viernes, 19 de febrero de 2010

Historia de un Reencuentro


Iba fumando un cigarrillo por la calle atestada de noctámbulos de fiesta cuando la sintió pasar a su lado como una brisa leve. Apenas el roce de unos dedos invisibles de viento por su frente descubierta y nada más, pero bastaron para paralizarlo durante un par de segundos. Su primera reacción fue de escepticismo. “Sólo falta que tenga el morro de aparecer ahora” -pensó. Sería muy irónico que tras casi un año de búsqueda metódica aunque infructuosa el destino fuese a juntarlos precisamente ahora, en la fría madrugada de viernes de aquel barrio ubicado en la otra punta de la ciudad en la que habían vivido juntos y justo un par de días después de haber renunciado definitivamente a encontrarla. Claro que no. No existía tal grado de casualidad. Ni tampoco existía ella. Al menos no ahora, aunque durante una época -no hace mucho- no sólo había existido sino que había reinado a sus anchas en las cuatro paredes de su habitación de alquiler, susurrándole órdenes secretas al oído y convirtiendo su vida en un desorden feliz que le había puesto las prioridades de cabeza. Por ella y sus caprichos había renunciado a su vida cómoda y a los pocos logros que había logrado juntar en sus treinta y ocho años de existencia. Por ella se lo había jugado todo a un solo número. Se había mudado de ciudad, de piel y de sueños. Por eso le había jodido tanto cuando se marchó.

Jamás olvidaría aquel día que comenzó como todos desde que estaban juntos, con la alarma del despertador taladrándole los oídos y la cama revuelta tras las pocas horas de sueño que ella -siempre tan exigente y apremiante- le permitía. La habitación estaba exactamente igual a como la había dejado antes de caer vencido por al cansancio la madrugada anterior tras una de sus frecuentes batallitas nocturnas: la ropa tirada al lado de la puerta, las latas vacías de cerveza sobre la mesa y el portátil abierto, con la luz del monitor dibujando a medias la estancia oscurecida por las persianas bajadas.

El paisaje no mostraba ninguna señal del abandono que acababa de sufrir y si la había él no fue capaz de notarla, concentrado como estaba en su dolor de cabeza matutino, el sabor pastoso en la boca y la curiosidad que le generaba aquella criatura que se iba a la cama con él pero que no se permitía nunca quedarse hasta la mañana siguiente. Se había acostumbrado a aquel juego de no encontrarla a su lado al despertar y decía que no le importaba, aunque no era del todo cierto. Le importaba mucho, pero lo disimulaba como mejor podía y se aferraba a las pocas certezas que ella le ofrecía, como por ejemplo saber que siempre aparecía por las tardes, cuando lo sabía espabilado tras dos o tres tazas de café bien cargado y media cajetilla de cigarrillos. La noche anterior él había intentado por enésima vez hablarle de aquello:

“¿Por qué nunca estás cuándo abro los ojos?" -preguntó- "Ya sé, ya me has dicho varias veces que tienes asuntos de los que ocuparte. Si no te lo discuto, pero es que de verdad te necesito. Te quiero cerca de mí todo el tiempo…Sin ti nada de esto tiene sentido”

Del otro lado de la mesa ella lo miró en silencio, con aquella sonrisa helada que lo volvía loco, porque lo dejaba sin argumentos. Sin embargo él continuó:

“Ya…Comienzo a sonar como un personaje de esas novelas que dan por las tardes en la tele, esas que te encantan aunque lo niegues. Parezco hasta celoso ¿no?. Pero no se trata de eso. De verdad entiendo que no puedes estar sólo conmigo, solo te pido que te quedes más rato…” -le dijo en voz baja.

Ella se limitó a agitar un poco los papeles que había en la mesa, esperando a que él terminase su discurso. Tan críptica como siempre, parecía darle igual lo que estaba escuchando.

