viernes, 2 de septiembre de 2011

Colada




   Esto que contaré ocurrió el fin de semana pasado mientras tendía la ropa. 

   En la terraza del piso de enfrente (que está muy cerca del mío, es lo que tiene vivir en este barrio superpoblado) estaban la abuela, la nieta y la chica de la limpieza afanadas exactamente en la misma ingrata tarea que yo.   Mientras servidora se entretenía en un auténtico Tetris textil para que toda mi ropa cupiese entre las varillas de mi maltrecha "sisi", aquel trío cotillaba despreocupado y colgaba prendas con parsimonia a lo largo de metros y metros de cuerda disponibles de punta a punta de aquella enorme terraza a la que todos los vecinos de mi finca siempre miramos con cierta envidia, sobre todo cuando el calor aprieta y ellos nos restriegan en la cara su display veraniego de piscina, barbacoa y tumbonas. La abuela (un personaje fantástico a la que suelo ver fumando a escondidas o leyendo el "¡HOLA!" acompañada de una taza que sospecho no es de café) llevaba bata y gafas de sol -combinación por demás original y glamorosa donde la pongan- y ejercía funciones de jefa de obra, como un padrino de la mafia, dando instrucciones a la chica y a la nieta que iban sacando calcetines, faldas,  camisetas y pantalones de dos grandes cestas de plástico azul. Las tres discutían sobre algo, me parece recordar que era la lista de la compra que saldrían a hacer más tarde, cuando de repente la nieta dejó de ayudar con la ropa y se fue a sentar en una de las tumbonas, visiblemente abatida por algo, reacción que dejó bastante perplejas a sus compañeras de faena que no entendían el por qué de aquel súbito cambio de humor.

   "¿Qué te pasa?, ¿por qué has parado?...ven, que nos quedan cuatro cosas y ya acabamos" le dijo la chica. Pero la niña no se movió de la tumbona."Adela hija, que entre las tres terminamos más rápido...no nos hagas perder tiempo" dijo la abuela riñéndola, y entonces la nena les soltó que no, que ella no ayudaba más, que estaba muy triste, es más, que se sentía muy triste desde hacía días y nadie se había dado cuenta y estaba harta de cargar aquella pena que le pasaba como una losa.  Y así, sin más, y ante la mirada sorprendida de las dos mujeres empezó a contar lo que le ocurría, con la imprudencia que solo se puede tener a los 12 años -dudo mucho que tenga más- cuando te importa tres pepinos comentar tus penas en voz alta en la terraza de tu casa, aunque sepas que los balcones del edificio de enfrente están llenos de gente que puede escucharte. 

   Resulta que la nena sufría su primer mal de amores. El culpable era un niño de nombre exótico (Jordi, ni más ni menos) del que por lo visto se había enamorado locamente (esto no lo dijo, pero yo lo deduje porque una no llora ni sufre cuando se enamora con cordura). De las preguntas que iban haciendo la abuela y la chica, que se habían apurado en terminar de tender la ropa y ahora estaban sentadas con la niña, se entendía que era el típico amor de verano, un clásico de la adolescencia por el que casi todo ser humano más o menos normal ha pasado: ¿Es tu novio? sí. ¿Dónde lo conociste? en casa de Rebe, mi amiga del cole. Es su primo. Vale ¿y te gusta mucho? jo yaya, claro...si no no sería mi novio. Ya ¿y te ha besado? pues claro (¡gulp!) ¿Dónde? jo ¿cómo qué donde, yaya? ¡pues en la boca, como todo el mundo! (¡válgame Dios, han besado a mi niña!). 


   Hasta aquí todo bien, el problema era que según explicó la niña con una carita de pena que partía el alma, el tal Jordi había desaparecido misteriosamente y sin dejar rastro desde hacía más o menos tres semanas. Casi 21 días sin una llamada, ni un mensaje en el Facebook (¿Feisbú, Adela? ¿eso no es lo que la mama te ha dicho que no puedes tener hasta que cumplas 15?) ni un nada. Cero patatero. La pobre nena estaba desconcertada porque se supone que los novios no hacen esas cosas ¿no? y ella tenía muchas ganas de saber de él ¡y tener ganas de verlo no estaba mal! ¿verdad?

