miércoles, 23 de septiembre de 2009

Entre Caníbales


 Un corte limpio y decidido en el muslo derecho de la presa dio inicio a la comida de aquel sábado. Con manos de experta cirujana y sus cuchillos de chef, la anfitriona fue sacando finísimas rebanadas y sirviéndolas en una fuente de la mejor porcelana. Cuando acabó con el muslo derecho, continuó con el izquierdo y aliñó el resultado de su gesta culinaria con un chorrito de aceite de oliva y un toque de pimienta recién molida. 

 En las copas de cristal que había puesto sobre la mesa pudo ver reflejadas las caras de fascinación de sus invitadas, que la observaban sin perderse uno solo de sus movimientos. “¿Te ayudamos?” -quisieron saber, con ganas de participar de aquel festín que sabían prohibido, pero al que no podían resistirse.

 La anfitriona las miró con una sonrisa pícara, casi con ternura. Había pasado años perfeccionando su destreza como cocinera y no fue tarea sencilla lograr juntar un grupo de comensales como aquel. No porque sus recetas no gustaran (a todo el mundo le encantaba comer aquella carne exquisita, aunque pocos lo admitían) sino porque le agradaba compartir su sazón con gente experta, conocedora de aquella gastronomía tan particular y dispuestas a comer sin remilgos. Gente que no tuviera reparos ante un guiso de vísceras y no exigiera recetas saludables, sin picante o bajas en colesterol. Tras varios intentos fallidos y un número importante de episodios conflictivos, finalmente se había hecho con el grupo perfecto: cuatro mujeres de carácter, adictas al sabor de sus condimentos, que la seguían religiosamente en su comida ritual de cada fin de semana sin criticar ni poner caras. Eran casi sus hermanas.

 “Está bien…Está bien” -les dijo con un guiño- “Que cada una se sirva lo que más le apetezca. Venga…démonos el gusto, ¡que es la última reunión del verano y hay que hacer algo especial!”.

 Las otras mujeres sonrieron con deleite y se acercaron al cuerpo femenino cuidadosamente dispuesto sobre la mesa vestida de gala. Cada una cogió su cubierto y examinaron a la víctima para decidir qué parte querían atacar primero.

 Una de ellas abrió fuego cortando un trocito de antebrazo y sirviéndose una de las jugosas rebanadas de muslo que su anfitriona había dispuesto unos minutos antes. Las otras dos, un poco más tímidas, se hicieron con la mitad de los dedos de las manos y decidieron compartir un plato con algo de pierna y una modesta ración de trasero, guardando sitio en sus estómagos de pajaritos para lo que sabían sería el plato fuerte de la tarde.

-¿Tú no quieres?  -quiso saber la anfitriona, mirando a la única de sus invitadas que aún no tenía comida sobre el plato.

-Sí, claro que quiero. Pero a mi estas mariconadas de muslo, culo o brazos no me gustan. Tú lo sabes.

-Qué vicio tienes mujer… -le reprendió la dueña de la casa con una sonrisa.

-Pues sí... -rió la otra, mientras destapaba el vino y llenaba las copas de sus amigas.

 La anfitriona se puso de pie y se dirigió al lado izquierdo de la mesa. Miró a la mujer que estaba acostada sobre la mesa, a la que le faltaban varios pedazos que ahora eran masticados y digeridos por sus ilustres invitadas entre risas y sorbos de vino. Normalmente no se detenía a mirar los ojos de sus víctimas, sobre todo porque invariablemente eran gente conocida que alguna vez le había regalado su confianza. Evitaba analizar racionalmente aquellos banquetes en los que ella y sus amigas arrasaban con quien hubiera tenido la mala suerte de aterrizar en sus fogones: aquel era su vicio y no estaba dispuesta a renunciar a él por una tontería tan vulgar como el arrepentimiento o la mala conciencia.

 Cogió su tenedor y con un solo gesto ubicó el sitio exacto en el pecho de aquella infeliz que estaba a punto de entregar el corazón como plato principal. Las demás invitadas pararon de hablar y observaron cómo su anfitriona extraía y trinchaba el alma de la presa indefensa, para luego proceder a repartirlo en cinco porciones idénticas.

“Por ti cariño, como siempre todo está exquisito” -dijo una de ellas levantando su copa.

“¡Salud!” -corearon las demás, mientras la anfitriona les lanzaba un beso con la punta de los dedos y murmuraba un “gracias” emocionado.

 Continuaron comiendo sin prisas, entre carcajadas cómplices  animadas por varias botellas de vino, saboreando sin vergüenza las intimidades de la mujer sacrificada para la ocasión: sus pequeñas miserias, sus fracasos, sus secretos más comprometedores y sus batallitas. Los kilos de más, los cuernos del marido, las dificultades económicas o el mal gusto para vestirse. Todo a disposición de aquel comité caníbal que cada fin de semana rebanaba, cortaba, pinchaba y aliñaba la vida ajena en una bacanal de chismes, correveidiles y cotilleos que las dejaba agotadas e indigestas, pero felices.

 Pasadas las horas y tras una larga sobremesa, la anfitriona despidió a la última de sus amigas en la puerta de casa con una copa de cava en una mano y un “Adiós, te quiero” en la otra. En su cabeza, empezaba a pensar con cuál receta iba a sorprenderlas la próxima vez. Necesitaba una nueva víctima urgentemente. 

 Se sacó los zapatos y se recostó en el sofá, examinando la agenda de su teléfono móvil: “A ver quién me cuenta algo bueno para servir el sábado que viene”.


Dedicada con cariño a la pequeña o gran antropófaga que todas llevamos dentro.

2 comentarios:

Animetronic dijo...

aren't we all a bit cannibalistic? (some more than others....) loved it...

G dijo...

Some more than others, INDEED... ;)