lunes, 24 de agosto de 2009

La Revuelta de las Misses (Parte I)


Todo comenzó la noche fatídica en la que el Presidente interrumpió el Certamen para dirigirse a la nación.

Dos decenas de mujeres -luciendo bandas en representación de provincias de la Patria en las que jamás habían puesto los pies- se preparaban para dar el salto definitivo a la fama tras recorrer la ansiada pasarela nacional, cuando el máximo líder del terruño tuvo una vez más la feliz ocurrencia de tomar por asalto las ondas de radios y televisoras del país para pronunciar un discurso.

Hombre egocéntrico y con marcada tendencia a la provocación, no tenía idea que su perorata sobre la guerra a los golfistas burgueses o sus impresiones sobre el buen funcionamiento del teléfono Vergatario y el pañal Guayuquito iban a  significar el verdadero principio del final de su días en la silla presidencial...Ni los despidos de la alta gerencia de ejecutivos petroleros a punta de pito piñatero hace unos años, ni sus amistades peligrosas en el Oriente Medio, ni siquiera su desmedida generosidad hacia el pueblo cubano y su casi compadre Castro podían compararse con la terrible, terrible ofensa que el Presidente acababa de cometer contra el país.

Miles de personas retuvieron el aliento en casa, indignadas, boquiabiertas, paralizadas ante sus pantallas cuando descubrieron que, en vez de disfrutar de las polarcitas y los tequeños comprados para disfrutar del Magno Evento de la Belleza, tendrían que soportar quién sabe cuántas horas de aquella monserga interminable que ya empezaba a destruir los sistemas nerviosos de buena parte de la población.

Y mientras esto ocurría en las casas, quintas, apartamentos y ranchitos de la nación, el ambiente dentro del enorme plató en el que las aspirantes a Maites o Vivianas esperaban su turno para lanzarse a la fama hervía a fuego lento en un caldo de  ira, frustración y fijador para el cabello…

Los tacones comenzaban a repiquetear con insistencia en el suelo. Las manos, recién salidas de tratamiento de parafina, empezaban a mostrar garras acabadas de pulir (y afilar) por el mejor equipo de manicuristas del país. Las nuevas musas de la mitología criolla se estaban poniendo nerviosas y tras bastidores un ejercito de diseñadores, maquilladores y demás personajes de la fauna estética intentaban mantenerlas distraídas enchufándoles CDs de Luis Fonsi y Chayanne (nada de reggaeton, porque eso las pone a millón…) y ofreciéndole material de lectura a las pocas que se arriesgaban a la proeza. Circulaban los números atrasados de Vanidades, Cosmopolitan y hasta del ¡Hola! para las mas cultas, aficionadas a chismes de la realeza. Cualquier cosa para evitar lo inevitable. El Káiser aún no daba la orden para proceder.

Pero las chicas no se calmaban. Sus peinados empezaban a perder volumen y el séquito emplumado del Káiser encontraba cada vez menos paliativos para toda aquella rabia que amenazaba con salir, reventando las delicadas gasas de Ángel Sánchez y Carolina Herrera...¡y no era para menos!

Primero, las habían despojado del sueño dorado de verse coronadas en un sitio digno como el Teresa Carreño o mejor aún, el Poliedro. En cambio las metieron de cualquier manera en un plató del canal y eso era una falta de respeto grave. ¡Claro! Pero nunca nada tan atroz como haberlas privado de la segunda verdadera razón por las que miles de mujeres en todo el territorio se embarcaban en la ilusión del sacrosanto Certamen: ¡¡la súper producción de Joaquín Riviera con coreografía de Mery Cortéz!!...¡No podía ser!. Años de lucha y sacrificio, alucinando con cuanto show de piratas, vaqueros, coristas de Las Vegas y animales salvajes había aparecido en la pequeña pantalla y ahora que era el turno de ellas, pues no había Mery, ni Joaquín ni princesas egipcias voladoras contoneándose al ritmo de una guaracha de Celia Cruz. Coño. No podía ser. El Certamen se estaba viniendo abajo y el culpable no podía ser otro que aquel mono infeliz que ahora, de paso, tenía los riñones de interrumpirles la velada para hablar de aquella playa en la que Dayana (¡Miss Universe!) se había hecho unas fotos bellas, bellísimas. Que bonita esa playa, ¿cómo era que se llamaba? Guanábana…Guayabano…algo así era. Y qué hacemos nosotras oyendo hablar de esa playa si lo que vinimos fue a concursar. ¡Estamos arrechas!

Y así, la turba de melenas oxigenadas comenzaba a agitarse con una inquietud de leonas. El Presidente se dirigía con una sonrisita socarrona a los niñitos y niñitas del país porque ya pronto empezaban las clases bajo la nueva ley de educación y las ninfas de nuestro Olimpo particular le dejaban ver los colmillos entre los labios maquillados por L’Oreal. ¡En aquella sala se gestaba el futuro, carajo! ¿de dónde iban a salir las protagonistas de los próximas diez peores culebrones de la televisión nacional? ¿quién animaría los shows de la mañana, los concursos de la tarde o le indicaría al pueblo que saliera sin paraguas porque segurito hoy iba a llover?...¡Pues ellas! ¡siempre ellas!. Aquel mujerero se sintió irrespetado y herido en lo más profundo. Y juró vengarse.

Cuando por fin el Presidente dio paso para continuar con el concurso, el pueblo respiró a medias, comió sus tequeños y bebió sus cervecitas en silencio, aunque ya por todo el país se extendía un tufo a conspiración y conflicto que era imposible de negar. Un par de horas después, la elegida se llevó la corona de piedras de fantasía y sonrió ante las cámaras antes de empezar a prepararse para convertirse en soberana de un mundo del que no tenía ni idea. Mientras tanto el Káiser, viendo que sus planes estaban a punto, empezó a preparar los toques finales de su estrategia de ataque...

(Continuará)

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