martes, 11 de mayo de 2010

Escala de Richter


La mujer ajustó la posición del ventilador empujándolo con el pie derecho, mientras intentaba una vez más concentrarse -sin éxito- en el texto que tenía delante. Llevaba horas tratando de completar aquel informe que debía entregar por la mañana en la universidad, pero su mente seguía pensando en su buzón de correo, vacío de nuevos mensajes y buenas noticias desde hacía ya varios días.

Le había escrito unas cuantas veces y con distintas excusas, diciéndole siempre lo mucho que lo extrañaba y contándole cómo era la vida en Santiago sin él. Incluso había calculado la diferencia de horas que los separaban y había llamado infructuosamente al teléfono que él había dejado apuntado en una nota adhesiva pegada en la puerta de la nevera. Esperaba una respuesta, una señal, algo que le dijera que la seguía pensando a pesar de la distancia, que todavía la quería. Pero por alguna razón que ella no llegaba a comprender -o que se negaba a admitir- esas anheladas palabras que tenían que llegar en forma de correo electrónico o llamada no se habían producido durante las dos semanas largas que habían pasado desde que él se fuera a visitar a su familia, en la península helada donde había nacido al otro lado del mundo.

Volvió a maniobrar los botones del ventilador con su pie descalzo hasta ajustarlo en la máxima velocidad posible. Al sentir la brisa artificial de las aspas tocándole la cara, cerró los ojos cansados de tanto mirar la pantalla del ordenador y subió los brazos para recoger la mata de cabello ondulado y rojo que le cubría la espalda y sujetarla en un moño informe, que aseguró con un lápiz a la altura de la coronilla. Pequeñas perlas de sudor le rodeaban el escote apenas cubierto por un camisón blanco y ya casi transparente tras muchos años de viajar centrifugado en el universo circular de la lavadora, y una gota larga y esquiva como un camino de plata de abrió paso desde la base de la nuca hasta la llanura de la espalda, en donde siguió libre un recorrido descendente a lo largo de su columna que terminó en el territorio secreto de su ropa interior de algodón gris, lisa y sin adornos ni encajes.

Estiró las piernas todo lo que pudo debajo de la mesa y movió un par de veces los dedos de los pies para desentumecerlos. Diez uñas pintadas de rojo brillante la saludaron desde el otro lado de la tabla de madera que le servía de escritorio, mientras ella le daba un sorbo al vaso de vino blanco que descansaba justo al lado del portátil, junto a una bolsa arrugada de patatas fritas y un teléfono móvil insultantemente mudo al que había estado echando rápidos vistazos durante toda la noche.

Tragó con desagrado el vino que se había quedado caliente en el vaso y pensó en buscar una cubitera para enfriar de nuevo el que quedaba aún dentro de la botella colocada peligrosamente en el borde de la mesa, pero la pereza y el letargo que le producía aquel calor inmisericorde fueron más fuertes que su asco al líquido ácido y tibio que le llenaba la boca. “Casi mejor si no me emborracho” -pensó- “así no envío otro mensajito ridículo. Aunque total…¡si nunca me responde!” se terminó de lamentar en voz alta.

Miró el reloj de la mesilla, que marcaba las 3.33 de la madrugada. ¿Por qué no le contestaba? ¿qué estaba haciendo en Oslo? ¿en que invertía esos 360 minutos de diferencia abismales que le permitían estrenar el tiempo antes de pasárselo a ella en “el culo del mundo”, con las horas ya desgastadas por el uso?

Recordó que cuando era niña jugaba con sus hermanas a pedir un deseo cada vez que miraban el reloj y éste les mostraba una hora de números repetidos. Su favorita siempre había sido las 11.11, pensaba que toda la magia se concentraba en esos cuatro unos idénticos que se daban la mano uno detrás del otro y guardaba sus deseos más importantes para esas ocasiones, aunque sus hermanas se burlaban de ella por desperdiciar todo el potencial de las 2.22, las 12.12 o las 4.44.

Igual tenían razón. ¿Qué desearía ahora si supiera que cualquier cosa que pidiese podía hacerse realidad? ¿qué haría si estuviera segura de que aquel juego de niñas era un sortilegio poderoso capaz de obrar milagros, por muy disparatados que estos fueran? “Desearía que él me quiera” dijo con resignación. Se avergonzó al pensarlo, pero cuando bromeaba con él diciéndole que era el único capaz de moverle el suelo lo decía completamente en serio. Esa era la única verdad y quería que siempre fuese así.

Inquieta ante esta certeza, estiró su cuerpo de nuevo en la silla -esta vez por completo- dejándolo descansar precariamente en el borde del asiento. Echó la cabeza hacia atrás y apoyó el cuello en el respaldo, en donde permaneció inmóvil, con los ojos abiertos y llenos de lágrimas que le nublaron la vista, cuando el techo sobre su cabeza empezó a moverse bruscamente.

