domingo, 28 de marzo de 2010

La Dieta del Espárrago


“Anoche dormí en tu casa ¿vale?”. Por enésima vez desde que revelara su afición secreta hacía casi dos años, Natalia dejó caer su ya clásico SMS de sábado por la mañana en el móvil de una de sus mejores amigas -algunas de ellas respetables señoras casadas y con hijos- que esperaban entre aterradas y divertidas el pitido del teléfono indicándoles quién era la elegida para tapar las andanzas nocturnas de su comadre. Seguramente había amanecido en el piso de una de sus conquistas de fin de semana y necesitaba una coartada para entretener las sospechas de su desteñido marido Roberto (también conocido entre ellas como Roberto el Gris).

La culpa de aquel desmadre era de la dieta del espárrago. Empeñada en meterse en un traje de novia de la talla 38 cuando toda la vida había sido una oronda 46 digna de ser inmortalizada por uno de esos pintores amantes de las redondeces y curvas femeninas, Natalia había seguido el consejo que su amiga Olivia -una perfecta talla 36 de culo respingón y abdominales de acero esculpidos durante años de gimnasio y clases de ballet- y se había dedicado a comer únicamente espárragos durante los cuatro meses previos a su boda.

Trigueros, morados, verdes y finos como cañas, blancos enlatados en Perú y China o auténticos cojonudos de Navarra, el único y alargado protagonista de aquella forzada monogamia alimenticia era el hipocalórico espárrago, servido en todas sus variedades posibles: a la plancha, en ensalada, hecho sopa, con romesco, a la vinagreta, en revuelto o con mayonesa…Cada comida y cena durante dieciséis largas semanas Natalia se dedicó -tallo a tallo- a la sacrosanta y durísima labor de perder peso. “¿Otra vez comiendo espárragos?…Te vas a quedar en los huesos” le decía Roberto con curiosidad desapasionada al observar la metamorfosis voluntaria de su futura esposa, que se mataba de hambre y tedio con el propósito de ganarle la batalla a la báscula y cumplir la única parte salvable de su antiguo sueño de casarse con un hombre guapo, en un velero anclado en una playa ibicenca, luciendo un vestido escotado y transparente que dejara al novio y a los invitados sin habla. “No hay pasta para lo del velero en la playa y lo del marido guapo no tiene remedio posible. Pero todavía puedo casarme con pinta de cabaretera” le dijo un día a sus amigas después de varias cervezas.

Fue así como el cuerpo de Natalia empezó a transformarse visiblemente. Espárrago a espárrago, sus curvas antológicas fueron derritiéndose hasta que un día se dio cuenta con una sonrisa triunfal que la ropa ceñida y las faldas cortas que siempre le había gustado usar (a pesar de darle un aspecto lamentable de regalo mal empaquetado) por fin habían comenzado a sentarle bien. Sus caderas habían adquirido la curvatura exacta que distraía las miradas y hacía detener los coches en esquinas y pasos de cebra. Su nueva cintura tenía el diámetro justo, sin desbordarse en pliegues por encima de cinturones y pretinas, ni formar esos bultos delatores que tantas veces le habían hecho ganarse el cruel apodo de la muñeca Michelin. Sus muslos de amazona habían alcanzado la proporción correcta y ahora eran el inicio de una carrera mortal en sentido descendente por unas piernas de escándalo que ella se encargaba de alargar subiéndose a una colección interminable de zapatos horteras y multicolores, que parecían más zancos que otra cosa, pero que la ayudaban a ganar unos centímetros de altura y le daban un aire de bataclana que muy en el fondo de su corazón siempre quiso tener. Descubrió que tenía hambre de que la mirasen, de que la descubriesen y estaba tan contenta con aquella nueva condición de buenorra que disfrutaba hasta con los penosos piropos que le dedicaban los obreros o las miradas imprudentes de los viejos verdes con los que se cruzaba por la calle.

Un mes antes de la ceremonia y ya bien lanzada en aquella carrera por llamar la atención del sexo opuesto, Natalia se miró en el espejo y llegó a la conclusión de que sus días como la gordita del grupo habían terminado. Con aquel cuerpo nuevo que había brotado como un milagro tras su sacrificada devoción por el Asparagus officinalis, era un desperdicio no salir a probar suerte y experimentar por lo menos una vez qué se sentía al estar sentada en un sitio sabiendo que podía ligarse al hombre que le diera la gana.

Sin pensárselo mucho por si los escrúpulos le ganaban la batalla y sin avisarle a las amigas para no comprometerlas en caso de resultar ganadoras las hormonas de leona que comenzaban a invadirle la sangre, Natalia se enfundó en un vestido azul talla 36 que había comprado para estrenar en el viaje de novios y se fue sola y encaramada en unos horribles tacones blancos de diez centímetros a tomarse unas copas al centro. “Es ahora o nunca” se dijo apretando su bolso contra el cuerpo y plantándose con firmeza en la calle “total, nadie se va a enterar…”.

Se metió en el primer bar que vio al salir de la boca del Metro, un irlandés que todavía no estaba muy lleno y en el que pudo hacerse con un hueco en la barra. Tras una larga hora sentada sin hablar con nadie y con una pinta de cerveza negra como única compañía, de pronto fue consciente de lo absurdo de su aventura de esa noche -¡igual toda aquella revelación sobre ser una tía buena había sido una alucinación causada por el hambre o por el exceso de espárragos ingeridos durante lo últimos meses!- y pensó en lo tonta que había sido al creer que había dejado de ser invisible y que existía otro mundo más allá de Roberto y sus conversaciones descafeinadas sobre coches y videojuegos, su interminable colección de camisas de cuadros y su incapacidad congénita para la risa. Sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios mientras revolvía el bolso buscando un mechero, pensando en terminar su cerveza para largarse de allí antes de perder el poco aplomo que le quedaba, cuando una mano masculina le ofreció fuego. Para su sorpresa, fueron necesarios exactamente cinco minutos de conversación con aquel desconocido para que los planes de huir con la dignidad intacta se fueran al traste.

