domingo, 7 de febrero de 2010

Tardes Prohibidas


Como cada día, la joven termina pronto sus quehaceres en la casa grande y se escabulle a la cocina. Dando pasitos cuidadosos para no hacer ruido, su cuerpo menudo de hada adolescente baila de una esquina a la otra mientras va juntando lo que necesita para su travesura en una cesta de mimbre de las que usan ella y las otras criadas para ir al mercado. Cuando completa su botín, se quita el delantal y dirige sus pasos a la puerta del patio con su tesoro bajo el brazo. Vigilando que nadie la vea, abre la puerta que da al camino polvoriento del pueblo y se encamina con el corazón acelerado a su cita secreta, esa que hace que se escape cada tarde, con la cesta cargada -entre otras cosas- con una bandeja de churros recién hechos cubierta por una servilleta de tela y un termo rebosante de chocolate caliente y espumoso.

Sabe que se está saltando las estrictas reglas de la casa de sus padrinos, pero no le importa. Aunque la castiguen cien años y le den mil azotes jamás va a dejar de acudir a aquellos encuentros donde su alma se transforma al calor de relatos y poemas escogidos especialmente para ella. Nunca renunciará a aquellas pocas pero sagradas horas en las que esas otras manos le enseñan a las suyas un lenguaje nuevo, de pequeños signos inequívocos, que nada tiene que ver con barrer suelos o fregar cacharros. El miedo a la furia de su padrino no va a arrancarla de aquellas benditas tardes en las que por fin alguien se dedica a explicarle el mundo desde el cariño y le enseña a tejer sueños nuevos; sueños que por primera vez van mucho más allá de las cercas que rodean la hacienda en la que trabaja de sol a sol para aquella familia prestada que la había acogido cuando faltó la suya.

En aquellas citas clandestinas se siente viva. Se intuye grande a pesar de su escaso metro y medio de estatura. Y se entrega con pasión a cada uno de los conocimientos que va adquiriendo, entusiasmada ante tanto descubrimiento que muchas veces la deja exhausta y boquiabierta, con ganas de más.

Tiene claro que toda aquella maravilla debe permanecer oculta, que si se enteran sus padrinos la matan, así que debe ir con cuidado de no dejar un rastro de evidencias y tomar precauciones para evitar las predecibles consecuencias de aquel aprendizaje encubierto. Sin embargo está tan feliz con aquel primer acto de rebeldía que le encantaría poder gritar a los cuatro vientos lo que está haciendo. A estas cortas pero intensas alturas de su vida le da exactamente igual el qué dirán: ni los chismes más ponzoñosos van a lograr que lo deje. Pase lo que pase, va a seguir acudiendo cada tarde a la escuela donde la maestra del pueblo -encantada con aquel soborno de churros con chocolate- le enseña a leer y a escribir a escondidas.


A la abuela L. Que así, taza a taza, aprendió a escribir su paso por un mundo que no la olvida. Son casi diecisiete años echando de menos tu abrazo y con tu corazón amarrado al dedo anular de mi mano izquierda.

2 comentarios:

Jesús dijo...

Cuántas y cuántas mujeres han tenido que soportar el verse ninguneadas y abocadas al obstracismo sólo porque alguien pensó que estudiar, aprender, adquirir conocimientos no era digno de personas como ellas. Ellas no servían nada más que para limpiar, cocinar y atender las necesidades del hombre (padre, marido, señor, etc...). Valga este sencillo escrito para homenajear a todas y cadauna de esas mujeres. Gracias a ellas hoy, sólo algunas privilegiadas, podemos decir que tenemos suerte. Aunque aún hay mucho camino por recorrer.
Respecto a tu forma de redactar me has sorprendido de nuevo, qué es lo que tiene Gaby que tanto te gusta me preguntan y no sé responder sólo se me ocurre decir "date una vuelta por su blog y me entenderás".
Un besazo,

Isabel María

G dijo...

Gracias de nuevo Isa :)

El relato está basado en un hecho real. Una de mis abuelas (que tuvo una vida digna de novela sobre la que un día escribiré largo y tendido) aprendió a leer así, sobornando a la maestra con una merienda cada tarde. Esto solo demuestra que por muy adversas que sean las circunstancias siempre es posible tirar de originalidad para salir adelante. Esta fue una de las muchísimas lecciones que ella me dejó.