viernes, 4 de diciembre de 2009

La Chica de Oro


Para muchos, mi historia tendría que haber aparecido en la sección de sucesos del periódico. Las vueltas que ha dado mi vida en los últimos meses son dignas de un desenlace de novela negra, con un crimen pasional bien montado con su correspondiente cadáver descuartizado y hecho en la barbacoa o pudriéndose sin remedio en algún sótano secreto. Esto tendría que ir de celos, de intriga, de mujeres heridas buscando venganza. Pero no es así.

La aventura de esta heredera de oro no pretende ser original. Tengo un destino más bien vulgar y un conflicto vital tan visto, que temo que estas páginas terminen por despedir un tufillo a culebrón vespertino.

Lo siento si esperaban a un detective astuto y con mala leche o mejor aún, a un sobrino cuarentón y desesperado que observa como la diosa Fortuna lo mira torcido y luego le da la espalda. En lugar de eso, me tienen a mí. Me llamo Rebeca y acabo de cumplir treinta y cinco años. No soy una villana sin corazón, ni tampoco una criada mosquita muerta. Soy la sobrina de doña Esther Morales Sánchez y desde que tengo memoria me estoy preparando para ser su única heredera, posición que espero defender y mantener a pesar de su reciente boda con Rubén Méndez, su flamantísimo y joven esposo quien, por esas cosas de la vida, resulta que también es mi amante.

Pero empecemos por el principio. Desde siempre supe que todo lo de la tía Esther era también mío. Por lo mismo vivía con ella y me dediqué durante años a ayudarla a decorar su casa, elegir sus obras de arte o a seleccionar sus joyas. En el fondo, he estado barriendo para casa, dejando desde siempre mi huella en lo que eventualmente se convertiría en mis pisos, mis cuadros y mis esmeraldas. Nunca me sentí mala persona por estar consciente de mi papel estelar en la existencia de esta mujer que, teóricamente, había renunciado a las delicias de la vida conyugal y la maternidad para dedicase en cuerpo y alma a hacer crecer los negocios de la familia paterna. Puede que para muchos yo sea un pajarraco carroñero, sobrevolando eternamente la cabeza de la tía Esther a la espera de verla partir al otro mundo para, finalmente, poder disfrutar de esa “pequeña” fortuna de seis esplendorosos ceros capaces de abrir muchas puertas, incluso la de la felicidad. Pueden pensarlo sí, pero a mí me da igual. Yo a mi tía la quiero mucho. Muchísimo. Tanto, que incluso comparto con ella el hombre con el que me voy a la cama.

Terminamos metidas en este triángulo hará cosa de seis o siete meses, cuando yo –por buena sobrina que soy- le regalé a la tía un cachorro de Westie para ayudarla a superar la muerte de su perro anterior, un viejo Cocker color miel llamado Alex, que la acompañó a cada sitio durante los últimos once años.

A ella le hizo gracia el perrillo blanco con ojitos negros y brillantes como guijarros. Me dio un abrazo y agradeció mi regalo destapando un botella de whiskey y sirviendo dos tragos en vaso corto. “Tienes razón, Rebeca. El Alex era muy majo, pero no puedo seguir añorándolo el resto de mi vida. Imagínate, ¡vieja y de paso loca recordando a un perro muerto!” -me dijo riendo. “La verdad es que me gusta este cachorro, es enérgico y paticorto, como yo… Además, cualquier animal que aparezca en la etiqueta de una botella de whiskey tiene mi simpatía garantizada” -sentenció, mientras acariciaba distraídamente al chucho, al que terminó llamando Aquiles, como el héroe de La Iliada.