   Las dos mujeres se fueron turnando para quitarle hierro al asunto con los tópicos que siempre se dan en estos casos, independientemente de la edad que tenga la víctima del ataque de amor loco: "Estará ocupado con sus cosas" (¿pero qué cosas, si ahora no hay clases?)  "Se habrá ido de vacaciones" (no, está en Barcelona. Me lo ha dicho Rebe) "Quizás perdió el móvil" (Jordi no tiene móvil Luzma ¿no ves que tiene 13 años?) "Puede que no le pase nada y te quiera mucho, sólo que no ha podido venir a verte o llamarte" (¿qué dices? eso no puede ser ¡cuando la gente se quiere busca verse!) "Sus padres le han pillado que tiene Feisbú y lo han castigado sin ordenador y sin teléfono, como probablemente te pasará a ti" (ah, eso no lo había pensado... Pero vosotras no se lo vais a contar a la mama ¿verdad?) Argumento tras argumento, la nena encontraba siempre una razón para desmontarlo y liquidó la discusión  con una frase que nos remató a todas incluida a mí, la espía del balcón de enfrente: "Sí que lo echo de menos a él yaya, pero eso no es lo que me pone más triste...lo que me da rabia es que no entiendo qué fue lo que pasó. ¿Por qué no me volvió a llamar? Además, no sé  cómo dejar de sentirme así...¿qué hago?". 

   Tanto la abuela como la chica se quedaron calladas y desde el otro lado de la calle yo entendí su silencio, porque ¿qué podían responderle? ¿cuál es el auténtico remedio contra el mal de amores? No creo que haya una edad en la que se tenga una fórmula magistral para dejar de sentir que el corazón está lleno de agujeros por donde se escapa la alegría sin remedio.  En una audiencia más adulta se podría haber tirado de clichés del estilo "búscate otro", "enfócate en tu trabajo", "haz yoga" o el cacareado aunque no por ello menos cierto "paciencia, que el tiempo lo cura todo". Pero nada de eso vale delante de una niña de 12 años que se inicia en el laberinto de las relaciones amorosas y que aún conserva la lucidez que da la inocencia; esa misma lucidez que te hace pensar "quererse no es complicado" y que la vida se encarga de quitarte a través de una docena o más de Jordis cuya misión es joderte la existencia y hacerte cambiar de opinión por las malas.

   Por suerte la abuela y la chica no eligieron ponerse catastrofistas. La nena había crecido, de eso no cabía duda. Y aquella mañana de verano había llorado por primera vez por algo que no sabía cómo se llamaba pero que ellas dos conocían muy bien: despecho. La improvisada ceremonia de iniciación en su vida de mujer había comenzado durante aquella media hora de conversación cómplice, arropadas las tres por la ropa recién tendida, el olor artificial con el que los fabricantes de suavizantes pretenden evocar un bosque de flores y la mirada de una vecina indiscreta, conmovida y -lo peor de todo- bloggera. 


   La abuela se acomodó la bata y se quitó las gafas de sol  para mirar a su nieta a los ojos: "Venga Adela. Cámbiate los zapatos y vamos a dar una vuelta. Y tú también Luzma...ya luego iremos a la compra. Ahora toca comerse un helado". La niña sonrió por primera vez en mucho rato y se dirigió al interior de la casa con paso rápido mientras la abuela y la chica la observaban en silencio. De pronto vimos aparecer su cabecita morena por detrás de las cortinas de la terraza. "No le diréis nada del Facebook a la mama, ¿verdad?". "No Adela, no se lo diremos" respondió la abuela, quizás pensando que con eso cerraban el círculo de iniciación como debe ser, porque ningún despecho es completo sin la compañía de una amiga alcahueta que te da permiso para saltarte las reglas con tal de alimentar tu esperanza. 

   "Pobrecita la niña" -dijo la chica- "Esta coladita ¿verdad señora?". La abuela volvió a calarse las gafas y se acomodó la bata para poder cruzarse de brazos con más comodidad, sin quitar la vista del punto en el que había visto a su nieta un par de segundos atrás. "Sí Luzma -contestó en voz tan baja que yo apenas pude escucharla-  la niña está coladita. Colada, colada de verdad...." .


2 comentarios:

Sonia dijo...

Como siempre me encantan tus historias y tu forma de contarlas, G. Tierna, graciosa y ágil.
(No tardes tanto en volver a publicar, que tb se te echa de menos!)

Isa dijo...

Oh!!!!!!!!!! Ese primer amor que nos desgarra el alma, que nos incendia por dentro y que tan pronto acaba sin dar explicaciones, inicio de lo que será por el resto de nuestra existencia: amor, desesperanza, asfixia, dolor y finalmente un silencio que no entendemos. Genial historia, pero porqué será que a lo largo de nuestra vida la historia se repite y siempre encontramos ese trío perfecto: la amante desconsolada y dos amigas, las más íntimas, que intentan quitarle hierro al asunto con mil y unas explicaciones que ni ellas mismas entienden?
Un besazo