domingo, 18 de abril de 2010

El Último Beso


Mientras mi cuerpo volaba en dirección a aquel mar furioso y teñido de espuma blanca, la historia de amor que había vivido junto al hombre que acababa de arrojarme al vacío se materializó en mi cabeza de principio a fin.

Comenzó una tarde del invierno pasado. Yo era la nueva en aquel sitio donde muchos iban en busca de compañía para celebrar sus alegrías o intentado escaparse temporalmente del laberinto de las ilusiones perdidas. Para ese entonces, aunque me vendían como una novedad imprescindible a la que se debía conocer, yo no era consciente aún de la atracción que podía llegar a generar en las personas y me limitaba a quedarme muy quieta observándolo todo, enfundada en el vestido verde oscuro que acreditaba mi reciente madurez y ocultando con recato mis reflejos rojizos, algo insegura en medio de aquel festival de colores y aromas venidos de diversas latitudes.

En esta actitud discreta permanecí un par de meses, mientras en mi corazón granate se asentaba definitivamente aquella alquimia lenta y misteriosa que hace tan fascinantes a las de mi clase. Fui transformándome gradual y casi imperceptiblemente, asumiendo mi naturaleza poco a poco a la par que escuchaba historias sobre el efecto irresistible que podía llegar a tener en el alma de los hombres uno solo de nuestros besos. Instalada sin sobresaltos en mi esquina, disfrutaba de las miradas curiosas o expectantes de los clientes, esperando a ser descubierta.

Fue así que me encontró aquel hombre delgado y sonriente que abrió la puerta del local con un gesto firme y emitiendo señales invisibles de felicidad desde sus ojos azules. Normalmente no me importaba que fueran las rubias chispeantes del final del pasillo las que terminaran llevándose el gato al agua. Tampoco sentía ninguna envidia de las flacas sonrosadas que solían estar cerca de mi sitio y engatusaban a los clientes con su aspecto inofensivo. Pero durante el largo rato que él estuvo mirándonos, por primera vez sentí que tenía ganas de ser la elegida. Quería irme a su casa o a donde él quisiera y comprobar que todo lo que había escuchado sobre los besos era cierto.

Contuve el aliento durante aquel examen eterno, que lo llevó a observarnos a todas de arriba abajo, escudriñando cada detalle de nuestros cuerpos y soñando despierto con nuestro sabor. Me costó creerlo cuando sentí una de sus manos rodeándome por la cintura mientras su dedo índice recorría mi cuello con delicadeza. Me había escogido a mí. Era yo quien iba a pasearse por su boca esa noche y no las rubias despampanantes o a las flacas vestidas de rosa. Agradecí mi suerte en silencio mientras él ultimaba los detalles para poder marcharse de allí conmigo y pensé que mi vida estaba a punto de dar un giro maravilloso. Quizás tuve razón, aunque no sospeché de qué modo se estaba torciendo mi destino realmente.

Resultó que aquel caballero me había elegido para acompañarlo en una cita crucial, para la que aún no tenía fecha pero sabía cercana por una cuestión de intuición y voluntad. Al llegar a su casa me hizo saber que tendría que esperar antes de darle rienda suelta a sus intenciones conmigo y me confesó que me prefirió antes que a las otras porque se había enterado de mis orígenes mozárabes. Sabía que entiendo de secretos que se destilan bajo tierra, de amores que parecen imposibles y de pactos apasionados que se sellan con un beso. Nadie mejor que yo para cerrar con broche de oro aquel propósito que esperaba alcanzar pronto, sólo tenía que prometerle ser paciente.

Acepté su propuesta. Esperé aquella fecha durante todo un año sin agriarme, tumbada perezosamente en el salón de su casa entreteniéndome como mejor podía. Fui adquiriendo matices nuevos e insospechados que me moría por compartir con él, pero cada noche me tocaba guardarme para la siguiente, soñando con el día en que se decidiera a probar mi boca y sus dedos volvieran a tocarme como la tarde en que nos conocimos. Después de mucho tiempo aguardando en vano, por fin una tarde se acercó y me tomó entre sus manos sin decir nada. “Es hoy” pensé abrumada por la emoción, sin notar que su sonrisa había desparecido y un nuevo brillo desconocido se había adueñado de sus ojos.