La llegada de Aquiles marcó una serie de nuevas rutinas en la vida de mi tía, que experimentó una especie de segunda juventud al hacerse cargo del cachorro. Lo llevaba al veterinario y a la peluquería. A su despacho y al club de campo. Salían a dar largos paseos por los alrededores de casa, a los que yo me unía de vez en cuando. Durante una de esas tardes perezosas lanzándole una pelota de goma a Aquiles para que la trajera de regreso, coincidimos con un hombre joven, moreno y con olor a ducha reciente que también tenía un Westie. Nos dijo que él y su mascota se llamaban Rubén y Angus, respectivamente. Poco podía imaginar yo cuando intercambié mi nombre con el de aquel desconocido que tenía delante de mí a una auténtica amenaza para mi carrera de heredera consagrada.

Resulta que las dos nos encaprichamos por el tal Rubén. A mi tía por lo visto la conquistó su actitud de guerrero joven y guapo. Rubén era licenciado en empresariales y tenía muchas ganas de triunfar en el mundo de los negocios. Era un emprendedor sin capital para invertir, pero con “grandes y buenas ideas”, según explicó mi tía después. Me consta que para ella una personalidad un tanto agresiva y aparentemente desprejuiciada como la de él era una golosina irresistible, el pupilo perfecto. Lo que no esperé es que se fuera a enamorar, sobre todo si consideramos los más de treinta años de diferencia que los separan… Por mi parte, tengo que decir que mis razones para engancharme por él fueron mucho menos filosóficas. Soy una mujer observadora y un día mientras jugábamos con Aquiles y Angus me dediqué a mirar las manos de Rubén con atención: eran perfectas. Ni muy grandes ni muy pequeñas, con dedos finos rematados por unas uñas pulidas y redondas. No pude evitar pensar en todo el mundo de posibilidades que ofrecían aquellas manos y la de cosas que podrían hacer. Así que un par de tardes después empecé a mirar a Rubén con otros ojos y a ponerme mis faldas más cortas para ir a pasear el perro. Tan empeñada estaba en intentar seducirlo, que no me di cuenta que mi tía estaba exactamente por la misma labor que yo.

Pero no nos extendamos demasiado en esta parte. Cualquiera de ustedes que se haya enamorada alguna vez sabrá que el ritual de atraer y conquistar a una persona es un proceso adictivo, en el que se pierde la noción del espacio y el tiempo transcurre a una velocidad irreal. Puedo recordar todas y cada una de las veces en las que sentí que Rubén me seguía el juego. La tarde que me pidió el teléfono. La primera vez que me llamó para pedirme quedar a solas, sin mascotas ni familia. El momento exacto en el que pude comprobar cuanta razón había tenido al imaginar el potencial de sus manos. Puedo dar cuenta detallada de todo esto y más, pero debo decir con sinceridad que no recuerdo ni un solo gesto que me haya podido insinuar lo que estaba pasando entre él y mi tía. Yo iba feliz, con la sonrisa del gato que se comió al canario, pensando en mis amoríos, sin darme cuenta que la mujer sesentona que caminaba conmigo también tenía una sonrisa extraña y se excusaba con frecuencia para acudir a citas de negocios que se extendían hasta la madrugada.

Pudimos haber seguido las dos en el limbo, de no ser porque la tía tropezó un día con la historia de la mujer de Stieg Larsson en la prensa. Furiosa, se preguntaba cómo era posible que aquella pobre infeliz no tuviera derecho ni a una sola corona de la inmensa fortuna generada por el escritor después de morir.

-Porque nunca se casaron ni tuvieron hijos, tía…En esos casos, hereda la familia directa -le dije mordisqueando mis tostadas del desayuno.

-¿Pero Rebeca, a ti te parece lógico? Esa mujer lleva media vida enamorada de un hombre con el que lo compartió todo menos una firma en el juzgado. ¿Y resulta que él muere y ella no tiene derecho a nada por culpa de un miserable papel? ¡yo creo que la persona que amas tiene todo el derecho moral a quedarse con lo tuyo! ¡al menos con una parte! -señaló con indignación.

