domingo, 9 de septiembre de 2012

Fe de Errata


  
  Nadie entendía su empeño por permanecer enamorada de aquel terrorista ortográfico, que maltrataba el idioma cambiado las letras de sitio, conjugando los verbos como le daba la gana y siguiendo las leyes de su propia gramática cada vez que escribía algo.

  Ella, tan correctora, tan proof reader, tan capaz de detectar el más mínimo error de sintaxis, perdía el sueño por un Él que justificaba sus barbaridades alegando un pasado como disléxico leve, una legendaria dificultad para concentrarse y por supuesto, su inevitable condición de extranjero. Decía que ya hacía suficiente esfuerzo por expresarse con relativa corrección hablando aquel idioma complejo y llena de reglas secretas que había aprendido y estrenado pocos años atrás, por culpa de un amor que lo volvió lo suficientemente loco como para hacerle cruzar el mar por el puro anhelo de compartir un abrazo. Y que Ella, un episodio posterior e infinitamente menos relevante que la mujer que lo hizo moverse de país, cambiar de lengua  y echar el ancla temporalmente, no podía ni debía pedirle que además lo escribiera bien.  En su cabeza no había lugar para la trampa de las tildes o la adivinanza de los géneros. Eso era imposible.  Consideraba que con aquellas sobras de tiempo mal escritas su deber con el español –y también con Ella- estaba más que cumplido.

  Así que a Ella no le quedó más recurso que la resignación. Se acostumbró de mala manera a  todas las licencias que Él se permitía cuando le enviaba al móvil unos mensajes cortos y rotundos habitados por eses que se columpiaban, erres mutiladas y haches que dejaban de ser mudas y pasaban a ser invisibles. Toda la magia de las conversaciones que hilaban entre los dos cuando se encontraban cara a cara, eligiendo palabras como perlas y entrelazando sus acentos como quien une dos puntos en un mapa, se perdía en aquellos textos que Él mal tecleaba entre dos prisas; que era casi siempre, porque además de pésima ortografía tenía mala memoria y la manía de quitarle hierro a sus ausencias con la excusa de una agenda complicada. Seis de cada diez de sus palabras solían tener faltas. Dos de cada cuatro mensajes que Ella le enviaba se quedaban sin respuesta. Y tres de cada cuatro semanas Él decía no tener tiempo para verla, asunto que para Ella era mucho más difícil de asumir que las preposiciones mal utilizadas o los verbos conjugados a destiempo. Ningún desliz gramatical dolía tanto como la indiferencia de aquel amor empeñado en ser esporádico.

  Por lo mismo, no era sensato por su parte sorprenderse ante aquellas palabras de Él que llegaron como un balazo en forma de mensaje de texto, como respuesta al iluso “¿cuándo nos vemos?” que Ella había enviado  tres días antes, movida por una mezcla de ganas, cariño absurdo y estupidez. Pero sí, se sorprendió. Y no solo eso; mientras leía el mensaje sintió que el aire se le escapaba del pecho sin remedio  mientras aquellas malditas frases se colaban en su corazón para llenárselo de lluvia. Fueron cuatro líneas, casi perfectamente escritas y meditadas. Tan bien elegidas, que ella podía imaginárselo mientras las escribía, envalentonado por las dos copas de vino que solía tomarse con las comidas y movido por aquel presunto deseo suyo de no hacerle daño, que no era más que un eufemismo para disimular su cobardía.

  Decía que no se verían. Durante la última ausencia Él había conocido a alguien más y de verdad quería darse un chanse con esa persona. Así que lo mejor sería -si a Ella no le importaba, claro- que mantuvieran una distancia. Le deseaba lo mejor y esperaba que quizás algún día se encontrasen por casualidad paseando por la ciudad. Y nada más. Breve y rotundo como siempre. Solo que esta vez no había mañana, ni semana que viene o prometo sacar tiempo. Nada. Como una película mala en la que el desenlace llega sin anunciarse y los espectadores no se dan cuenta que la historia ha terminado hasta que empiezan a rodar los créditos.

  Aquella sentencia estaba firmada con su nombre y “un abrazo” que Ella reconoció como seco y distante porque estaba escrito con zeta y no con la ese juguetona de siempre. Esos giros de caos ortográfico, al igual que los “un beso” o “cariño” ahora le pertenecían a la nueva y desconocida protagonista de aquel chanse -sin c-  por el que Él había decidido apostar.  Entre ellos dos, un abrazo bien escrito no era apretado ni cariñoso, sino un gesto de despedida perfectamente redactado.  Por una vez, Él había hecho los deberes. Y Ella tuvo que asumir su condición solitaria de primera persona del singular y la inevitable tristeza de reconocer que hay verbos imposibles de conjugar en tiempo futuro, por mucho que una se empeñe.

  Sin duda alguna, aquel amor había sido un paso en falso. Un desliz inaceptable  para un ojo entrenado como el de Ella. Un error, pero no uno cualquiera, sino un herror con hache al principio. Como los que escribía Él. 


(Formalmente no estoy en clases, pero me he impuesto el ejercicio de coger una imagen a la semana y escribir una historia al respecto, por aquello de la disciplina y el "mantener el brazo caliente" mientras trabajo en la novela. Y esta imagen que pesqué del Facebook de alguien me vino perfecta para cumplir con este objetivo) 

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