viernes, 15 de enero de 2010

Planes de Boda


Something old, something new,


Something borrowed, something blue.


 And a silver sixpence in your shoe.

(Rima victoriana)

Dicen los entendidos en costumbres y supersticiones nupciales que todas las novias deben cumplir con ciertos rituales para entrar con buen pie en la vida matrimonial. Cualquier mujer que se tome en serio las tradiciones debe tener en cuenta estos detalles y no olvidarlos en medio de la enorme lista de preocupaciones que implica organizar una boda en condiciones. Para Susana, las tradiciones eran un asunto serio y por eso no de dejó ninguna por fuera, aunque se requiera de muy buen ojo para poder apreciarlo y darse cuenta que a pesar de su rareza, la suya pudo ser una boda como cualquier otra, con su pareja de enamorados, su juez, su fotógrafo y su séquito de invitados conmovidos que se limpian las lágrimas de los ojos con un pañuelito cuando ven a la novia salir por la puerta convertida en una señora casada.

Algo Viejo

Es importante que durante la ceremonia la novia lleve encima un objeto con solera, que la haya acompañado durante muchos años. Esta prenda -que puede ser una joya o un complemento- simboliza la vida que se deja atrás y el valor que tiene el pasado en la creación de una nueva familia. Habla de la solidez que ofrecen las costumbres y en el caso concreto de Susana, lo viejo era su propia historia de amor y todos los recuerdos que la adornaban.

Lo suyo había sido tildado como una soberana locura por la mayoría de la gente que la rodeaba. “Pero hija…¿cómo puedes insistir en querer casarte con él? ¿no ves que eso es un disparate?” le decía su madre. “Alguien tendría que hacerte ver el error que estás cometiendo” insistía su mejor amiga. Pero Susana prestó oídos sordos a todos los comentarios que la señalaban como una demente y mantuvo el tipo, incluso cuando la mirada imprudente de alguna vecina cotilla la sorprendió en el portal de su edificio.

Estaba enamorada. Completa, absurda, ridícula, complicada y eternamente enamorada de su Jaime. Si los demás no lograban entenderlo a ella le daba igual. Había invertido mucha paciencia y tiempo -casi ocho años- esperando a que él decidiera dar el gran paso y no estaba dispuesta a que nada ni nadie la arruinase la ocasión: se casaría con él contra viento y marea, pasase lo que pasase, con o sin la aprobación de sus padres, amigos o familiares. En ciertos asuntos de la vida lo único que hace falta son ganas y ella tenía suficientes para cubrir la cuota de los dos.

Todavía recordaba la noche que Jaime le pidió que se casara con él. Fue un viernes de octubre, después de una fiesta de disfraces en la que ella se había vestido de viuda. Tras hacer el amor en el coche, como toca a las señoritas tradicionales de su casa que no tienen permiso para compartir la cama con nadie, él se había quedado en silencio mirándola mientras ella se acomodaba el vestido y se volvía a poner las medias.

-Te luce mucho el negro, Susana… -le dijo, mientras se le iluminaban los ojos en medio de la oscuridad del coche.

-¿Ah si? No me dirás que te pone el trajecito de viuda… -respondió ella, burlona.

-Pues sí, me gustas más cuando vas de negro. De hecho, el día que me entierren quiero que te vistas exactamente así, para que todo el mundo me envidie el pedazo de mujer que tuve -le contestó el, pasándole un dedo por la mejilla.

-Yo me visto con lo que tú quieras, pero si te mueres yo no sería tu viuda. Para eso nos tenemos que casar -le reprochó ella, besándole el mismo dedo que segundos antes había dibujado una estrella minúscula en su mejilla derecha.

-Si ese el problema lo arreglamos fácil. ¿Cuándo echamos la firma?

Susana siguió maniobrando para adecentar el vestido maltrecho y no hizo caso de la propuesta de su novio, creyéndola otra de sus bromas pesadas relacionadas con el matrimonio, institución por la que siempre había mostrado indiferencia y hasta cierto rechazo.

