sábado, 26 de febrero de 2011

En Casa Ajena


Llevaba una semana soñando con aquella casa, despertando sin aliento y con el corazón desbocado. Cada noche, sin falta, se veía viviendo entre aquellas paredes que llamaba ‘hogar’ aunque no se reconocía en ninguno de sus detalles. Para empezar, estaba completamente pintada de un blanco monótono y estéril, cuando ella siempre había querido una casa de colores, con mucha madera y rodeada de un jardín frondoso y casi selvático en el que crecieran sin control los árboles de fruta y anidaran los pájaros. Muros rojo pompeyano combinados con ventanas y puertas azules como el cielo antes del atardecer. Una terraza grande con sillas y tumbonas donde sentarse a beber el sol a sorbos. Y un columpio sin barras de protección, en el que los niños tuvieran que pedir permiso para subir porque estaría hecho para mecer a los adultos.

Esa era la casa de sus sueños. No aquella vivienda más bien modesta, de paredes pálidas y una sola puerta negra, en cuya reja empezaba a crecer tímidamente una enredadera. Había una única ventana, redonda como un ojo curioso, espiando a las visitas desde el frente en donde dos sillas solitarias de hierro invitaban a sentarse durante un rato nada más, el necesario para decir lo justo y marcharse.

No habían mosaicos que recordaran a tierras lejanas ni adornos hablando de viajes por el mundo. No había un pavo real paseándose por el patio ni una cocina con varias ollas con guisos evocando otras latitudes picantes y olorosas. Aquella casa del sueño era silenciosa, ordenada y olía a hierba recién cortada. El caos equilibrado de muebles antiguos con piezas de mercadillo con el que ella se sentía a gusto no tenía lugar en aquellas habitaciones cuadradas, con sus muebles de madera noble y su estilo clásico. Pero en el sueño aquella era su casa, aunque no le gustaba donde estaba ubicada, ni tenía idea de quiénes eran los vecinos que la rodeaban o por qué había acabado viviendo allí.

En la octava noche que soñó con ella se arriesgó a salir a explorar los alrededores. Estaba en una calle silenciosa y sin árboles, con otras casas blancas e idénticas a la suya formando una hilera uniforme a cada lado de la carretera. Todo en aquel territorio rezumaba tristeza y parecía diseñado especialmente con el objetivo de liquidar las esperanzas. Entendió que lo que más le desagradaba de aquel lugar era su tufo a derrota, a tedio...Y no se vio capaz de seguir viviendo allí aunque fuese en sueños, así que se enfiló de nuevo hacia su puerta negra para hacer la maleta y largarse de una vez por todas de aquella pesadilla. Fue entonces cuando descubrió que se había dejado las llaves dentro y no podía volver a entrar.

Pasó una eternidad golpeando la puerta con sus puños y gritando, con la esperanza de que alguien –quien sea- la escuchara, pero todo fue en vano, se había quedado fuera, atrapada en ese vecindario absurdo del que no había pedido formar parte. Y lo peor… al verse perdida por culpa de la bendita llave empezó a dudar de su decisión ¿qué tal si no había un sitio diferente a este? ¿si toda aquella idea de la casa de colores era una locura? ¿valía la pena abandonar todo esto, por muy aburrido que fuera, para arriesgarse a buscar algo que ni siquiera estaba segura si existía? Se sintió idiota, deslumbrada por un montón de espejismos: ningún adulto en su sano juicio subía a un columpio, criaba pavos reales o pintaba las paredes de rojo pompeyano. La gente normal y en su sano juicio tenía casas blancas con rejas negras, y muy importante, siempre revisaba el bolso antes de cerrar las puertas.

Se sentó en la acera delante de la entrada, temblando y sudando frío, pensando que esta vez su ya legendaria inconformismo le había hecho tirar media vida por la borda, cuando una sombra ancha se proyectó sobre su cabeza y una voz masculina le preguntó a gritos qué coño le pasaba.

-Lo siento… -respondió ella reprimiendo un sollozo- ¡Es que me he dejado las llaves dentro y no puedo entrar otra vez!

El dueño de aquella voz de trueno la miró con cara de pocos amigos y metió la mano dentro de uno de los bolsillos de su pantalón.

-Yo tengo llaves –le indicó levantando una ceja y con aquel tono de superioridad que usaba siempre que ella hacía algo mal- Sólo para que lo sepas, en esa maceta que ves a un lado de la puerta he escondido un repuesto para cuando te pasen estas cosas. De verdad, no sé cómo te lo montas para liarla aunque la solución pueda ser muy sencilla y estar al alcance de tu mano. Sinceramente cariño, no sé que harías sin mí –remató con sorna.

Ella no le contestó. Lo vio girar la llave dentro de la cerradura de la puerta negra y luego lo siguió resignada hacia el interior de la casa, mientras en el fondo se escuchaba la alarma del reloj indicando que ya eran las ocho de la mañana y tocaba despertar.

Pronto estaría de vuelta a su vida. A los 30 metros cuadrados compartidos entre dos, sin espacio ni presupuesto para pájaros o árboles de fruta. De regreso a sus horas interminables dedicada a los quehaceres domésticos y a sus malabarismos de fin de mes. Al rosario de quejas a dos voces rebotando en las paredes sin adornos. A las cenas sin decirse una palabra y los desayunos solitarios. De vuelta a aquel mundo sin atajos salvadores ni vías de escape, sin ventanas azules ni tampoco llaves de repuesto escondidas bajo la maceta de la entrada que le permitieran soñar, algún día, con segundas oportunidades.

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