domingo, 3 de octubre de 2010

El País de los Viejos Felices


Eran muchos. Poblaban las calles y avenidas con su andar taciturno y su coro de achaques. Habían nacido y vivido con la convicción de habitar el mejor país del planeta y no se equivocaban: ahora, cuando para el mundo la edad se convertía en una trampa y la mayoría de los que ya acumulaban mas de siete décadas de existencia sobre la espalda eran marginados en casas de retiro y aburrimiento, para ellos había un génesis hecho a la medida en aquella tierra bendita por un Dios que sin duda había llegado a anciano. Aquel era el País de los Viejos Felices y toda una generación de hombres y mujeres con piel de pergamino y sonrisas de dentadura artificial lo sabia. Eran afortunados.

La culpa la tenían sus hijos. Eran criaturas acomodadas y algo miedosas, acostumbradas a ver con sus propios ojos cómo costaba levantar una familia. Habían crecido chupando en sus biberones el miedo a no alcanzar a pagar las cuentas al final del mes, y cuando crecieron se lanzaron en una carrera alocada por entrar a las universidades a instruirse para asegurarse un sueldo que les permitiera disfrutar de un futuro sin tantos sobresaltos. Era una meta común para los varones y también para las hembras, eufóricas y recién liberadas tras una revolución que las alejó definitivamente de la escoba y el fogón. Era un grupo de jóvenes que querían ganarse el pan a toda costa. Y lo lograron, pero en el camino tuvieron que ir soltando pertenencias para correr mas rápido y entre las cosas de peso que se tuvieron que ir estaban las ganas de tener hijos. Con contadas excepciones, los pañales se habían ido al demonio junto con los trapos de cocina y el cepillo de fregar el suelo. Había nacido la familia sin descendencia.

El resultado fue inevitable. Los primeros en darse cuenta fueron los Hombres de Números, especialistas en adivinar el futuro a través de la exactitud estadística, que un buen día les indico sin lugar a dudas que en el lapso de cinco años existiría un alarmante 70% de la población con más de sesenta velitas por soplar en sus pasteles de cumpleaños. Los sabios se miraron perplejos y volvieron a calcular. La respuesta fue la misma. ¡Acababan de descubrir que habitaban la tierra de los dinosaurios!

“¡Habrá que hacer algo o nos extinguiremos al cabo de pocas decadas!” gritaron en un coro de letras negras sobre papel blanco, que ocuparon los titulares de toda la prensa nacional.

“¡Tenemos estimular la natalidad!” aconsejaron los Analistas. Y se dedicaron a inventar estrategias para cambiar la opinión de aquella generación que ya rozaba los cuarenta años de media, y que se rehusaba tozudamente a cumplir con la sagrada labor de la reproducción.

“¡Egoístas! ¡Pecadores!” exclamaron los Hombres de Fé, indignados ante el fornicio desbocado y para sus ojos inutil al que se dedicaba aquella tanda de herejes, puesto que su actividad sexual no tenía como fin último la consolidación del vínculo matrimonial y la preservación de la raza humana sino el puro y mundano placer. “Tendríamos que prohibir los anticonceptivos. ¡Proponemos una marcha anti condones,píldoras, dispositivos intrauterinos y otras blasfemias!” anunciaron en el pregón semanal, instando a los hombres y mujeres de buena voluntad a unirse a la causa.

“Ofrezcamos un incentivo. No hay quien se resista a una buena oferta económica” propuesieron los Políticos. Y acto seguido redactaron y aprobaron una ley en la que cada pareja tenía derecho a varios miles de monedas por cada retoño aportado a la mejora de la curva de natalidad nacional.

Y mientras el país se debatía entre números, políticas, incentivos y folletines, los ancianos disfrutaban sin reparos de aquella segunda primavera que les regalaba la sociedad. Cierto que no todo era color de rosa. Algunas veces los Gobernantes amenazaban con reducir sus pensiones, pero normalmente aquello no pasaba de ser un susto. Y por lo que a ellos respectaba, que movieran la edad de jubilación era un asunto que se las traía colectivamente floja, sabedores de que aquellas reformas no les afectarían ni un pelo dentro de cuatro o cinco décadas, cuando de ellos no quedaría ni el polvo.