No fue sólo el techo. La habitación entera se sacudió con fuerza mientras ella intentaba incorporarse con dificultad, creyendo que la borrachera de vino caliente de esa noche había ido demasiado lejos. El sonido de la botella haciéndose añicos contra el suelo y el baile tembloroso de su teléfono y sus bolígrafos sobre la mesa le hicieron entender lo que ocurría, y fue sólo en ese momento que decidió esquivar con torpeza los cristales rotos en el suelo y correr a refugiarse bajo el quicio de la puerta, mientras las lámparas y cuadros se agitaban en una danza frenética que duró lo que a ella le pareció una eternidad, aunque alcanzó a ver que el reloj de la mesilla marcaba las 3.35. Sólo habían pasado dos minutos.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho y la vista borrosa por aquellas lágrimas que originalmente eran de despecho pero que ahora eran de pánico, pensó que estaba a punto de morir, sin más. No vio pasar escenas de sus 32 años como una película, ni encontró a sus seres queridos ya fallecidos esperándola al final de un túnel. En cambio, se sorprendió a sí misma recordando todos los segundos que había desperdiciado enganchada en batallas y rencores inútiles, lo absurdo de su obstinación que algunas veces la llevó a tomar decisiones temerarias, lo desagradecida y mezquina que había sido con muchos de sus afectos más importantes y todas las tonterías que le habían robado el entusiasmo durante buena parte de su paso por este mundo que sabía, estaba a punto de abandonar. Y lo peor de todo: se dio cuenta que había gastado su último deseo pensando en un hombre de nombre impronunciable, con el que había compartido una historia de amor de lo más común. “…Hasta aquí llegué” murmuró, antes de dejar escapar un grito que se le atravesó en la garganta, tras escuchar como una de las ventanas del salón se despeñaba contra el suelo con un estrépito de fin de mundo. Aquel sonido fue lo último que registró su cerebro antes de sentir que el corazón le fallaba y que el mundo se transformaba en una enorme pantalla en negro, en la que no había cristales rotos, suelos movedizos, amores trasnochados o arrepentimientos de última hora.

*****

Pero resultó que esos intensos segundos no fueron los últimos de su vida, que no acabó con un infarto fulminante ni tampoco aplastada bajo un montón de escombros.

Su compañera de piso -que dormía en la habitación de al lado cuando se desató el caos- la encontró desmayada apenas un minuto después del terremoto y la reanimó dándole un par de bofetones y poniéndole el bote de vinagre de Modena debajo de la nariz. Cuando abrió los ojos y comprendió que seguía viva, la chica se abrazó en silencio a su amiga y las dos lloraron juntas sin decirse nada durante un largo rato. Luego probaron a poner la tele, que funcionaba perfectamente, y mientras una barría los cristales rotos del salón rezando por lo bajo un inconfesable Padrenuestro que avergonzaría a sus padres ateos, la otra buscó en la nevera algo para beber y brindar sin palabras por haber nacido de nuevo aquella madrugada del 27 de febrero, una suerte que, tal y como no tardaron en descubrir, muchos no tuvieron el privilegio de contar.

Buena parte del país estaba en ruinas y en las noticias se veían imágenes terroríficas de coches volcados, casas destruidas y olas gigantes que se tragaron todo lo que encontraron a su paso y fueron capaces de encallar un pequeño bote pesquero en el medio de la plaza mayor de un pueblo de interior. Se habían caído árboles, puentes y autopistas pero por suerte en la zona de Santiago en la que ella vivía tenían electricidad, agua y hasta conexión a Internet y más allá de la ventana rota y la botella de vino suicida su piso no había sufrido daños mayores. Pronto su teléfono mudo durante tantos días empezó a sonar enloquecido, y el buzón de correos que había revisado incansable en busca de una pista esperanzadora se fue colapsando a lo largo de la madrugada y la mañana, con mensajes alarmados de su familia y amigos que querían tener noticias suyas y saber si se encontraba bien.

No le alcanzaba el tiempo para contarles a todos que sí, que había sobrevivido a aquellos dos minutos terribles aunque todavía no tenía claro cómo lo había conseguido. Estaba al teléfono hablando con su madre, cuando vio entrar en su buzón un mensaje remitido por el nombre vikingo que había esperado ver durante las últimas semanas. Y entonces se dio cuenta: aquellos 8,5 grados de la escala de Richter también le habían barrido el alma, liberándola de todos sus males tanto reales como imaginarios.

Ni siquiera se molestó en leer el mensaje. Sin soltar el móvil ni dejar de contarle a su madre el episodio del cristal roto del salón, buscó la opción de “Responder” y escribió una sola frase sin vacilar: Que te jodan. Luego presionó el botón “Enviar” y sin querer sus ojos tropezaron con la hora que marcaba el reloj del ordenador. Las 11.11 de la mañana.

Apretó los ojos con fuerza como cuando era niña y formuló el primer deseo de su nueva vida. Nunca más dejaría que nadie, absolutamente nadie le moviera el suelo.


Dedicado a M.E, por inspirarme siempre.

2 comentarios:

Sonia dijo...

Me ha encantado cómo has relacionado los dos significados de "mover el piso", y la manera en que has desarrollado la historia. El final es genial.
Como siempre me he quedado enganchada desde la primera línea.
Me encanta tu estilo, G. Muchas felicidades.

Jesús dijo...

Coincido con Sonia está muy bien hilvanado. Además creo que todos tus relatos tienen moraleja y en este caso está clara: no dejemos que nadie nos condicione nuestra existencia, más bien vivamos el momento siendo lo que realmente somos y si es con alguien que nos deja serlo y con quien compartimos algo más que simples intereses mejor que mejor.
Te échabamos de menos, espero que la mudanza haya sido para mejor.
Para cuando un libro?

Isabel María