-Pues por lo visto no funciona así tía Esther. Si no hay vinculación legal, el dinero se reparte entre los parientes consanguíneos...hijos, sobrinos, nietos…Pero bueno ¡a ti qué más te da…! Si ni siquiera llegaste a la mitad del primer libro -le respondí con una sonrisita, mientras pensaba en mi encuentro de esa noche con Rubén. No podía esperar a ver lo qué harían sus manos cuando descubrieran el sujetador de encaje negro que me acababa de comprar… Por eso, no vi la cara de preocupación que se le quedó a la tía ni supe intuir lo que pasaría poco después.

Una semana más tarde la tía Esther me pidió que la acompañara a la peluquería y luego a comer. Se cambió el color del cabello y para mi sorpresa, pidió que le pintaran las uñas de rojo. Rió sin parar desde que salimos de casa y bromeó con todo el personal de la peluquería, que pululaba encantado a su alrededor, sin duda esperando una propina.

A la hora de comer, pidió una botella de cava y cuando tuvimos nuestras copas servidas me tomó de la manos y me lo espetó con una carcajada de colegiala nerviosa:“Rebeca hija mía…¡ME CASO!”

Me quedé sin habla, con las burbujas del cava subiendo a toda velocidad por mi cabeza mientras me empezaba a arder la cara. ¿Se casaba la tía Esther?, ¿doña Esther Morales Sánchez, la que en su momento desafió a sus padres y a quien tocara defendiendo su soltería en un mundo en el que se supone que las mujeres nacen solo para tener marido? ¿la del discurso anti-matrimonio, anti-hijos y anti cualquier cosa que oliera a boda, compromisos, alianzas o vestidos blancos? Y sí, también pensé lo obvio: Si la tía se casaba ¿yo seguía siendo su heredera universal?...”Tiene que tratarse de un error ¡tía Esther empieza a estar senil! Me cago en los hombres que no legaban a sus mujeres y sus dos jodidas secuelas” -me dije a mi misma intentando retomar la compostura dándole un abrazo a mi tía para felicitarla. Pero no. Ni sueños pirotécnicos con bidones de gasolina, ni reinas heladas en un palacio de corrientes de aire. El auténtico culpable de todo aquel disparate estaba a punto de asomar su cabeza morena por la puerta del restaurante y no era un escritor sueco con gloria póstuma. Venía armado con un ramo de rosas rojas y una sonrisa beatifica, de quien nunca ha partido un plato. Era el condenado hijo de la gran puta del Rubén.

Recuerdo que sufrí un ataque de risa que me fue muy bien para disimular las ganas de ponerme a chillar como una loca y coger una de las pesadas sillas de madera para estampársela por la cabeza al futuro marido de mi tía. Hasta aquel momento no me había dado cuenta de lo enganchada que estaba por él, y verme metida en semejante despropósito me daba risa. Reí sin parar hasta que empecé a toser y perder el aliento, que solo pude recuperar después de pasarme un rato en el baño y remojarme la cara con agua fría. El resto de la tarde pasó como una alucinación, con la parejita haciéndose arrumacos y contándome los detalles de la boda y Rubén lanzándome miraditas cada vez que la tía se despistaba. Yo me limité a anestesiar todo aquello con una fila interminable de copas de cava que terminaron por hacerme perder la conciencia. La tía Esther me contó que Rubén me tuvo que cargar hasta el coche, conducir junto a ella hasta que llegamos a casa y ayudarla a ponerme en la cama. “No veas lo preocupado que estaba por ti, Rebeca. Te cuidó como a una princesa” me dijo al día siguiente, evidentemente conmovida por el cariño sincero que me dedicaba su esposo en ciernes. Irónico final para nuestra jornada de pelu, comida y copas, sin duda. Lástima que esa noche no llevaba mi sujetador nuevo.

Después de aquel episodio sorpresa me vi obligada a meditar muy bien mi siguiente paso. Rubén me llamaba a diario para quedar conmigo y según él “explicármelo todo”, pero yo pasaba de sus excusas y lloriqueos. Tenía que actuar con la cabeza fría y aquel hombre y sus justificaciones incoherentes (“la mujer perfecta para mí sería una mezcla entre tú y los millones de tu tía”) me generaba exactamente el efecto contrario.

