domingo, 14 de noviembre de 2010

Tercero en discordia


Eran tres sombras alargadas moviéndose a en la luz de la mañana. Tomadas de la mano, una detrás de la otra, formaban una cadena sólida y compacta que danzaba con rapidez entre las aceras de la zona alta de la ciudad. Los tres eslabones inseparables daban pequeños saltos encima de los charcos y atravesaban calles, fundiéndose a ratos con las manchas luminosas que el sol de aquel día de primavera formaba sobre el oscuro pavimento. Estaban perfectamente coordinadas y formaban un pequeño comando que estaba a punto de ejecutar su primera misión.

Iban a lo que iban. Antes de salir de casa la rubia, que también era la más alta y decidida, había pedido a las otras que repasaran el plan una vez más: Irían las tres juntas en transporte público y luego seguirían andando, nada de coches o motos que pudieran delatar su presencia en aquel sitio. Mientras una se hacía cargo de deshacerse de él, las otras dos se quedarían esperándola en el portal del edificio y vigilando que nadie se diera cuenta de lo que estaba pasando un par de plantas más arriba. La rubia insistió en que tenían que actuar con sangre fría o aquello no saldría como esperaban. “Ya esto está decidido, no hay que pararse a dudar ni a pensar en las consecuencias ¿de acuerdo? Si lo hacemos bien nadie se tiene que enterar y el secreto se muere con nosotras dentro de cincuenta o sesenta años”. Les hizo repetir todos los pasos una y otra vez, sobre todo a la morena, que también era la más miedosa y la que peor había llevado todo el proceso de planificar los acontecimientos que con un poco de suerte y mucha habilidad tendrían lugar aquella mañana.

Llegaron al sitio y ante una señal de la rubia, la morena picó el interfono y esperó a escuchar el crujido de la línea al ponerla en contacto con el interior del 2do 2da. Le respondió una voz masculina.

-¿Diga?

La rubia levantó las cejas para indicarle a la más bajita que tenía que identificarse.

-Hola. Soy Adela –logró murmurar ésta

-Qué tal Adela, sube por favor

La morena empujó la pesada puerta de madera y estiró el brazo para mantenerla abierta. Las tres se miraron con un último gesto de complicidad antes de separarse y Adela, que era la responsable de ponerle punto final a todo aquel embrollo, se santiguó por primera vez en muchos años y entró al edificio con gesto serio y resignado.

-Ya lo sabes. No te entretengas conversando, mientras menos pienses en él, mejor. Que no se te olvide para qué hemos venido… -le dijo la rubia al verla dirigirse hacia el ascensor.

-Que no te pueda la lástima. Piensa en ti y en todo lo que has tenido que pasar desde que él apareció…-remató la morena con voz temblorosa, mientras miraba de un lado a otro, confirmando que nadie más la estaba escuchando.

-Así será, amigas -las tranquilizó ella con una sonrisa triste- Hoy acabamos con todo esto. Prometido. Gracias por ayudarme, ya sé que no es fácil y va contra vuestros principios…

-Calla y sube. No tenemos mucho tiempo así que no te entretengas pensando en tonterías -la cortó la rubia- Al mediodía estaremos comiendo en el chino y tomándonos una cerveza para olvidarnos de todo esto.

-Eso, sube. Nosotras te esperamos aquí -animó la morena, tratando de parecer segura- Va…corre.

Adela subió al ascensor y antes de que las puertas metálicas se cerrasen echó un último vistazo a sus amigas que se quedaban de pie delante del portal. La morena apoyada contra la pared, mirando su móvil nerviosa -seguramente calculando ya los minutos que tenía que esperar hasta que ella regresara- y la rubia fumando un cigarrillo con gesto serio y la cabeza echada hacia atrás para recibir los rayos del sol directamente en la cara. Benditas amigas que se habían aventurado a vivir con ella aquel giro inesperado hasta sus últimas e irreversibles consecuencias.

Había tomado la decisión de acabar con él hace cosa de dos semanas, un par de días después de enterarse de lo que estaba pasando y tras haber analizado la situación incontables veces. Aquello sencillamente no podía ser, era una jugarreta que no pensaba perdonarle al destino y que bajo ningún concepto entraba dentro de sus planes. A pesar de su aspecto frágil y su cara de niña, era una mujer fuerte que siempre había estado al mando, jugando al papel de “la otra” en incontables binomios que gracias a ella pasaban a ser triángulos. Le gustaba ser el enemigo a batir por las rivales o la “rompehogares” profesional a la que todos y todas temían. Quizás por eso aquel descubrimiento había sido tan doloroso. Por primera vez en su vida era ella la que estaba obligada a lidiar con un tercero en discordia; un tercero que además era lo suficientemente poderoso para alterar el delicado equilibrio de su vida de soltera alegre. Las tres lo habían hablado hasta el cansancio y al final habían concluido que la única solución posible era deshacerse de él. Y cuanto antes, mejor.

