viernes, 29 de enero de 2010

Libres de Pecado

Una mezcolanza de voces masculinas sirve de banda sonora para el baile de manos que gesticulan airadas y proyectan un desfile de sombras en la tierra recién removida. Aunque no entiende lo que dicen, el veterano camarógrafo de guerra percibe claramente el olor inequívoco del odio que se extiende por todo el lugar, envolviéndolo como una telaraña invisible. Suspira mientras ajusta el lente de su instrumento de trabajo y busca la mejor posición para enfocar al grupo. Mira el reloj que tiene en la muñeca y espera.

Sus ojos negros vuelven al visor y -zoom mediante- captan el primer plano de un agujero en la tierra donde está semienterrado un bulto alargado, cubierto por un saco mugroso. Sabe que allí está la razón que los ha reunido a todos hoy en ese lugar. Con los músculos en tensión mientras enfoca el agujero, el periodista no registra el gesto que hace uno de los hombres para dar inicio al ritual de aquella tarde. Sorprendido, maldice mentalmente su despiste y retoma la compostura mientras graba como puede el movimiento brusco de las manos; las mismas manos que antes hablaban furiosas en un lenguaje indescifrable y que ahora empuñan piedras y comienzan a lanzarlas con fuerza hacia el bulto

Como una lluvia absurda que cae del cielo por equivocación de la naturaleza, las rocas se estrellan contra el saco sucio que poco a poco se va tiñendo de rojo mientras se balancea torpemente, indefenso ante el castigo de las piedras. A los pocos minutos la improvisada tormenta cesa y el fardo se queda inmóvil y silencioso.

El reportero apaga la cámara y se seca el sudor que le cae por la frente hasta llegar a los ojos. Los cierra y se los frota brevemente para aliviar aquel maldito escozor que tan bien conoce. Cuenta hasta cinco e intenta respirar despacio mientras piensa en los titulares de su exclusiva, que debe enviar dentro de dos horas como muy tarde si quiere que la emitan en el telediario de la noche. Abre los ojos y se pone las gafas de sol antes de alejarse sin mirar atrás. Su trabajo aquí está hecho.

2 comentarios:

Jesús dijo...

Como siempre me vuelves a sorprender. Esta vez es por la dureza y quizás aparentemente falta de sentimientos. Sin embargo a un lector con lupa no se le escapa qué es lo que el fotógrafo está registrando ni tampoco que tras sus gafas de sol se esconden esos sentimientos encontrados. Acaba de presenciar un acto cruel pero no puede aparecer ningún atisbo de sentimientos que delaten cuál es su posición.
De nuevo, enhorabuena. Pues sorprendes, sorprendes y sorprendes...
Un beso,

Isabel María

G dijo...

¡Gracias Isa! Exactamente eso quise reflejar con el relato..el cómo las exigencias de su oficio le van deformando las reacciones al protagonista hasta hacerlo parecer un insensible, incapaz de conmoverse incluso ante la crueldad más evidente.

La idea surgió a raíz de una historia que leí sobre un famoso y premiadísimo fotoperiodista sudafricano que fue capaz de esperar horas a que un buitre se acercara al cuerpo desnutrido de una niña en Sudán. No se marchó hasta que obtuvo el cuadro perfecto para su foto (aunque después de hacerla pasó varias horas llorando y fumando) y esa imagen le valió muchos reconocimientos. Sin embargo, poco después de publicarla se suicidó, víctima de cargar en su memoria todos los horrores que había fotografiado.

No deja de ser sorprendente la "plasticidad" que tiene el alma humana cuando le toca enfrentarse a dualidades tan extremas como esta...