-Cuando tú digas Jaime. Nada más avísame un par de días antes, que quiero arreglarle el dobladillo al disfraz y comprarme un par de zapatos…Ya sabes cómo va esto: algo nuevo, algo viejo, algo prestado… -dijo, estirándose la falda, sin mirarlo.

-Te estoy hablando en serio Susana ¿Cuándo echamos la firma? -insistió él con una seriedad nueva en la voz.

Entonces ella detuvo las labores de acicalamiento. El tono de esa última pregunta la había pillado desprevenida.

-De verdad me estás pidiendo que me case contigo? -quiso saber, intentando disimular los nervios que empezaban a atacarla.

-Sí -respondió él, sin vacilar.

-¿Y qué tal si te digo que no? -se aventuró ella una última vez, en tono de presunta broma.

-Pues nada. Sólo que tú te lo pierdes…

Pero claro que aceptó. Aceptó con la palabra, pronunciando un “sí” sonoro y rotundo que a punto estuvo de despertar a los vecinos. Y selló el pacto -aún sin creérselo- con otra sesión de abrazos furtivos dentro del coche, en la que volvió a desordenársele el pelo y sus medias sufrieron el último y definitivo embate que las condenó a una muerte feliz de rasgaduras cariñosas.

Algo Nuevo

La creencia popular también establece que las novias luzcan algo nuevo el día de la boda. Ha de ser algo importante y visible, comprado especialmente para la ocasión, y representa los buenos augurios para la nueva vida que está a punto de comenzar.

Un par de días después del episodio del coche, Susana y Jaime fueron a pedir fecha en el ayuntamiento y ella en concreto se llevó un disgusto tremendo cuando les dijeron que no había cupo para casarlos hasta noviembre del año siguiente.

-Deja el drama Susana. Si nos toca dentro de un año pues nada, esperamos un año…¿qué prisa tienes? -la consoló él.

-Ninguna. Lo único que me da miedo es que te arrepientas antes.

-Por eso no te preocupes. Ni muerto dejo de casarme contigo… -se rió él.

-¿Tanto me quieres?

-Sí. Y tanto te conozco. Como se me ocurra echarme para atrás, me matas…

-Pues en eso tienes toda la razón -concluyó ella, resignándose a matar el tiempo que faltaba dedicándose a los preparativos.

Sin embargo, poco podía hacer para entretenerse. Jaime había insistido en que no quería una fiesta con 200 invitados, ni orquesta, ni iglesia, invitaciones impresas en papel bueno o lista de regalos. No quería nada de lo que normalmente se hace en estas ocasiones y Susana -que llevaba toda la vida imaginando el día de su boda- se transó en todo, menos en el vestido blanco.

-Quiero ir vestida de novia, Jaime

-¿Por qué? No entiendo esa obsesión que tienen la mujeres con vestirse de novia…¿No te parece un desperdicio de dinero y tela? Un vestido carísimo que no te vas a poner más nunca. Además, ya te he dicho que me gusta más cómo te luce el negro…

-Ya. Pero yo no me pienso casar vestida de viuda. Voy de blanco, con velo y un ramo de flores. Es eso o no me caso.

-Haz lo que quieras Susana, pero a mi no me vistes de pingüino ni de coña. Advertida quedas.

-No contaba con ello, pero al menos tendrás la decencia de ponerte una camisa, ¿no?

-Ya veremos… -le dijo él guiñándole un ojo.