Tenía un desfile constante de ideas en mi cabeza. ¿Qué podía hacer? ¿contarle todo a la tía? Lo más probable es que él se jugara el cromo de “te juro mi amor que solo ocurrió una vez y fue ella la que me buscó” y estaba segura que la tía le creería a él. Descartado. ¿Qué otras opciones tenía? ¿Cargármelo? ¿Convencerlo de escaparse conmigo? ¿Eliminar a la tía antes de la boda? ¿Asumir con resignación mi despecho y olvidarme para siempre de él? Todas eran alternativas demasiado radicales y violentas para mi gusto. Sobre todo la de la resignación silenciosa. Tenía que pensar en alguna otra solución.

Pasé días tragándome la amargura y evitando los mensajitos trasnochados de mi amante traidor, que me llamaba sin parar para decirme que por muy raro que sonara, me quería. Fueron semanas de dudas, hasta que llegó una tarde en la que después de darme un largo baño y escuchar entero el “First Band on the Moon” de los Cardigans, entendí que solo había una manera de resolver todo aquel embrollo. Era tan fácil y obvio que parecía increíble no haberlo pensado antes. Sonriendo desnuda ante el espejo cogí el móvil y llamé a Rubén, que se puso como unas castañuelas cuando escuchó mi voz.

-No soy buena persona, Rebeca… -me dijo con voz de pena, intentando conmoverme.

-Ya lo sé. Créeme, me has dado pistas suficientes para darme cuenta -le respondí muy seria.

-Pero igual te quiero… -se aventuró a decirme. Esto era justo lo que yo esperaba escuchar. Me apresuré a contestarle.

-Y yo a ti amor. ¿Qué vamos a hacer? -pregunté fingiendo que claudicaba.

-No lo sé. Suena fatal, pero no quiero perderte…algo tendremos que inventar. Entiendes que no puedo dejar pasar la oportunidad con Esther ¿verdad? -me confesó con cierta vergüenza.

-Perfectamente -le consolé- Las buenas oportunidades son pocas y siempre hay que aprovecharlas…

Quedamos en vernos esa misma noche, aprovechando que la tía estaba en un spa quitándose algunos años de encima a punta de terapias absurdas con caviar, vino y chocolate que sonaban más a menú degustación de lujo que a tratamiento de belleza.

Ese mismo día dejé de sufrir. Y de paso, también dejé bastante bien atado el tema de mi herencia. En cuanto la tía regresó del spa me metí de lleno a ayudarla a organizar la boda y cumplí con mis deberes de sobrina de oro con una abnegación admirable. Estuve exquisita en todo, hasta les organicé el viaje de novios. Además, alegando querer dejarles su propio espacio a solas, logré que tía Esther se ofreciera a montarme un ático estupendo cerca del centro, en donde tengo una terraza enorme para tomar el sol, una bañera doble y una cama king size en las que me aseguro la complicidad y sumisión de Rubén, que por lo visto no mentía cuando me dijo que me quería, aunque no puede garantizarme la exclusividad de sus manos, que ahora llevan alianza y también deben responder ante las curvan recién remodeladas de mi tía.

Ella paga mis facturas y él me costea los caprichos. Ella me propone cambiarme el coche por uno más nuevo y él me anuncia que ha montado una escapada discreta a la costa amalfitana. Formamos un bonito clan, extrañamente feliz, en el que ellos dos se desviven por tenerme contenta y bien atendida, mientras yo me dejo querer. Bendito sea el día en el que comencé a tirar las píldoras por el váter y a asaltar la libido de Rubén por los rincones. Sólo así se puede consolidar una auténtica tribu consanguínea, de las que heredan en forma directa y sin fisuras legales. Estoy segura que la tía se huele algo, pero no dice nada. En el fondo, sabe que es mejor tener a Rubén bien vigilado entre mis sábanas que buscando fiesta en la calle con cualquier pelandusca caza fortuna. Hemos encontrado la fórmula perfecta para que todo quede literalmente en familia y mis amados tíos Esther y Rubén me apoyan en todo, incluso me defienden de las malas lenguas que se preguntan quién es el co-autor de esta innegable redondez que empieza a notárseme en el vientre.

