domingo, 11 de abril de 2010

Monarquía Secreta


A la luz del día hacía lo posible por no pensarla y sólo le dirigía la palabra para lo estrictamente necesario. Nunca la buscaba ni la llamaba, y cuando el azar de las amistades en común le tendía la trampa de ponerlo delante de ella, se dedicaba a ignorarla con un disimulo estudiado y cómodo que algunas veces salpicaba con tres frases hechas y un saludo seco, en el que no se concedía ni el consuelo de dos besos de cortesía.

Pero por la noche, cuando muy a su pesar se la encontraba en sueños, no le quedaba más remedio que desmontar con un abrazo el castillo de naipes de su indiferencia diurna. Tocar aquella cabeza loca de la que tanto se cuidaba cuando estaba despierto con una corona hecha de palabras amorosas que sólo ella podía entender. Convertir a aquella extraña y lejana princesa en musa y reina absoluta del país escondido que él llevaba por dentro, aunque ella -por decreto irrevocable de las leyes que rigen los amores imposibles- jamás lo llegase a saber.

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