Libre de tener que pensar en otros detalles de la ceremonia o el banquete, Susana se dedicó a elegir su vestido de novia con mucho cuidado. Visitó decenas de tiendas y se probó todos los modelos que le ofrecían las dependientas…Un día quería vestirse de princesa, con un traje de seda blanca y luminosa y al siguiente prefería un vestido de noche color marfil, ceñido y escotado. Jugó a la novia atrevida, a la prometida casta, a la señorita clásica y a la mujer fatal. Se hizo pruebas de maquillaje y peinado con cinco o seis peluqueras diferentes y memorizó todas las fotografías que vio en las cientos de revistas de moda nupcial que había comprado. Aquel traje era lo único que había sobrevivido de su antiguo sueño de casarse como en las películas, con una cola de tul de varios metros cerrando su paso hacia el altar mayor de la catedral, y un cortejo de amigas y niños precediendo su entrada. Llevaba mucho tiempo planificando en secreto aquel día: la fiesta, las alianzas, la tarta, las flores, los regalos. Y Jaime sólo le había dejado el vestido. Así que éste tenía que ser nuevo y perfecto, como la vida de señora casada que esperaba empezar a llevar desde el mismo momento en que estampase su firma delante del juez.

Algo prestado

Finalmente, la tradición dice que las novias deben completar su vestuario con algo prestado. Normalmente es una prenda que pertenece a la familia del novio y se supone que debe ser devuelta después de la ceremonia, pero en algunos países la costumbre va un paso más allá y está bien visto que la novia “tome prestado” algo en las horas previas a la ceremonia. No es extraño entonces verla lucir algún detalle hurtado -una horquilla, un broche- que la convierte en una transgresora de la ley durante algunos minutos, los que tarde en perdonarla el afectado por el robo, que casi siempre es un familiar o amigo muy cercano.

La mañana de noviembre señalada un año antes había llegado y ni Jaime ni su camisa estaban presentes. Pero no debido a las causas por las que todo el mundo hubiese apostado en estos casos (cuernos o cobardía de última hora) sino porque tres meses antes tuvo la mala idea de coger la moto para irse a la playa con los amigos en lo que se suponía iba a ser su última escapada antes de perder la soltería.

En una curva de carretera mucho más pronunciada que las que acostumbraba a explorar en el cuerpo de Susana, el presunto futuro esposo y padre de sus hijos había entregado la vida sin mayores trámites -instantáneamente, según explicaron después los forenses- dejándola perdida en un laberinto de recuerdos y sueños rotos del que no tenía ganas de salir. Sólo hizo una excepción el día de la boda, cuando rompió su encierro para vestirse de novia y casarse con Jaime, sin Jaime.

No había sido sencillo y le había costado muchas horas de trámites, gestiones y documentos. Pero finalmente la ley le dio la razón y le concedió un día de tregua a Susana para cumplir su deseo. Con su traje nuevo color marfil, su velo de encaje y un ramo de rosas blancas y rojas en la mano, se sentó delante del juez acompañada de una foto enmarcada de Jaime, colocada en la silla que estaba justo a su lado. Cuando llegó el momento de intercambiar las alianzas, Susana se puso la suya con un solo gesto y acto seguido colgó la de él en una finísima cadena de plata que llevaba alrededor del cuello. Firmó lo que hizo falta, esquivando la mirada de lástima del juez, y se fue con sus dos anillos y su recién estrenado libro de familia a tomar un café y sumirse una vez más en los recuerdos de otros días, menos señalados, en los que aún tenía el abrazo perfecto de Jaime para protegerla del frío.

Pocos la acompañaron en aquel ritual extraño que nadie se atrevía a llamar boda. Pero a ella no le importaba. Aquel tendría que haber sido el día más feliz de su vida y en cierta forma lo era: se estaba convirtiendo en la esposa del hombre que amaba y hasta le había dado el gusto de no montar una fiesta estrepitosa en la que él no habría estado a gusto. “Al final te saliste con la tuya y me casé de viuda…” le susurró a la nada. “Pero te dije que yo de negro no me iba a vestir. Así que quedamos tablas”-remató. Sólo en ese momento se dio cuenta del espectáculo extraño que estaba dando, vestida de novia y hablando sola, con el velo entre las manos y el ramo puesto sobre la mesa al lado de su bolso azul de piel.