Lo dije desde el principio. Esta historia pudo acabar con un crimen, una vendetta, una familia despellejándose por dinero o algún otro recurso drástico. Pero a mi me gustan más los finales convenientes, que no los pasionales, candidatos a aparecer en la crónica amarilla o en la letra de una ranchera. La tía Esther vive satisfecha, con su joven pareja que la está ayudando a multiplicar su fortuna y a recordar que después de los sesenta años sigue estando muy viva. Me sigue teniendo a su lado, como la hija que nunca tuvo y creo que ya se sabe demasiado mayor para entrar en pleitos por rivalidad o celos con nadie, mucho meno con alguien de su propia familia. Rubén está crecido y ciego a todo lo que no sea esta vida de rey que siempre quiso llevar, completa con su amante de lujo y su hijo secreto: al final ha logrado tener a la mujer perfecta que me describió en una de sus llamadas de “perdóname mi amor”. Y yo, Rebeca, sigo siendo la sobrina dorada y adorada, la heredera directa e indirecta de todos y cada uno de los bienes de doña Esther Morales Sánchez. Incluido, por supuesto, su joven y guapísimo marido.



A partir de hoy empezaré a subir algunas entradas con la etiqueta de "Homework", eso será indicativo de que el texto forma parte de los ejercicios o tareas que me piden en clases. Me parece importante identificarlos, porque es mucho más complicado escribir algo a partir de unas instrucciones dictadas por un tercero que siguiendo la propia inspiración.

Por ejemplo: la historia de Rebeca surge de un ejercicio de "resolución de conflicto". A cada alumno le tocó uno y tenía que traerlo resuelto la siguiente semana. ¿Qué me tocó a mi? Pues nada más y nada menos que la historia de un cuarentón catalán que tras pasarse toda la vida esperando que su tío millonario se muera para disfrutar de su herencia, tiene que aguantar que éste se case con una mujer más joven que de paso es su novia (sí, del cuarentón...una joya pues). Me sugirieron resolverlo con un asesinato, enterrar a la mujer en el pipican de la zona (ah si, porque además la pareja se tenía que conocer paseando al perro...) y otras genialidades más, pero tantos años viendo Venevisión y Televisa no han sido en vano, así que convertí al sobrino en "sobrina", le puse un buen par de lolas y la lancé a competir con su tía por el amor de un hombre más joven. Además, me gustó que la persona millonaria que todavía se podía dar el lujo de verse bien y levantarse a un carajito fuese mujer y no hombre, para variar un poco. Y esto fue lo que salió. La barriga final me la impusieron en las correcciones, yo había hecho que Rubén se quedara enganchado con Rebeca por puras ganas de sexo, pero me indicaron amablemente que eso no era creíble y por lo tanto no sostenía el desenlace de la historia. Así que me tocó colarle un gol a la pobre Rebe. Espero que me perdone...aunque debería agradecérmelo, porque así salva su herencia.

3 comentarios:

Alicia dijo...

Well done girl!! Mis más sinceras felicitaciones, Alicia

Sonia dijo...

Muy bueno, me ha encantado que fueran dos mujeres las protagonistas. Me parece perfecto que las mujeres de 60 también tengan derecho a pagarse a un yogurín, y que al final lo compartan en armonía me ha parecido una solución natural, jajaja. Creo que mantienes el interés constante durante todo el relato, así que felicidades.

Ah, por cierto, yo tb tengo serios problemas con Bucay, ;o)

G dijo...

Alicia y Sonia,

Muchas gracias por sus comentarios para Rebeca, la tía Esther y Rubén... ¿Para qué enfrentar a estas dos mujeres si con algo tan fácil como compartir quedaba todo el mundo contento?

Este tipo de lecciones no las enseña Jorge Bucay JAJAJAJA. ¡Un beso para las dos!.