domingo, 10 de octubre de 2010

6x9 (seis recuerdos, nueve años después)



1. Llegar a Barajas y encontrarme con la pesadilla de una nueva moneda: la peseta. Tardé una semanas en habituarme y aprender a usarla. Y cuando finalmente le cogí el tranquillo, la condenada desapareció. En mi lista, la peseta es como un insecto molesto y de vida breve al que descubrí en octubre y olvidé por completo en enero.

Nueve años después, esta moneda es un recuerdo difuso y aveces dudo que alguna vez haya existido para mí. Puede decirse que mi vida aquí empezó con el Euro, y todo lo demás fue un mal sueño con unas monedas que me apresuré a cambiar en el primer banco que encontré apenas empezó el 2002.

2. El paseo en coche desde el Prat a mi nueva casa, con una pelirroja encantadora y resacosa que me iba explicando cosas sobre la ciudad, mientras su novio de recientísima adquisición (un chico guapísimo, con el pelo largo y unas gafas de sol 100% rock n' roll) buscaba en un callejero la ubicación de mi nueva casa. La pelirroja y yo llevábamos años sin vernos tras estudiar juntas en la universidad, pero durante mis preparativos de viaje coincidimos en el messenger y muy amablemente se ofreció a recogerme en el aeropuerto el día de mi llegada. Ella y su chico me acompañaron a dejar mis maletas y acto seguido me llevaron a comer con los compañeros de piso de él, una cuadrilla de vascos que me sirvieron un plato de lentejas acompañadas de un pollo al horno que me dejó completamente K.O. Recuerdo haber participado a medias en la sobremesa y escuchar hablar por primera vez de una ciudad llamada "Vitoria-Gasteiz". Después de un rato pedí por piedad una cama para poder echarme a dormir la siesta, y allí me quedé colapsada por el jetlag, hasta que me dejaron de vuelta en casa tras declinar amablemente de acompañarlos al festival de cine erótico de Barcelona.

Nueve años después la pelirroja es una de las hermanas que la vida ha tenido a bien regalarme. Y de paso, con el bonus de una sobrina preciosa que ocupa la mitad de mi corazón con sus manitas perfectas e idénticas a las de su papá (sí, el chico guapo de las gafas rockeras...). Por otra parte, el nombre de aquella ciudad para entonces desconocida (Vitoria) es el hogar de la que, pase lo que pase, siempre consideraré mi familia en este país.


3. Mi primera compra en el supermercado, que consistió en una barra de pan, un brick de queso crema, una bolsa de Doritos, 6 cervezas y 250 grs de jamón serrano. Mi compañera de piso (una caraqueña de vocación irrenunciable para el orden y hacer las cosas como debe ser, que ya me había explicado el funcionamiento de la casa, dónde podía poner mis cosas y qué espacio del armario y la nevera me correspondían) torció el gesto y me sentó en la sala para leerme la cartilla:
- Gabylan ¿eso es lo que vas a comer?
- Bueno, no...o no sé, sí. Es que el jamón serrano me gusta mucho...
- Y a mí. Pero en esa compra no hay carne, ni pollo. No hay verduras, no hay frutas, ni leche. No hay cereales...no hay nada sano ¡tienes que comer mejor!
- Hmmmm....pues sí. Como que tienes razón.
- ¡Claro que tengo razón! Haz una compra decente, por favor.
- OK...

Después de esto fueron muchas las veces que mi roomie fue la voz de la sabiduría y el motor de mis primeros pasos para adaptarme a Barcelona: me puso un callejero en las manos y me enseñó a ubicarme. Me llevó a IKEA a comprar un nórdico, almohadas y todo lo básico que necesitaba para montar mi habitación (que tenía un mueble verde horroroso demasiado feo para su sensibilidad de arquitecto e interiorista; recuerdo que la suya era la habitación más pequeña porque prefería tener menos espacio pero estar libre de aquel adefesio que ocupaba una pared completa y era un daño para la vista). Con ella aprendí a dejar de pasar la fregona como si fuese un pincel, a coger autobuses en vez de Metro y un par de trucos secretos para preparar EL MEJOR rissotto. Alguna vez que me vio triste me preparó unas arepitas y cuando hizo falta me pegó un necesario regaño; en pocas palabras durante un año fue lo más parecido a una madre que tuve por aquí.

Nueve años después vive al otro lado del mundo, en donde montó una familia de tres con su marido, se gana la vida haciendo una fotos preciosas y de vez en cuando todavía me regaña... por el Facebook ;-)

4. Con mi compañera de piso un día fui a la casa de una de sus amigas. Una rubia, también caraqueña, que se confesó adicta al cine la primera vez que la vi y me dio tres o cuatro consejos sinceros sobre cómo conseguir trabajo en Barcelona (confieso que después de hablar con ella me di cuenta que la cosa no sería sencilla). La rubia llevaba un maquillaje fantástico y para mí, que había llegado a Barcelona con cuatro pares de zapatos apenas por razones de peso y espacio en la maleta, fue maravilloso ver la hilera de sus zapatos con tacón de cuña que se alineaban en fila india delante de mí (nunca supe por qué, pero los tenía fuera del closet, ordenaditos por pares como soldaditos al lado de una puerta que no recuerdo bien si era la del baño...). Esa tarde yo andaba de bajón porque extrañaba a mi familia y mis amigos, pero no era cosa de ir a contarle mis penas a una gente que acababa de conocer - sin embargo conversando sobre tonterías sentada en la alfombra blanca del piso de la rubia ("Amiga ¿y cómo mantienes esto limpio?" quiso saber mi compañera de piso. "Con mucha paciencia y un cepillito", respondió la otra sin vacilar) me empecé a sentir como en casa. En algún momento de la noche, la rubia me atacó con una pregunta demoledora: "Gabriela ¿quieres un sanguchito?" "No, gracias"-le respondí. "¿Seguro? cómete uno... mira que son sanguchitos tostados como los que hacen las mamás en Venezuela" me dijo riéndose. Y con ese gancho de buen humor e ironía me ganó, porque intuí -en medio de la sorna indudable que llevaba la frase- la naturaleza generosa de esta mujer a la que le gusta espantar a la gente diciendo que ella es muy antipática y que todos la odian cuando la conocen. Puro bluff.

