nuestro jefe. La mirada torcida que le regalamos al simple recuerdo de aquella lagarta quitahombres cuyo nombre no queremos ni mencionar. El nudo en el estómago ante el número del ex novio guardado en la agenda del móvil. Todo esto desaparecería con sólo encender el Ahuyentaodios en una de sus tres velocidades (a saber: Cabreo Leve, Gran Cabreo o Rabia Satánica) y dejar que la brisa que emite nos arrulle un rato y nos despeine las ideas.
Eso si, al igual que con el dispositivo Atrapatiempo, el efecto de este aparato no es eterno. Toca enchufarlo a diario y ser constante como con los anticelulíticos (que al igual que el odio, una vez que se instala es muy jodida de erradicar, aunque si puede disimularse).
El Detector de Peleas
Se instalaría en los techos de las casas, como esos aparatitos que detectan el humo y emiten un pitido si se empieza a quemar el asado, pero esta versión haría ruido en caso de descubrir que se acerca una discusión.
El mecanismo de detección sería la mar de sofisticado y la intensidad y frecuencia de la señal acústica dependería de la magnitud del pollo que está en puertas. Por ejemplo, un sonido leve ante preguntas típicas como ‘¿Joder, otra vez alubias para cenar?’, otro un poco más agudo para interrogantes de calibre medio-alto como ‘Te he estado llamando durante toda la tarde y no contestaste, ¿dónde estabas?’ y una alarma intensa y repetida cuando algún despistado suelta un desafortunado ‘Cariño, ¿te has echado un par de kilos?’ o el letal ‘Ya me lo advirtió mi madre desde la primera vez que te vio…’. Esto, en su versión doméstica, pero existirían diferentes modelos para instalar en los lugares de trabajo o cargar en el bolso, como un móvil, para usarse en reuniones sociales con invitados conflictivos, imprudentes o poliamorosos. No hay que descartarlo como aplicación extra para los GPS en los coches, que pelear y conducir no son dos verbos que combinen bien.
El único defecto del Detector de Peleas es que sólo tiene un efecto preventivo. Para evitar el rigor de una discusión apocalíptica el usuario tiene que tirar de esa virtud escasa llamada sentido común, que es la que finalmente permite salvar los muebles desviando el tema o pidiendo disculpas. Sin sentido común, un usuario lerdo puede caer fácilmente en la trampa de gritar ‘¿¡Y QUÉ MIERDA HACE EL CACHARRO ESE PITANDO!?, ¡LE VOY A DAR UNA OSTIA!’, cargándose así no sólo la inversión que implica la compra e instalación del detector, sino la filosofía misma del producto. Habría que tener cuidado con esto y tomar en cuenta que el fabricante no acepta devoluciones ni emite reembolsos para gilipollas.
También forman parte de esta lista otros chismes maravillosos como:
-El chip Espantaplastas (para ellas) o Espantaperritas (para ellos, sobre todo cuando tienen a una ‘ella’ fija)
-El Radar Rosa (también conocido como ‘Gaydar’, muy útil para salir de marcha y no equivocarse al ligar)
-El Desvanecedor Personal (conocido en ciertos mercados como el ‘Trágame Tierra’)
Si alguno de ustedes, señores lectores, tiene alguna patente interesante que agregar a este catálogo imposible, sírvase por favor de compartirlo con la audiencia y contribuir con el avance de la ciencia y la salud mental colectiva. Muchas gracias.
