martes, 3 de noviembre de 2009

Día de Muertos



Aquel 2 de noviembre, para sorpresa de científicos, meteorólogos y chicas del tiempo, el sol y el calor tomaron por asalto la ciudad. 

En cuestión de minutos y sin ninguna causa aparente, el mercurio de los termómetros se disparó en forma ascendente, mientras un sol de justicia se encargaba de exorcizar los demonios que se habían quedado sueltos tras dos largas jornadas de nubes negras y vientos helados.

La gente que caminaba por la calle se vio bañada repentinamente por unos rayos solares dorados y espesos, más propios de la canícula, que calentaban la sangre y producían ganas de retener el verano en las manos, dentro de los bolsos o en los  bolsillos de las camisas. Hombres y mujeres se iban despojando de sus abrigos y bufandas, mientras en los bares los camareros se apresuraban a sacar las mesas y montar las terrazas que ya creían clausuradas hasta la primavera. Un bochorno dulce, con un ligero olor a café y a canela, envolvió jardines, calles y edificios…Era como si la ciudad entera hubiese caído bajo un hechizo. Los corazones se hicieron ligeros y se llenaron de una alegría liviana y vaporosa, similar a las cosquillas que  hacen las burbujas del cava cuando viajan de la garganta a la cabeza para llenarla de ideas imposibles de imaginar estando sobrios. 

Poco a poco el embrujo se fue extendiendo y miles de pares de ojos se sorprendieron mirándose unos a otros, haciéndose guiños desconocidos para ellos hasta ese momento. La gente se observaba entre asombrada y curiosa, con ganas de saber qué había debajo de aquellos otros jerséis y camisetas inexplorados. Sonreían a los extraños mientras se colaban en el Metro y los autobuses, bajo la mirada impávida de las fuerzas de seguridad, demasiado ocupadas lidiando con sus propios instintos para poder vigilar a aquella masa de seres injustificadamente felices, que robaban barras de pan y destapaban botellas de vino para improvisar meriendas en el primer sitio disponible.

Pronto se despertó un hambre urgente, de paladar ajeno, que invitaba a saciar las papilas gustativas con un paseo desordenado por todos los sabores conocidos y por conocer: menta con chocolate, limón con albahaca, piña con chile… Los árboles, cómplices de aquel extraño fenómeno, florecieron sin explicación alguna, dejando atónitos a guarda parques y jardineros que, preparados para podar y limpiar las plantas en vísperas del invierno, se encontraron con un montón de fruta madura colgando de las ramas que tenían que cortar. 

Las fuentes se llenaron de parejas descalzas que remojaban los pies y se besaban. Cientos de personas abandonaros sus despachos para tumbarse en la hierba y mirar el cielo, que aquella tarde se tiñó de un color naranja chillón y permaneció así hasta la madrugada, a pesar del cambio de hora que para esa fecha ya le robaba un par de horas a la claridad. Esa noche nadie encendió las luces, amparados por el resplandor del cielo color calabaza y la complicidad de miles de velas que se adivinaban en ventanas y balcones, como una filigrana luminosa.

Fue un trance colectivo que dejó en fiesta a los dos millones de habitantes de aquella metrópolis gris. Todos se dejaron envolver por aquel deseo repentino que duró hasta el amanecer del día siguiente, cuando miles de personas cruzaron furtivas por avenidas y puentes para volver a los hogares que habían dejado olvidados la noche anterior. También fue una resaca legendaria de la que cuentan costó mucho recuperarse, aunque aún hoy hay quien dice que esa historia es una mentira urdida por los medios locales y el ayuntamiento, aficionados al cuento y a vender su urbe como una tierra mágica. Muchos de los que participaron del festejo no lo tienen registrado en la memoria, pero otros -la mayoría- lo conservan como el mejor recuerdo de sus vidas, y lo atesoran cuidadosamente para preservarlo con celo de los embates de la realidad, el mal tiempo o el desamor. 

Fue un Día de Muertos memorable y maravilloso para todos los vecinos de la ciudad. Para todos, menos para las tres mujeres delgadas y tristes que se tomaban las manos silenciosamente en el cementerio. Nadie reparó en ellas ni en las lágrimas mudas que las hermanaban después de toda una vida odiándose. Aquella tarde habían enterrado al que había sido el gran amor de las tres, quien sin duda había conjurado para ellas aquella despedida desproporcionada, absurda y deliciosa, tan parecida a las noches que les había regalado en vida.

5 comentarios:

Alicia dijo...

Seguro que "La Catrina" se habrá sentido muy halagada con tu relato.
Gracias por compartir conmigo esa bella tradición mexicana. Alicia

Sonia dijo...

Me ha encantado el ambiente que has creado, la atmósfera mágica, la luz naranja, casi he notado en el aire el olor a canela y he sentido la felicidad.
El final también me ha gustado y sorprendido.

Jesús dijo...

Muchas gracias por tus relatos estoy enganchadísima. Son muy bellos y evocadores. Esas Catrinas por fin tienen alguien que se fije en ellas.

Isa

G dijo...

Alicia, halagada estoy yo con ese comentario. Gracias a ti por multiplicar las razones para amar a tu hermoso país.

Isa y Sonia, qué bueno saber que logré hacerlas viajar a esa ciudad gris, embrujada por la magia del Día de Muertos. En el fondo, son ustedes los lectores los que le dan vida a las historias, metiéndose en ellas y disfrutándolas. Gracias por regalarme un pedacito de tiempo cada vez que pasáis por aquí y permitir colar estos relatos en vuestra imaginación.

Joan Villora dijo...

¡Hostia! ¡Que bueno! Me han gustado mucho las descripciones: ese veranillo casi sustancial y palpable, ese atmósfera de despreocupación y optimismo vital que me ha recordado a Sonia en ese pueblo que es la pol.la, aunque allí era la tranquilidad y la modorra veraniega las que reinaban.

Y el giro final es bueno, un guiño a las tormentosas mujeres del relato de Rosa alias "cuchi-cuchi", alias "Puesyonostoydacuerdo" que no me ha pasado desapercibido, no.

Joan.