“¿Sabes qué? Olvídalo. Si al salir de aquí te vas a repetir la función con alguien más es tu problema. En realidad me da igual, de hecho, es mejor que nos veamos tarde. Yo por las mañanas no soy persona” -le soltó, cabreado ante su mutismo.

Entonces ella por fin se dignó a responderle. Se acercó lentamente a su oreja y le susurró una de aquellas frases lapidarias y contundentes con las que siempre zanjaba cualquier discusión.

“Está bien. Entendido. Tú sólo vienes cuando te apetece y eso no cambiará nunca” -respondió él claudicando en su enfado e intentando sonar convincente- “Lo haremos a tu manera” -remató, en un pobre intento por tener la última palabra aunque estaba seguro que para ella era indiferente si él estaba de acuerdo o no, porque igual terminarían jugando por sus reglas. Sabía que cómo o cuándo él quisiera hacer las cosas era completamente irrelevante. Ella siempre ganaba.

Pensó en aquella conversación mientras ponía en el fuego la segunda cafetera del día, extrañado porque era casi la hora de cenar y ella no había dado señales de vida. Sintió un pinchazo de miedo recorriéndole la espalda al pensar que aquella insistencia suya por poseerla completamente hubiera terminado por espantarla pero intentó mantener la calma y cogió el periódico del día anterior para estudiar la cartelera de cine. Había decidido ir a tomar algo y distraerse viendo una película mientras la esperaba, seguro de que al volver la encontraría sentada en la cama o delante del ordenador, sonriendo a pesar de ser la primera vez que era ella la que lo esperaba a él y no viceversa. Se dio una ducha rápida y se cambió de ropa antes de salir a la calle, pensando en volver a abrazarla aquella misma noche, cuando por fin volviera.

Pero no volvió. No sólo faltó aquella noche sino las seis que siguieron aquella semana y las veinticuatro restantes que desfilaron por su ventana aquel mes. Él salió a buscarla en cada bar en el que habían estado juntos, la invocó en cada acera de todas las calles por la que habían paseado, se sentó a llorarla en los bancos de cada plaza en la que la había abrazado, pero todo fue en vano. Se había esfumado sin dejar ni una señal de dónde podía haber ido, dejándolo con la historia que habían compartido a medio terminar. No entendía cómo había podido hacerle eso, pero sobre todo, era incapaz de comprender cómo había hecho para desaparecer de una manera tan rotunda y definitiva.

Le costó meses recuperarse de aquel golpe y maldijo mil veces no haberla tomado en serio todas las veces que le repitió que ella no tenía dueño, que no insistiera y se conformara con lo que tenían en ese momento. Tras verse abandonado tan repentinamente no le quedó más remedio que empezar a aprender a vivir sin ella y renunciar a todos los planes que había hecho para los dos. Se volvió hermético y malhumorado, aislado de todo y de todos con un voto de silencio autoimpuesto, ahora que sabía las consecuencias que podía traer el hablar demasiado. Pocos de sus amigos supieron lo mal que lo pasó durante aquel período y aunque todos le decían que ella eventualmente volvería, él notaba como aquellas palabras eran meras frases de cortesía de gente que no entendía la magnitud de su pérdida. No quería la lástima de nadie. Tenía que curarse de aquella locura costara lo que costara.

Al no tenerla a ella rondándolo comenzó a trasnochar menos. También se cambió de piso a uno más grande y lejos de todos los recuerdos que ella había dejado sembrados en los lugares más insospechados. Cambió las cervezas nocturnas en su compañía por una copa de vino solitaria con las comidas que le ayudaba a hacer más llevadero el ritual diario de exorcizarla de su vida. Empleó en aquella tarea todo el rigor y la fuerza de voluntad de los que era capaz y así llegó el día en que se miró al espejo y se dio cuenta que por fin la había superado. Comprendió que aquello había sido un arrebato, una última apuesta antes de cumplir los cuarenta. Y como todo arrebato, tenía fecha de caducidad. Esa misma tarde hizo limpieza y terminó de liquidar todo lo que le recordaba a esos benditos meses de su vida, lanzándolo a la basura y asegurándose que fuese imposible recuperarlo en caso de un ataque ridículo de arrepentimiento. “Se acabó”, se dijo a sí mismo y sonriendo sinceramente por primera vez en muchos meses.