Regresó a casa al día siguiente con los zapatos en la mano, el pelo revuelto y la ropa interior olvidada en el piso del dueño del mechero, un argentino que había terminado por invitarla a tomar la última cerveza de la noche en su casa. A partir de entonces Natalia había repetido aquel ritual en un bar diferente cada viernes antes de su boda. Y había reanudado su carrera de pendón impetuoso inmediatamente después del viaje de novios; un crucero por el Egeo en el que su flamante marido pareció empeñarse con esmero en confirmar que el apodo de Roberto el Gris le venía como anillo al dedo.

Fueron pasando los meses sin que nadie supiera nada sobre las excursiones nocturnas de Natalia, hasta que en una cena con las amigas y animada por el vino y las historias de batallitas de soltera que intercambiaban las demás para el asombro y nostalgia de las madres casadas del grupo, confesó sin un ápice de vergüenza que cada viernes se quitaba la alianza de oro con el nombre de Roberto grabado en el interior y se lanzaba a la calle en busca de lo que ya era evidente nunca iba a tener en casa. Divertida ante la sorpresa de su auditorio -que la escuchaba entre atónito y envidioso- contó cómo a lo largo del último año había acumulado una cantidad nada despreciable de trofeos masculinos que fue registrando con precisión de notario en una libretita porque creía que eso era lo que hacían siempre los hombres, sin embargo con el tiempo se dio cuenta que aquel aparente topicazo masculino era un hábito que -hasta donde ella sabía- no cultivaba ningún hombre de verdad. “En el fondo no follan tanto como aparentan, somos las mujeres las que tenemos el poder de irnos a la cama cuándo y cómo queramos. Lo que pasa es que no está bien visto que lo digamos, mucho menos que lo pongamos en práctica” les dijo cariñosamente a sus amigas, con la sonrisa cándida de quien parece no haber roto un plato en su vida pero viene de caminar descalza sobre la vajilla entera hecha añicos en el suelo.

“¿Pero cuántos llevas mujer? ¿de verdad son tantos?” “Eso que cuentas no puede hacerse sin dislocarse uno algo” “¡¿VEINTICUÁNTOS dices?! ¡IMPOSIBLE!”. Natalia se entretuvo un buen rato afirmando, negando o riendo los comentarios que le iba haciendo el grupo y en un arranque de inspiración y buen humor improvisó un discurso para agradecer públicamente a su amiga Olivia por el valioso consejo nutricional que la había cambiado la vida de forma tan rotunda y definitiva. “Ni Herbalife, ni Atkins, ni South Beach… ¡Jamás había sido tan feliz como con esta dieta!” le dijo con una carcajada. “¿Y no te sientes ni un poquito culpable?” quiso saber Olivia, que no estaba muy segura si debía festejar o no el haber conjurado aquel huracán de labios pintados que parecía arrasar con todo a su paso, mientras Roberto el Gris desarrollaba una cornamenta ramificada digna de un alce nórdico en su cabeza medio calva. “¡Qué va! La culpa pesa demasiado y ya os dije que yo no pienso coger kilos extra más nunca” -le contestó Natalia animada mientras daba el último bocado a sus espárragos a la plancha y les guiñaba un ojo. “Deberíais probarlos alguna vez. De verdad no sabéis de lo que os estáis perdiendo” agregó, sólo para ser reprendida por un coro de “¿Yo? ¡Ni loca!”, “A mi no me hace falta ir de cacería ni adelgazar” o “Te cubro si quieres, pero ya estoy bien servida, gracias”

Sin embargo, después de aquella noche comenzaron a multiplicarse los mensajes de texto encubridores que intercambiaban entre ellas cada sábado por la mañana. Siempre había uno de Natalia, por supuesto. Pero también uno de Cristina. Otro de Elena. Y uno de Olivia.

Pronto los fruteros del barrio observaron cómo aumentaba la demanda de espárragos en forma inexplicable y las paradas de verduras ofrecían alcachofas, berenjenas y calabacines a mitad de precio en un intento fallido por conquistar a aquel nuevo segmento de voraces consumidoras que aumentaba cada día y se extendían poco a poco por toda la ciudad reclamando un solo producto. Porque la leyenda secreta de Natalia se había transmitido en un indetenible boca-oreja en el que se exageraron y cambiaron todos los detalles y atributos de la historia, menos uno: el único alimento permitido de aquella dieta feliz y liberadora era el espárrago, que se había convertido en huésped de honor de las mesas y despensas de cada vez más mujeres que desaparecían misteriosamente una noche a la semana, mientras sus despistados cónyuges se quedaban en casa viendo el fútbol o matando monstruos y fantasmas con el mando de la consola, pensando en lo aburrido que debía ser tener que comer ensalada todos los días...

4 comentarios:

Sonia dijo...

Me ha encantado! Como siempre enganchas desde la primera línea, y muy bien desarrollado. Felicidades!

G dijo...

JAJAJA Gracias Sonia! este surgió de una conversación que tuve durante una cena ;) me alegra que te haya gustado, la verdad es que yo me divertí muchísimo escribiéndolo.

eSadElBlOg dijo...

should I try?

G dijo...

¿Cómo era que iba aquella canción? "Espárragos, espárragos se sirven en la meeesaaaaa" ;-)