“Vámonos Susana” -se dijo a si misma. Pagó el café, se puso el abrigo y se miró en el reflejo de la puerta acristalada antes de abrirla para marcharse. Ya estaba casada. Había tenido su boda con algo viejo, algo nuevo y también con algo prestado: su vida, que ahora no era más que una sucesión de días hasta que llegase la fecha en que la muerte -finalmente- los declarase unidos para siempre.



Este relato pertenece (una vez más...) a los puñeteros ejercicios en clase. Esta vez me tocó escribir una historia a partir de una noticia publicada en la prensa. Creo recordar que fue a mediados de noviembre y no se me ocurrió mejor idea que elegir la historia de la chica francesa que se casó post mortem (que me imagino todos conocéis). Inicialmente, mi idea era darle un giro irónico y centrarme en la obsesión por el matrimonio que tienen algunas mujeres (de allí el nombre que le puse a la protagonista) pero pronto la narración se me escapó de las manos y no pude evitar cerrar una historia triste como pocas, en la que lo peor es saber que está basada en un hecho trágicamente real. Por lo mismo no quise leerla en clase. De hecho, me lo he pensado mucho antes de subirlo al blog, pero es el único relato que me quedaba sin publicar de los que escribí el año pasado, así que nada...aquí lo tenéis. Sé que los giros son lacrimosos, pero es cuando me tropiezo con historias como esta que recuerdo la frase de Isabel Allende: el problema con la ficción es que debe ser creíble, la realidad rara vez lo es.

4 comentarios:

Jesús dijo...

Querida Gaby!
Me ha sido imposible contener las lágrimas con este relato y quizás porque empiezo a conocer tu forma de escribir creía en ese giro irónico y socarrón que te permite esbozar una sonrisa. Sin embargo, vuelves a sorprenderme.
Por cierto, no conocía la historia, de verdad una mujer hizo eso???
Sigue adelante con tus escritos, es mi droga semanal y me muero por tener más.

La brujita naranja

G dijo...

¡Muchas gracias Isa!... Sí, una chica francesa se casó exactamente cómo lo describo en el relato. Fue una noticia que salió en los medios a mitad de noviembre y a mí la verdad me impactó mucho.

Además, me pasó algo muy curioso y es que yo escribí inspirada por una nota breve que leí al respecto en un diario online. Días después, cuando ya tenía el relato terminado, vi un video de la noticia y me quedé sorprendida al ver que Susana y la protagonista real compartían algunos de los detalles que yo me había inventado (el color del ramo -que en el lenguaje de las flores significa "duelo"- o incluso el gesto de ponerse el anillo del novio en una cadena alrededor del cuello). Fue un ejercicio que me costó mucho y quizás en el futuro retome la historia para reescribirla...De todas maneras, es bueno saber que te ha gustado y sobre todo que te ha emocionado. ¡Siempre es un regalo saber que te pasas por aquí!

Sonia dijo...

Hola Gabriela,

La verdad es que se me han puesto los pelillos de punta. No me esperaba en absoluto el giro final y me he quedado de piedra.
El tono que utilizas durante todo el relato me parece muy acertado. Era muy fácil caer en un dramatismo fácil y en cambio has utilizado un tono neutro, has narrado la muerte del novio casi como una anécdota más, y creo que ahí radica la fuerza, consigues conmocionar al lector, que no se lo espera en absoluto. Caracterizas a la protagonista muy bien, mostrando sin decir apenas nada. Vamos, que me ha encantado. Enhorabuena.
Ah! Yo tampoco conocía la historia, y me ha parecido tristísima.

Joan Villora dijo...

Si existe la ley es por que se usa, han existido (y por lo visto siguen existiendo) bodas así, sobre todo cuando la novia despedía a su soldado y este no volvía, sin decir nada de embarazos y honras, claro.

Está bien el ejercicio y el uso de la rima victoriana para darle estructura.

Joan