“Se acabó” se volvió a decir en voz alta mientras se recuperaba del susto de haber creído cruzársela en el callejón. Se tomó un par de segundos para recuperar la compostura y siguió su camino hacia la calle principal, en donde tenía intención de pillar un taxi o un autobús, lo que pasara primero. Y entonces se encontró de frente con un grupo de chicos jóvenes entre los que destacaba uno que llevaba a una mujer colgada del brazo que intentaba decirle algo al oído sin mucho éxito.

-Perdona bonita, pero esta noche no. Estoy de fiesta con mis amigos. ¿Por qué mejor no me buscas en otro momento? ¿de verdad crees que hoy estoy para hacerte caso? Estas cosas no se hacen así, en plena calle…-le oyó decir al chico, que a todas luces iba borracho.

Era ella, no cabía duda. Y también había sido ella en el callejón. Estaba igual de espléndida que la última vez que la había visto y seguía practicando aquella indiferencia arrogante que descolocaba a todos los que tocaba con su voz pausada. Se quedó contemplando la escena, paralizado, mientras ella se daba la vuelta en silencio -probablemente ofendida ante la estupidez de aquel hombre que se había atrevido a rechazarla- y se alejaba del joven y sus amigos, dejando a su paso una estela de aire en movimiento que agitó las pocas hojas que aún colgaban de los árboles.

Él tragó grueso y empezó a sudar frío cuando se dio cuenta que aquellos pasos iban dirigidos directamente hacia él. Había imaginado miles de veces cómo sería el momento del reencuentro, cómo le haría ver que su vida era infinitamente mejor sin ella y qué palabras usaría para quitársela de encima cuando viniera a hechizarlo de nuevo con otro de sus malditos murmullos. Pero se había quedado con la mente misteriosamente en blanco. Quiso correr, pero no pudo mover un músculo antes que ella lo alcanzara y le dirigiera una de sus famosas sonrisas mudas.

“Vaya, mira a quien tenemos aquí. ¡La gran ausente!” fue lo único que logró balbucear a manera de saludo. Ella lo enganchó del brazo -como hacía siempre- y dejó que él se perdiera durante una fracción de segundo en el recuerdo de lo que habían compartido juntos. “Por favor, déjame” -dijo él, intentando luchar- “Me dejaste solo delante de la pantalla en blanco, sin nada que contar ¿No podías soplarme un par de ideas mediocres como las que le dictas a los guionistas de los culebrones y dejarme acabar, aunque supieras que iba a ser una mala novela? Porque es lo único que se me ocurre para entender por qué te marchaste así, que aquello era una novela mala, de las peores que se podían imaginar. Fue por eso que te aburriste de mí. Es eso o que estás loca y en el fondo este juego del bloqueo del escritor te da mucho morbo” -le espetó- “Si vienes a continuar tu trabajo que sepas que no es posible” -continuó- “Tiré el archivo y hace dos días también quemé las copias impresas que me quedaban. No era más que una novela inconclusa, no había ninguna razón para guardarla más que tenerla a mano por si volvías. Y me cansé de esperarte. Así que pierdes tu tiempo conmigo, no voy a escribir más. No tengo ganas ni temas. Ni quiero tenerlos” -le dijo desafiante.

Pero él no contaba con que ella siempre -o casi siempre- se salía con la suya. Mientras acercaba la boca a su oreja para seducirlo de nuevo, él recordó aquellas últimas palabras que había ella dicho antes de abandonarlo, pidiéndole que la dejara a su aire, que no intentara acorralarla… Fue entonces cuando por fin entendió el extraño mecanismo que los unía y no tuvo más remedio que rendirse ante las ganas que empezaban a bajar desde su pecho hasta las manos, como hormigas que recorrían el camino extendido de sus brazos hasta alcanzar la punta de los dedos, temblorosos ante la necesidad de la caricia intermitente del teclado.