Mientras el ascensor la llevaba a la segunda planta repasó en su cabeza los detalles de lo que estaba a punto de ocurrir. Teóricamente todo el proceso sería rápido y prácticamente indoloro, aunque no exento de cierta incomodidad. Lo había estudiado cuidadosamente con sus amigas y habían elegido aquel método porque tenía claro que los puntos a tocar eran muy precisos y la utilización de instrumentos cortantes completamente innecesaria. Sería sencillo. Bastaba seguir las instrucciones al pie de la letra y no habría necesidad ni de derramar sangre. Limpio y práctico. Justo como ella lo necesitaba.

La tarde en que cerraron el pacto de llegar hasta el final con aquel plan, Adela había brindado con vino para agradecer con algo de elocuencia el apoyo incondicional de sus fieles mosqueteras y dijo estar segura de que jamás se arrepentiría de aquel paso, pero la única verdad es que la noche anterior no había podido pegar ojo. Tenía miedo de quedarse dormida, de que él se le apareciera en sueños de nuevo como cada noche durante las últimas dos semanas y la convenciera de no seguir adelante. Le aterraba pensar en las mil cosas que podrían salir mal si a última hora le flaqueaba la voluntad, pero no tenía valor de contárselo a sus amigas.

Reprimiendo el miedo y las ganas de llorar que le ahogaban los ojos, finalmente salió del ascensor y se dirigió a la puerta del 2do 2da. Se acomodó el abrigo para librarse del escalofrío que le recorría el cuerpo, desde la fina cadena con un crucifijo que rodeaba su cuello hasta la base de su espalda, adolorida y tensa tras varias semanas de angustia. Cerró los ojos y trató se sonreír, pensando que tenía que demostrar aplomo ante la tarea que le esperaba “Vamos, que en media hora ya estarás lista” se dijo a sí misma mientras pulsaba el botón del timbre. Pocos segundos después una mujer alta y vestida de blanco le abrió la puerta. Se saludaron con cierta frialdad y tras una indicación de la primera, Adela entró en el piso, resignada y decidida a dar toda aquella por terminada en los siguientes treinta minutos.

Dos plantas más abajo, la rubia y la morena seguían cronometrando la espera entre cigarrillos y silencio. Querían distraerse hablando, pero cada vez que abrían la boca para decir algo, la sombra de la duda se les escapaba en el aliento como enormes pájaros negros que se quedaban sobrevolando sus cabezas durante unos segundos, antes de diluirse en el aire.

“¿Crees que de verdad no había otra solución?” quiso saber la morena, mirando de reojo a su amiga mientras fingía examinar detenidamente sus zapatillas rojas. “No lo sé” respondió la rubia tras exhalar el humo de su enésimo cigarrillo de aquella mañana “hace unos años habría pensado que esto no es más que una porquería de asesinato y ni por todo el oro del mundo habría ayudado a organizarlo, pero ya ves…falta que las cosas le pasen a alguien que quieres. Entonces cambias de opinión”. “Osea, que te parece que hacemos bien” insistió la morena sin levantar la vista del suelo. “No. Me parece que hacemos lo que toca hacer. Y ya deja de hacer preguntas…si no queremos que se nos juzgue por esto más adelante, más vale que nunca más hablemos sobre ello ¿de acuerdo?”. "De acuerdo”, claudicó la morena.

Unos minutos después la conversación de las dos mujeres se vio interrumpida por la figura de Adela, que salió del portal pálida como la cera y con una expresión de resignación en los ojos llorosos. “Y bien ¿lo hiciste?” quiso saber la morena. Su amiga asintió con la cabeza sin pronunciar palabra. “Entonces hay que salir ya de aquí” se apresuró a decir la rubia tomando la mano derecha de Adela mientras la morena hacía lo propio con la izquierda. Comenzaron a andar en silencio, formando de nuevo la misma cadena compacta en la que habían llegado. “Sé que os parecerá una tontería –dijo Adela por fin- pero creo que lo voy a extrañar”. La rubia y la morena apretaron la mano de su amiga y siguieron andando una al lado de la otra, como una barrera de tres torres infranqueables. “Nosotras también”, dijo la rubia, poco antes que el reflejo del sol de aquella mañana de primavera engullera a las tres figuras que se perdieron calle abajo, sin mirar atrás.

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