jueves, 14 de febrero de 2013

Díselo con flores



   Ticiacé nos regalaba flores a cada rato y por cualquier motivo. En los cumpleaños, en las primeras comuniones, en las buenas boletas, cuando mudábamos un diente, cuando dejábamos de mojar la cama, cuando nos hacíamos señoritas, cuando aprendíamos a leer, a sumar, a recitar poemas, a comer con cubiertos, cuando pasábamos de grado, cuando nos pelábamos una rodilla montando bicicleta o patines y hasta cuando ni idea de por qué.  Lo cierto es que todas nosotras atesoramos entre los recuerdos de la infancia el timbre de la casa sonando casi todo el tiempo y un mensajero en la puerta con un inmenso ramo de flores de parte de Ticiacé. Llegó un momento en que ya ni les hacíamos caso a esos bojotes preciosos de las flores más diversas que no habían terminado de secarse cuando ya venía entrando uno nuevo. Mi mamá y mis tías mentaban madres bajito por el reguero de pétalos que vivía en el piso y que ellas tenían que barrer, pero nos obligaba a darle las gracias a Ticiacé no más entraba en la casa.  Ella nos miraba el fastidio y se moría de la risa, “¿ya se aburrieron de las flores?, perfecto, así, cuando estén en edad de tener novio en serio, no me las va a deslumbrar el primer pendejo que les mande un ramo”

(fragmento del relato  "Las Flores de Ticiacé"  de Veintitantos amores y pico  de Mónica Montañés)

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