“Tienes razón, es un gran tema. Voy a escribir acerca de nosotros” -le dijo antes de abandonarse por completo en un abrazo sin reproches y subirla junto a él en un taxi. Con el corazón aún acelerado se dedicó a escucharla atentamente mientras se dirigían a su casa, sabiendo que su vida dependía de poder sacarle partido a aquel reencuentro. Porque esta noche ella, la Inspiración, por fin había regresado, pero no sabía por cuanto tiempo iba a quedarse junto a él.

5 comentarios:

Sonia dijo...

Guau! Genial, genial y genial... me has tenido engañada todo el relato, y al final todo ha cobrado sentido, no hacía falta ni que nombraras la palabra inspiración, se ha visto clarísimo, todo ha encajado. Muy muy bueno, me ha encantado!
El año pasado escribí un micro donde también personificaba a un término abstracto, te lo linkeo por si te apetece leerlo;
http://soniaradom.blogspot.com/2008/12/el-intruso.html

Muchas felicidades!

Jesús dijo...

Realmente me vuelves a sorprender. Espero que a tí no te pase, pero si ante una página en blanco, una pantalla lista para escribir esa divina mujer no viene a acompañarte, no desesperes pues como has escrito en cualquier lugar vuelve a acecharte y no tienes más que volver a abrir ese archivo que tenías olvidado.
Un fuerte abrazo y sigue así,

Isabel María

felipe araujo torres dijo...

chica no se, tiendo a pensar que esa señora no existe, Que es cuestión de hábito, de disciplina, de trabajo, de escribir y reescribir, de buscar nuevas relaciones entre los hechos de siempre. Quizás si exista, pero a mi siempre se me aparece cuando hago mi parte de la tarea. Es verdad que hay dias mejores y peores, y por tanto mejores y peores escritos, pero no creo que se deba culpar a la inspiración por su asencia, cuando escribimos algo malo, así como tampoco creo que debería robarnos todo el crédito cuando lo hacemos bien. En resumen, me parece una palabra demasiado esotérica, incontrolable y caprichosa, para fundamentar el oficio muy concreto, terrenal y minucioso de escribir.

No obstante el relato, muy bueno. Me hubiese gustado oir a la inspiraión hablar, qué le hubiese dicho?

G dijo...

Gracias Sonia, Isa y Felipe por sus comentarios :D


Mis impresiones sobre el tema de la inspiración en líneas generales van más encaminadas por aquí:

http://www.ted.com/index.php/talks/elizabeth_gilbert_on_genius.html

Es un video largo, pero muy ameno. Y la autora transmite exactamente lo que dice Felipe. El trabajo creativo depende de ese elemento "esotérico" llamado inspiración solo hasta cierto punto...el otro 50% del trabajo es nuestro, que tenemos que hacer nuestra parte poniéndonos delante del ordenador, ordenando nuestras ideas y manteniendo vivas nuestras ganas.

No obstante y más allá de mis opiniones personales acerca del tema, me pareció bien bloquear a mi protagonista durante unos meses y dejarlo a merced de esta caprichosa señora, sumido en el despecho más profundo...Y esto no fue maldad sino ganas de regalarle una buena historia a mis lectores ;) de nuevo GRACIAS a los tres por seguirme cada semana.

Alicia dijo...

WOW! well done Gabriela! Has escrito el relato! Me encanta la forma en que has plasmado a "la voz" de la que habla Elizabeth Gilbert.
"Si quieres existir de verdad vuelve en otro momento, no ves que estoy conduciendo?"
Genial, felicidades!
Un abrazo con cariño,
Alicia