domingo, 3 de octubre de 2010

Patas Largas


"El odio tienes patas largas hijo. No te despistes nunca. Por eso le bastan apenas un par de pasos para alcanzarte. Y cuando lo hace, te atrapa con fuerza y no te suelta hasta que estés muerto". Avi se removió incómodo al recordar estas palabras, pensando en que era increíble como las advertencias de su abuelo Samuel lograban colarse en sus pensamientos cada vez que se sentía feliz. "¿No te estarás confundiendo de refrán, abuelo?" -le había respondido una vez, fastidiado ante la manía del anciano por inculcarle un sentido de la desconfianza que le parecía exagerado- "Desde siempre lo que ha tenido patas largas son las mentiras". El viejo se lo quedó mirando en silencio con sus ojos azules que alguna vez habían visto el horror desde muy cerca y sólo le dijo una frase: "Tienes razón. Las mentiras llegan muy lejos, pero el odio corre más rápido. No lo olvides".

Sentado perezosamente bajo un árbol del parque y disfrutando de uno de los últimos días del verano mientras abrazaba a su novia, Avi pensó que allí no había lugar para el odio. Encima de ellos sólo podía ver el cielo azul y limpio, cortado por los árboles que ya comenzaban a cambiar de color y teñían el paisaje de oros y naranjas embriagadores. Aquella paleta de fuego vegetal combinada con la melena roja de su novia era el único incendio que brillaba en sus ojos. Nada de aquello hablaba de destrucción, hambre o guerra. El abuelo Samuel, la historia de cómo había logrado ser el único sobreviviente de seis hermanos desaparecidos en los campos de la muerte, su cacareada anécdota de cómo escapó de Europa hacía más de cincuenta años para empezar una vida nueva al otro lado del mundo vendiendo telas de puerta en puerta, su voz ronca y sus ojos desconfiados estaban a miles de kilómetros de allí, en una casa con balcón mirando los árboles del cerro que coronaba a la capital sudamericana donde finalmente había echado raíces.

"No hay patas largas que nos persigan ahora, abuelo"- se dijo a si mismo mientras le daba un beso distraído a su novia- "Nisquiera el odio".
Y entonces oyó el estruendo, seguido por un concierto aterrador formado por cientos de gritos. Vio a la gente señalando hacia una columna de humo que se abría paso en el cielo azul de sus reflexiones mientras corrían escapando de algo que no era capaz de ver, pero que rasgaba el aire con una garra implacable. A los gritos pronto se unieron las sirenas de los coches de emergencia que se dirigían al lugar de donde venía el humo, del que iba saliendo una multitud de gente bañada en polvo de escombros y miedo. Intuyendo con incredulidad lo que acababa de ocurrir, Avi se contagió de una angustia líquida que se fue extendiendo por su cuerpo más rápido que el humo negro que empezaba a teñir el cielo, y entonces -para su pesar- tuvo la certeza de que su abuelo siempre había tenido razón: el odio puede cambiar de nombre y disfrazarse con mil caras, pero siempre, absolutamente siempre tendrá las patas muy largas.

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