Nueve años después es mi otra hermana y nada que pueda escribir en este blog o fuera de él haría justicia a todo lo que le debo como amiga. Sólo diré que tuve suerte de haber aceptado aquel sanguchito y nada más, porque a esta rubia las manifestaciones públicas de emotividad la ponen muy, pero muy nerviosa...

5. Extrañaba a mis amigos que aún estaban en Venezuela. Cada cosa que iba descubriendo, cada buena fiesta a la que iba, cada detalle que me hacía querer a Barcelona me dolía casi físicamente por no poder compartirlo con ellos. No existía Facebook, ni blogger, ni nada; apenas el Messenger ofrecía una manera para comunicarse con lo que estaban lejos y yo no tenía conexión a Internet ni teléfono fijo en mi casa. Me tocó descubrir la nefasta aunque necesaria institución del locutorio, de donde llamaba cada cierto tiempo a mis padres pero rara vez a mis amigos. Recogía flyers y postales que iba juntando y enviaba cuando podía a Venezuela, acompañados de fotos y cartas larguísimas en las que explicaba colectivamente qué tal iba mi vida en Barcelona. Llegué a hacer una caricatura de mí misma en acuarelas sobre una cartulina que luego corté en tantos trozos como amigos me quedaba en Maracaibo, escribiéndoles un mensaje especial a cada uno en el dorso de cada pedazo. Luego los envié desordenados en un sobre pidiéndoles que se reunieran para leer cada uno el suyo y juntar aquella pintura como si fuese un rompecabezas. Era mi manera de sentirme parte de sus reuniones, cenas y fiestas de las que me iba enterando por email. Muchas veces era a mí a quien le llegaban paquetes firmados grupalmente, con cartas, recetas de cocina y pequeños regalos que me hacían reír como sólo ellos sabían hacerlo, dividida entre la nostalgia que me daba recordarlos y la felicidad de saberlos tan cerquita de mí a pesar de la distancia.

Nueve años después aún conservo la mayoría de aquellas cartas, pero ya no los extraño. Pero no porque ya no los quiera sino porque todos (con algunas notables excepciones) están aquí. Poco a poco todos terminaron por dejar el país también y ahora formamos una comuna de treintones con espíritu de veinteañeros, que acumula heridas, alegrías, anécdotas y una indudable historia común que ha superado mil pruebas y aún se mantiene vigente.

6. Mi primer año en Barcelona fue completamente unplugged. En el piso no teníamos tele. O sí, pero era un cacharro viejo que se veía en blanco y negro. Vista la situación y considerando mi total desconocimiento de los canales de televisión españoles y sus respectivas parrillas de programación (con la pelirroja había visto alguna vez "No Solo Música", pero aquello era de madrugada y ya ni recuerdo en qué canal) le di rienda suelta a mi ya reconocida adicción a los libros. Todas las semanas iba a FNAC y regresaba con una bolsa con dos o tres ejemplares nuevos que me servían de entretenimiento mientras el país entero veía GH o Crónicas Marcianas (lo único que lamento de esto fue que tardé bastante en encontrarme con Boris Izaguirre). Aquel fue el inicio de mi biblioteca aquí, a la que he ido incorporando volúmenes que traigo en la maleta desde Venezuela donde todavía tengo una cantidad considerable de libros que me encantaría tener conmigo aquí.

Nueve años después este vicio por la lectura sigue intacto y mucho mejor, se combina con el placer de escribir y publicar. Cuando me mudé de piso hace unos meses la mayor parte de las cajas tenían libros o zapatos y me tomó bastante tiempo conseguirles espacio en la casa y ponerlos en orden. ¿Lo mejor? sigo enganchada a ambas cosas y tanto unos (libros) como otros (zapatos) siguen aumentando de número, para mi más completa felicidad. ¿Lo peor? tendré que alquilar otro piso para que sirva de biblioteca y walk-in closet.


En resumen, nueve años después, hechas las sumas y las restas el balance es francamente positivo. Y aunque la nostalgia es un animal que merodea mi cabeza con frecuencia -sobre todo cuando pienso en mi familia- puedo decir que ya lo tengo domesticado.

Gracias, mil gracias Barcelona, a pesar de nuestras diferencias, tienes que admitir que nueve años después, soy una más de los tuyos...aunque mi corazón es y será siempre de Maracaibo.

http://www.youtube.com/watch?v=RD2U42H1AXw&feature=related

(a propósito de haberse cumplido el 6/10/2010 el noveno aniversario de G viviendo en España, en donde gracias a la canción del video la gente sabe que, en algún lugar del mundo, existe mi ciudad)

2 comentarios:

eSadElBlOg dijo...

Un post muy bonito. Y un buen ejercicio eso de recuperar recuerdos.
Cuando tu aterrizabas por aqui yo estaba cumpliendo 30 añitos...

G dijo...

Ultimamente estoy adicta a los recuerdos, me está dando la sensación de que el tiempo pasa demasiado rápido y tengo que registrar los hechos o se pierden...He visto que tu blog está volviendo a la vida, ya era hora ;-)