Cada día salían a ocupar sus sitios privilegiados en buses y trenes. Que empezaron siendo seis u ocho sillas por vehículo, pero que poco a poco se transformaron en vagones enteros habilitados para los ciudadanos de la tercera edad, que eran indudable mayoría.

Pasaban el día en un lento paseo por las calles anchas y libres de tránsito, ahora que la minoría joven tenía unos canales estrechos por los que circular y las aceras quedaban despejadas para los ciudadanos de bastón y andadera. Se entretenían tomando carajillos de coñac en los bares diseñados especialmente para ellos, rellenando sudokus o cotillando sobre la última edición del reality de turno, uno en el que doce septuagenarios convivían encerrados en una casa plagada de cámaras que restransmitían sus andanzas en directo. Algún nostálgico extrañaba el clásico pasatiempo de observar obras que alguna vez habían puesto en práctica generaciones jubilados anteriores a la suya, pero de aquella antigua costumbre no quedaba casi nada, porque el mercado de la construcción fue decayendo a medida que la población fue envejeciendo, visto que no había juventud disponible para las pesadas tareas que implicaba levantar un edificio. Sólo las empresas más solventes se podían permitir el lujo de importar mano de obra; pequeños ejércitos de jóvenes con acentos y costumbres bárbaras que algunos grupos de ilustrísimos y cautos ciudadanos observaban con preocupación.

Los Políticos intentaban inyectarle liquidez al gasto público en salud aplicando impuestos extras a la población activa, que en muchos casos terminaba escapando a otros países, estrangulada y harta de tanta sangría fiscal. Las arcas de la nación no daban abasto para mantener todas las residencias, hospitales y centros de atención primaria que requería aquella masa de hombres y mujeres achacosos.

Bares, discotecas y otros lugares de ocio fueron variando sus ofertas, para ajustarlas al gusto de quienes ahora eran la mayoría. Colegios y universidades fueron cerrando sus puertas debido a la escases de matrículas. Desaparecieron ministerios e instituciones enteras, hambrientas de sangre e ideas nuevas. Y mientras, los mayores seguían multiplicándose e incorporándose a la vida pública, a falta de una generación de relevo lo suficientemente potente para hacerse cargo de las responsabilidades sociales.

“Tenemos que hacer algo realmentre drástico o nos iremos al carajo” mascullaron los Gobernantes, que también envejecían sin tiempo ni voluntad para reproducirse. Con lo que a falta de una mejor idea lanzaron un discurso nervioso de tinte apocalíptico, en el que amenzaban a los jóvenes con cárcel o expulsión del país de no dedicarse en ese mismo momento a aumentar la curva de la natalidad nacional. “El que no quiera tener hijos, que se marche de aquí” remarcaron, a lo que la generación de la post-crisis respondío emigrando a otros países en los que el uso que decidieran darle a sus partes nobles no fuese un elemento vital para la supervivencia de la nación.

Los viejos notaron entonces que ya no eran mayoría, sino simplemente los únicos habitantes en aquella tierra milenaria que corría el riesgo de extinguirse. De pronto, todas aquellas prevendas que habían disfrutado durante tantos años ya no eran tan marvillosas y empezaron a echar de menos a treintañeros y adolescentes aunque sólo fuera para pelear en la cola del supermercado. Se sentaban en pequeños grupos en los parques, delante de los espacios que antes habían estado destinados a columpios y otros juegos de niños, hablando entre ellos de aquellos años lejanos que sólo conocían gracias a los libros, cuando las parejas aún tenían descendencia y confiaban en sus padres la crianza de los hijos “¿Qué se sentirá ser abuelos?” se preguntaban. Y aunque iban al bingo, jugaban a la petanca y tomaban el sol a diario, aquella sensación de haber perdido lo que nunca tuvieron no los abandonaba nunca. Sin hijos, sencillamente no habría nietos, habían dicho en las noticias. Y tenían razón. En su carrera por un futuro mejor, los jóvenes no sólo habían acabado con la línea de sucesión de sus apellidos, sino que también le habían negado a los viejos uno de sus roles naturales.

