domingo, 20 de febrero de 2011

Ósculo


El reloj de la plaza marca las seis de una tarde de invierno en que la lluvia envuelve las calles con su abrazo. Las luces del alumbrado público se han encendido temprano y su reflejo baila tembloroso en los charcos que decoran el asfalto. El paisaje está casi desierto y solo unas pocas siluetas veloces atraviesan con paso rápido el universo líquido en el que se convertido la ciudad.

Parece que todos intentan ponerse a salvo de la lluvia, menos una pareja que conversa tranquilamente de pie en una esquina de la plaza, sin reaccionar ante las inclemencias del clima. Ella sostiene un paraguas de flores color amarillo chillón que es demasiado pequeño para cubrir también a su compañero y tiembla visiblemente de frío bajo un abrigo verde que le va grande; él está calado hasta los huesos y de vez en cuando se quita las gafas que se van llenando de gotas y le impiden ver bien, pero ninguno de los dos hace un gesto para moverse de sitio.

Él frunce el ceño mientras habla y parece quejarse de algo, pero de pronto ambos rompen en una carcajada que quiebra la música monótona impuesta por la lluvia. Con dificultad, ella recobra la compostura tras aquella risa compartida e intenta acomodarse mejor dentro del radio de protección del paraguas. Le hace un gesto para que se acerque moviendo su mano pequeña, de dedos cortos y adornada por un delgado aro de oro en el anular, pero él declina negando con la cabeza. Sigue empapándose y sonríe, mientras gesticula de nuevo, quizás contando una nueva historia que volverá a enredarlos en otra risotada perfecta.

Tras unos minutos él se fija en el reloj y después de un breve titubeo acerca su cara a la de ella para despedirse, despacio, consciente de estar rompiendo una regla no escrita al entrar en el territorio delimitado por aquel paraguas barato. Ella se queda inmóvil, expectante, mientras él le toca la mejilla con sus labios mojados. Apenas un roce que dura dos segundos, pero en el que los dos reconocen el atisbo de una caricia llena de posibilidades, capaz de detener la tormenta encima de sus cabezas o invocar toda la luz atrapada en los charcos bajo sus pies. Dos segundos eternos, imposibles, el tiempo justo para morir y volver a nacer antes de despedirse cortésmente y cifrar todo su futuro en un sencillo “hasta la próxima”, sellado con una sonrisa.

Se separan. Ella va calle arriba sin mirar atrás y él cruza la acera con gesto serio y desaparece en el laberinto de calles mojadas. Pero en el aire se queda flotando la huella luminosa del beso improbable que nunca llegarán a darse, como un insecto efímero que revolotea bajo una de las farolas de la plaza antes de morir ahogado por la lluvia.

3 comentarios:

cottoncandy7 dijo...

Me ha encantado el titulo, sobre todo por que hace nada me enteré de que significaba! La interacción tan dulce de los personajes que sólo se concentra en ellos me fascinó! Suerte y éxito en el concurso!♥

G dijo...

:-) En el concurso no sé qué terminará pasando, porque ya sabes que en el fondo esas cosas son más de popularidad que de otra cosa, pero al menos me presenté y lo mejor de todo: ¡sigo encontrando nuevos lectores como tú! ¡¡MIL GRACIAS!!

Bubble Tea♨ dijo...

Pues siempre será un placer leerte ^___^ y quien sabe..los "me gusta" siguen creciendo!~
P.D: soy la misma cottoncandy7 ~