viernes, 22 de enero de 2010

El Cajón Negro


Los cuarenta lo pillaron todavía guapo, hipotecado y con la soltería intacta. Había firmado aquel papel dos años antes, en un intento por adquirir algo de la madurez que se suponía tenía que llegar con la cuarta década, pero de momento ésta virtud no había dado señales de vida, mucho menos se había dignado a visitarlo en su nuevo y estupendo ático con terraza.

Aquellas paredes inmaculadamente blancas eran la primera inversión seria de tiempo y dinero que había hecho en su vida. Con la ayuda de un arquitecto catalán de cierto prestigio y un préstamo repartido a partes iguales entre sus padres y el banco, tiró todo abajo y empezó a levantar el piso desde cero. Había comprado un agujero oscuro con olor a rancio que en su buena época había sido usado como trastero. Estaba enclavado en la calle principal de un barrio lleno de jubilados aburridos que daban de comer a las palomas y parejas más jóvenes que él que paseaban niños y perros. Aquel no parecía ser su sitio, pero la conveniencia del precio y la cantidad de metros cuadrados disponibles en el piso le habían hecho decidirse a trabajar duro hasta convertirlo en un diamante reluciente que le permitiera aislarse de aquel vecindario gris, en el que no habían bares y las tiendas cerraban a las ocho de la noche.

El consejo cariñoso de Cristina, su amiga interiorista, le hizo eliminar puertas y abrir claraboyas. El ojo clínico de Lola, su novia, le ayudó a inventar armarios y organizar el espacio. María, la amiga experta en moda, le asesoró en la elección de colores y maderas… Perdido entre tanta falda entusiasta que participaba en la construcción de aquel castillo de soltero, el arquitecto catalán tenía que hacer auténticas florituras para hacer destacar sus ideas, y fue así como lo convenció para dejar el fruto de años de ahorro en una ventana alemana fabricada por artesanos, que debido a su tamaño tuvo que ser transportada en una sola pieza hasta Barcelona por carretera. Tras varias semanas de retraso, la obra maestra de ebanistas bávaros hizo su entrada triunfal en la ciudad dentro de un camión de dimensiones antológicas que requirió un permiso especial de circulación. Y ahora aquel armatoste de madera y vidrio reinaba silencioso y transparente en el salón recién estrenado, rodeado de dos hileras de estanterías en donde descansaban los amados libros de su orgulloso dueño -casi todos ediciones especiales o ejemplares firmados por los autores- y un Bang & Olufsen de última generación con aspecto de nave espacial, que apenas usaba.

Salpicando el homenaje al blanco y negro propuesto por el catalán, se veían los recuerdos coloridos de algunos de sus viajes: vasos de vidrio pintado que relucían como joyas (de cuando fue a México con Lola), un par de grabados de un joven artista francés (adquiridos en su escapada más reciente a París, con María), dos pequeñas esculturas de madera talladas a mano (recuerdos de los dos veranos que había ido a Tailandia, primero con Lola…luego con Anna) y una foto suya a contraluz, posando solitario en la cubierta de un velero con un mar azul y reluciente de fondo (se la había hecho Cristina hace un par de años, en pleno Caribe colombiano).

Aunque se había dejado seducir por casi todas las sugerencias de sus amigas y del arquitecto, había algo que era idea suya y en lo que no había cedido a pesar de los incontables argumentos en contra: quería la cocina en el centro de la casa. Tras muchos cálculos, discusiones, innumerables reuniones y varios dolores de cabeza finalmente lo había conseguido y su cocina, olorosa a curry, chile y sofrito, era el eje visible de su hogar, con una colección memorable de electrodomésticos de diseño y una mesa enorme de madera noble que había comprado soñando con la infinidad de cenas y fiestas que organizaría; algunas -muchas, en realidad- como preámbulo para veladas más privadas que tenían lugar al otro lado pasillo, en su habitación.

De líneas simples y pocos muebles, su cuarto tenía un futón doble en el centro y estaba flanqueado por dos mesitas japonesas. Las paredes -blancas y desnudas, al igual que el resto del inmueble- acunaban una única lámpara de papel colgada del techo. Y nada más. Por no tener, en su habitación no había ni armario. Mermadas sus finanzas después de invertir en todos los caprichos del salón y la cocina, había tenido que tirar de imaginación para equipar con poco dinero la parte de la casa destinada sólo para él. Por eso hizo caso a Anna, que era estudiante, y decidido instalar una estructura de tubos y tablas de cierta cadena sueca que dejaba toda su ropa y zapatos a la vista. Ordenados como pájaros oscuros colgaban sus americanas, sus incontables jerséis y sus pocas camisas. Negro, gris, azul… Negro, gris, azul… Y en las baldas se veían sus camisetas, vaqueros y pantalones doblados con esmero, lo que le daba al espacio un cierto aire de tienda, como si toda aquella ropa masculina solo estuviera en exhibición, esperando dueño.

Justo al lado de los zapatos había colocado una pequeña cómoda negra con tres cajones que pasaba casi desapercibida y para cuya elección y posterior ubicación no había pedido consejo ni orientación a nadie. En principio, aquel mueble insignificante estaba destinado únicamente a contener calcetines y ropa interior. Pero dentro del segundo cajón se ocultaba un pequeño cementerio secreto de objetos que formaban parte de su colección más preciada: un variado muestrario de cepillos dentales de diferentes colores, horquillas en las que aún podían verse enredados tres o cuatro finísimos cabellos (rubios y ondulados en una, morenos y lisos en la otra), un arco iris de lápices labiales a medio utilizar, sujetadores y bragas de distintas tallas, un tarro lleno de pendientes sin pareja, varios juegos de llaves huérfanas que abrían las puertas de dos o tres pisos diferentes…

Todo el orden zen, el diseño catalán de vanguardia y el ambiente sofisticado del piso acababan en el caos de aquel cajón. Las huellas que iban dejando las incontables princesas que frecuentaban su reino convivían revueltas dentro de la cómoda sin que sus dueñas lo supieran. Lola, Anna, María, Cristina, Alejandra. Un largo desfile de mujeres que aunque se intuían entre ellas, jamás se habían cruzado más allá de aquella improvisada ‘zona cero’ en las que él se permitía juntarlas a través de sus pertenencias.

Aquella era su caja negra particular, poblada de nombres que tenían un olor y un tacto precisos en el armario de sus afectos. Allí se mezclaban sin dramas su novia, su amante y sus amigas en la orgía improbable que quizás le hubiese gustado protagonizar con ellas en la vida real. Era un retrato del universo femenino casi infinito que lo rodeaba y que sin embargo era incapaz de quitarle aquel sabor esquivo a metal -tan parecido al miedo- que se le metía algunas veces en la boca, esa taquicardia ocasional que lo asaltaba cada vez que despertaba arropado por la nada, y sobre todo, no podía tapar aquel tufillo a soledad podrida que se colaba por debajo de los botes de sus especias exóticas, de sus varillas de incienso importado y el olor a nuevo de sus muebles de firma.



Esto lo encontré revisando las carpetas viejas. Fue el segundo relato que leí en clases hace casi un año y se trataba de un ejercicio de descripción de personaje a través de su espacio (el famoso "veamos qué hay dentro del armario para saber cosas acerca de su dueño")

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