Pasaron un tiempo sin muchos cambios en aquel enorme geriátrico que parecía hacerse más grande cada día, hasta que en un control rutinario los Hombres de Números descubrieron un ligero repunte en la curva de nacimientos. Primero fueron unos pocos cientos, pero con los meses se convirtieron en millares, hasta que pudieron confirmar jubilosos que efectivamente los jóvenes habían acudido al llamado y se dedicaba a repoblar la patria. Sin perder un minuto llamaron a los Gobernantes: “Están naciendo niños, la amenaza funcionó”. “Perfecto” dijeron éstos “Vamos a festejarlo rebajando una parte de los impuestos y aumentando el incentivo por cada hijo nacido ¿os parece bien?”.

“¡Nos parece!” dijeron los Hombres de Números.

“Alabado sea el creador, que escuchó nuestras súplicas” suspiraron los Hombres de Fé.

“Preparemos un censo” propusieron los Analistas “Tenemos que saber en cuáles puntos de la geográfia tendremos que hacer reformas para darle cabida a los nuevos ciudadanos”

Y fue entonces cuando empezaron a darse cuenta de lo que ocurría. Analizaron, rebuscaron e investigaron sin parar, pero el resultado de cada estudio siempre daba el mismo dato: la clave de aquel repunte de la natalidad no estaba en la juventud patriótica y responsable, sino en otro lado, más cerca de las camas de toda aquella mano de obra importada que había llegado para trabajar.

“¡Esto es una mierda!” –se lamentaron Los De Toda La Vida –“Sólo se animan a reproducirse los inmigrantes y los pobres. Esa no es la gente que queremos que se multiplique” Y acto seguido se dedicaron a organizar una campaña pre-electoral en la que repartieron folletos explicándole a la población de ancianos votantes los riesgos de mezclarse con extranjeros y otras formas de vida inferiores. “Al cabo de veinte años perderemos nuestra pureza genética….¡fin de mundo! Votad por nosotros, que traeremos de regreso a nuestros jóvenes para que se encarguen de esta tarea y expulsaremos a estos indígenas que nos invaden e intentan adueñarse de nuestra tierra y nuestros trabajos!” gritaron furiosos.

Pero los viejos prestaron oídos sordos a tanta chachara. En los parques, las calles, el metro y los restaurantes observaban como a poco se empezaban a ver chiquillos acompañados por sus padres, que en muchos casos hablaban un idioma extraño pero siempre sonreían. Aquella gente había dejado sus tierras distantes y renunciado a sus raíces por buscar una vida mejor. Necesitaban unos padres con los que contar y unos hijos con los que anclarse para evitar ser expulsados. Y los ancianos necesitaban nietos.

La campaña pre-electoral de Los De Toda La Vida fracasó con estrépito en el mismo momento que todos aquellos niños de colores diferentes comenzaron a llamar abuelos a los viejos de la patria. Años después los Gobernantes se colgarían la medalla de haber salvado el país de la desaparición total alegando haber creado las políticas sociales más avanzadas y justas… Pero en los álbumes polvorientos y libros de familia de aquella época aún queda la huella de los que protagonizaron aquel milagro demográfico, con sus apellidos bárbaros, sus facciones foráneas, sus acentos extraños y sus sonrisas eternas.

3 comentarios:

Jesús dijo...

Cuánta verdad esconden estas palabras tan llenas de sabiduría

Sonia dijo...

Original, profundo y además perfectamente narrado. Me ha encantado y me has dejado impresionada...Creo que este relato lo puedes presentar a concurso, es fenomenal. Muchas felicidades.

G dijo...

Gracias chicas :-)

Sonia, para variar tuvo mala acogida en clases, lo que me parece que voy a empezar a tomar como una señal de calidad (mientras menos guste, mejor es) - Lo estoy corrigiendo porque tiene algunos fallos por los que pido disculpas, pero sí, seguramente haré cosas con él. Ya os contaré si gana algo.