Me llevó hasta el coche y me dejó en el asiento delantero junto a una cajita forrada de terciopelo azul. Después condujo en silencio por la carretera que bordea el océano y se detuvo en un mirador poco iluminado que ofrecía una vista privilegiada de la costa. Permaneció un largo rato con la vista fija en la nada y solo se movió para coger la cajita que descansaba a mi lado y jugar con ella unos minutos antes de abrirla, revelándome que lo que había dentro era un sencillo aro de oro blanco coronado por un brillante pequeño y solitario. Me quedé inmóvil, preguntándome qué quería decirme con todo aquello, cuando él me agarró fuertemente para traerme hacia su lado del coche y ya no pude pensar más.

Así fue nuestro primer beso. Seco y áspero. Durante mi soñada noche de estreno sus manos no paraban de removerme bruscamente, mientras su boca buscaba la mía y sus dedos se resbalaban torpes por mi cuello, en una danza caótica que tendría que haber sido una caricia. Un largo rosario de gotas color rubí que salían de mi cuerpo le fue cubriendo la cara, el cuello y la camisa, pero él estaba ajeno a todo y se limitaba a sacudirme con fuerza antes de acercarme sus labios una y otra vez, sin darse cuenta de cómo se me escapaba la vida cada vez que su boca tocaba la mía. “No puedo parar de pensar en ella” -balbuceaba con voz rota- “Se suponía que me diría que sí, que me quería… ¿y ahora qué voy a hacer?”

Aunque mareada y falta de oxígeno, atiné a comprender que no sobreviviría a aquella noche. Lo supe cuando saboreé la sal de sus lágrimas rabiosas en mi boca y comprendí que mi presencia en su vida ya no era necesaria. Fue un beso largo, amargo, que me dejó triste y vacía, resignada a terminar mis días como tantas otras de cuyas historias también había oído hablar, sin pensar que algún día su final también me podía tocar a mí.

Justo antes de caer en el agua agitada logré ver la cajita azul que salió volando detrás de mí y se abrió en el aire. El brillo plateado del anillo y su diamante sin dueña fue lo último que me iluminó antes que la fuerza de las olas contra las rocas convirtieran mi cuerpo en cientos de pequeños cristales verdes. Mi vida acababa de terminar.

4 comentarios:

Jesús dijo...

Message in the bottle!!!!!!!!!!!!
De nuevo tu giro made in Gaby. He pasado de creer que era una mujer en un bar de singles a pensar que era una mujer de vida horizontal y de ahí a descubrir de qué se trataba realmente. Pero no lo he sabido hasta las últimas palabras, he tenido que releer la rotura de los cristales para darme cuenta quién se lamentaba por su muerte, si hasta creía que habías narrado un asesinato!!!
Creo que está todo muy bien ligado y mantienes el suspense hasta el final. Me alegro de nuevo por mi dosis semanal.
Un abrazo muy fuerte,

Isabel María

gaby dijo...

Genial!

Sonia dijo...

Me ha encantado! Otra vez me has tenido atrapada y confundida desde la primera línea, deseando conocer el desenlace. Y no me ha decepcionado en nada, al contrario, me ha dejado muy satisfecha, ha resuelto todas las dudas que habías ido generando. Felicidades.

G dijo...

¡¡Gracias chicas!!! Este fue un relato que envié a concurso en su momento. Y aunque no gané la verdad es que me da igual, sabiendo que le ha gustado a quienes me leen siempre y ya conocen mi estilo: vosotras. :D

Lamento la ausencia de estas últimas semanas pero he estado de traslado y ahora empiezo a poner en marcha de nuevo la "máquina de escribir". Hay varias historias en la recamara para esta y las próximas semanas. Un abrazo grande para las tres.

G*