lunes, 21 de diciembre de 2009

La Cita de los Jueves


“On the silverscreen

He melts my foolish heart in every single scene”.

‘Mad about the Boy’. Dinah Washington

Era una estupidez, pero Marina estaba loca por él. Vivía para cada cita de los jueves, cuando encontraba la llave cómplice debajo de la alfombrilla de la puerta, como un guiño privado sólo para ella, única poseedora de aquel secreto jubiloso que le permitía abrir las puertas de su casa y adentrarse en su mundo como pocas mujeres podían hacerlo.

Cada semana, Marina abría la pesada puerta de madera con cuidado de no hacer ruido, por si él aún estaba durmiendo. Perfumada, con el pelo arreglado y “una pinturita” en los labios, como ella decía, hacía girar la llave y entraba. Se pasaba horas anticipando miles de versiones para aquel encuentro semanal... lo que él le diría, cómo se iluminarían sus ojos al verla, cómo tomaría su abrigo para colgarlo en el armario de la entrada. Pasaba noches enteras alucinada, con el corazón en la boca, pensando en la forma en la que él le diría “te esperaba”, con sus ojos oscuros de cuarto menguante que la habían enamorado la primera vez que los vio, hace exactamente tres años, el mismo día que llegó a Barcelona.

Mientras se descalzaba con cuidado y sumaba sus zapatillas a la fila de zapatos masculinos alineados al lado del armario, Marina recordaba aquel día de principios de octubre, cuando intentó atenuar el pánico de encontrarse sola en una ciudad nueva comprando una entrada en el primer cine que se encontró en el que ahora iba a ser su barrio. Tenía el dinero contado para empezar su vida otra vez después de divorciarse de Andrés, pero la realidad minúscula de la habitación de alquiler que se había convertido en su hogar se le hacía insufrible, así que cogió un billete de diez euros y salió a caminar: En España todos los barrios tenían un cine y este no iba a ser la excepción.

Encontró uno en una callejuela escondida detrás del mercado. Era de esos que dan las películas en versión original con subtítulos, para los que Marina no tenía ánimo, así que compró una entrada para la única que estaba rodada en español. Y fue allí, en la soledad de la función de las cuatro de la tarde de un martes de otoño, cuando él la miró por primera vez desde la pantalla y nunca más la dejó dormir en paz.

Aquel no era un hombre grande ni excesivamente famoso. Tenía un papel secundario con muy pocas líneas y además hacía de extranjero. De extranjero puteado, para más señas, pero puteado feliz porque estaba enamorado y eso por lo visto le daba rumbo. Fue aquello lo que enganchó a Marina. Encontrarse con alguien que también fue capaz de cruzar el mundo por amor y aguantar en su nombre todas las dificultades de esta mierda de vida de inmigrante pobre. El hombre de la peli no padecía síndrome de Ulises, ni lloraba cada domingo en el locutorio hablando con su familia, ni contaba el dinero para ver cómo pagaba el alquiler de la habitación o compraba el T10. Aquel era un inmigrante feliz, enamorado, al que las putadas le daban risa y que finalmente no sólo consigue un trabajo fijo, sino que la gente le coja cariño. En cambio, la historia de Marina no había sido tan maravillosa.

Su amor, el que la hizo dejar su trabajo y su casa para irse a Madrid, resultó ser un fiasco con el que la vida se hacía irrespirable. Había tenido que abandonarlo. La tarde que se marchó de casa se llevó la maleta y la mitad del dinero que había en la cuenta conjunta. Con la otra mitad pagó un abogado en Caracas para que tramitara el divorcio y compró un billete de tren a Barcelona.

Y en Barcelona seguía ahora: descalza y con los labios pintados de rojo, escuchando atentamente ante la puerta del pasillo para ver si captaba algún sonido que le indicara que él, su protagonista, estaba en casa. Pero no hubo suerte. Del otro lado de la estancia sólo la esperaba una inmensa mancha de sol sobre el suelo de madera y un silencio que se derramaba hacia dentro, como la soledad de Marina, que una vez más se encontraba con otro jueves de ausencia. Él no estaba.

A pesar de saber que ella vendría, él había faltado a la cita. “Será un cambio en el horario del rodaje, cosas de última hora” se dijo a sí misma mientras caminaba hacia el baño. “Es que el pobre trabaja tanto...” lo justificó, mirándose en el espejo. Sonrió al recordar lo que le había dicho por teléfono la semana pasada, cuando ella le había llamado para confirmar que estaría allí hoy:

—Supe que estuviste aquí ayer, Marina. Disculpa el desorden que llevo últimamente... La película tiene unos horarios de loco y apenas me da tiempo a pasar por casa. Prometo compensarte la semana que viene…

—No te preocupes... No pasa nada… ¿Cómo supiste que había pasado por allí?

—Bueno, era jueves. Y además, siempre que vienes el olor de la casa cambia… No hay como abrir la puerta después de rodar catorce horas y encontrar mi olor favorito…

Su olor favorito, nada más y nada menos. De verlo en la pantalla del cine a visitarlo semanalmente y hacer que él la reconociera por la fragancia que dejaba al pasar. Marina se ruborizó al pensarlo... Los hilos de la casualidad habían hecho que hace unos meses alguien le pasara su número al actor y poco después habían empezado a encadenar una cita detrás de la otra, en una larga fila de jueves emocionados que ella marcaba con una gran equis roja en el calendario de su mesita.

Todavía sonriendo al recordar aquello, Marina dio tres pasos de baile hasta el salón y abrió las ventanas para que entrara el aire. Hizo lo mismo en la habitación y quitó las sábanas de la cama que él había dejado sin hacer. Volvió al baño, se puso la bata de cada jueves y abrió la llave de la bañera. Pensaba en cómo su soledad de siempre se disolvía durante las tres horas benditas que pasaba en aquel piso.

Cogió un cubo del armario y lo llenó con el agua que salía de la llave. Luego vertió dos tapones del contenido de un bote azul que también guardaba en el armario, junto a otros envases plásticos con rociadores y un par de guantes amarillos de goma.

Allí estaba el secreto del olor que tanto le gustaba a su protagonista ausente. El olor que sólo Marina era capaz de entregarle: el olor a limpio. El que siempre respiraba complacido cuando volvía a casa y agradecía con un billete de veinte y uno de diez dentro de un sobre blanco y dedicado en la encimera de la cocina: “Gracias Marina”.

“Un jueves de estos estarás en casa y por fin nos veremos”, dijo ella en voz alta. Cogió la fregona y comenzó a limpiar el suelo. “Un jueves de estos...”

2 comentarios:

Sonia dijo...

Hola Gabriela,

Me parece un relato precioso, que te lleva de la mano desde el principio hasta un final sorprendente.
Merecía estar en la antología sin ninguna duda. Felicidades.

G dijo...

Gracias Sonia...llevo varios días medio offline y no había visto tu mensaje. Qué bueno saber que te ha gustado. ¡Un abrazo!