domingo, 27 de septiembre de 2009

Everest del Sábado Noche



Aquella vez quiso probar un truco diferente.

Se arregló con esmero: vestido nuevo, ni muy corto ni muy largo, dejando ver la cantidad justa de pierna para que él se quedara con ganas de descubrir más. Muy poco maquillaje, el pelo suelto y tres gotas de perfume –Rush, de Gucci- en el escote y detrás de las orejas.

Remató el conjunto con un par de sandalias de tacón vertiginoso que le regalaron diez centímetros a su modesto metro con cincuenta.  Subida en aquellos zapatos se sintió montaña, altísima y desafiante…Y un aire de cumbre peligrosa se le subió a la cabeza, a ella, que era más bien una colina tranquila, de lomas suaves y poco pronunciadas…

Él no falló. La recibió con una de aquella miradas suyas, que no necesitaban palabras para explicar lo que pasaba por su cabeza. Una copa de vino…dos…tres…la fiesta iba transcurriendo y él la seguía mirando desde lejos, con ojos de hambre pero sin apenas dirigirle la palabra. “¿Qué le pasará a éste?” -se preguntaba ella, mientras bailaba y fingía indiferencia- “la última vez que nos vimos casi se me tira encima, no entiendo…¡Hombres, coño!”.

Un par de horas después la situación seguía idéntica, únicamente matizada por el alcohol que le corría por las venas. Había bailado demasiado y le dolían los pies. Por suerte, había metido unas bailarinas en el bolso para poder andar tranquila hasta la parada de taxis al salir de la fiesta. Le jodía bajarse de la novedad embriagadora de los tacones, pero ya era tarde y tocaba regresar a casa.

Fastidiada, miró hacia donde estaba él, que se reía de algo que le decía una de las varias chicas que le hacían corro y no parecía darse cuenta que ella estaba allí todavía.  “Menuda mierda” fue lo único que atinó a pensar. “Bailo una más y me voy. Con éste no hay nada que hacer”. Sin mucha ceremonia cogió un taburete de la barra y se sentó por primera vez durante la noche para cambiarse los zapatos. “Otra de vino blanco, por favor” -le dijo al camarero. Apuró el vaso en dos tragos, molesta consigo misma por haber sido tan tonta al creer que ella (¡ella!) iba a ligárselo a él (...¡JA!).

Todavía aturdida por el chute doble de vino barato, se fue a la pista a bailar la última canción la noche. Tras haber pasado cuatro horas observando el mundo desde el atalaya elevado de sus zapatos, aquel contacto casi directo con la realidad del suelo la puso triste.“Que tonta…que tonta eres, de verdad” -se dijo cerrando los ojos mientras bailaba, perdida en una llanura de oscuras cabezas casi idénticas a la suya, ahora que no destacaba por su altura.

Y entonces -sin abrir lo ojos- sintió que alguien la tomaba de las manos y acercaba su cara a la de ella. La mejilla apretada casi a la misma altura de la suya, la boca encajando a la perfección en el sitio que empezaba el camino empinado de su oreja derecha….Alguien de su misma estatura –solo un poco más alto- que le decía en un susurro: “Por fin, joder…no tengo alma de alpinista ¿sabes?..."

Para esos locos bajitos, que no son los mismos a los que canta Serrat.

2 comentarios:

Sonia dijo...

jajajjaaja...Muy divertido!
La verdad es que el hombre tiene que estar muy seguro de si mismo como para que no le afecte que la mujer le saque una cabeza.

Joan Villora dijo...

La altura nos da igual que nos da lo mismo. Si no, los bajitos a los que nos gustan las piernas largas lo tendríamos mal.

Aunque si que es una "M" para bailar en plan romántico. No queda muy fino aplastar la oreja contra un escote.

Joan.