miércoles, 8 de julio de 2009

Pas de Deux


Desde hace meses evitaba mirarse en los espejos. Por eso, cuando entró  en el ascensor desvió la mirada hacia el techo. A su alrededor, media docena de hombres y mujeres con rostros somnolientos  sostenían sendos vasos de café caliente y se disponían, como él, a iniciar otra jornada de trabajo.

Al abrirse las dos puertas metálicas en la primera planta, Miguel se vio empujado por los  trabajadores que salían del ascensor a toda prisa. La fuerza de la pequeña multitud de empleados grises lo colocó involuntariamente de frente al espejo y no tuvo más remedio que mirar su rostro trigueño y bien afeitado, mientras la luz triste del ascensor iluminaba  su camino de números hacia la decimotercera planta. Le quedaban doce paradas interminables hasta llegar a su destino. Sonrió ante la ironía, aquello se parecía mucho a lo que le había dicho el médico: le quedaba un año de vida.

Su fobia a los espejos había empezado hace tres meses. La imagen que éstos le devolvían le resultaba demasiado extraña; no lograba asociarse a si mismo con aquel hombre alto, de cabello oscuro y facciones de príncipe que lo miraba sin preocupaciones aparentes desde un par de ojos negros y brillantes.

Mientras  pensaba en esto, notó que una las mujeres del ascensor lo miraba de reojo,  con uno de esos  disimulos tan perfectos que apenas logran ocultar el interés de quien mira. Por un momento sus ojos y los de la mujer coincidieron  y ella esbozó una sonrisa breve y nerviosa, visiblemente avergonzada por haber sido descubierta. Pero Miguel no le devolvió el gesto.

Hace tres meses, probablemente no sólo le hubiese respondido con una sonrisa blanca y perfecta, sino que hasta habría intercambiado con ella un par de frases encantadoras y, dependiendo de la reacción de la chica, puede que hasta una invitación para comer juntos en algún restaurante cercano. Si todo salía como de costumbre, a la comida le habrían seguido un par de cenas salpicadas de vino y buena conversación, alguna invitación al cine o a tomar unas copas. Y con infaltable suerte, a los pocos días,  ella habría aterrizado en su cama para improvisar  una pasión perecedera, con su correspondiente  fecha de caducidad impresa en la tapa.

Tras pocas sesiones de amor clandestino en su piso o en el de ella, un mensajero entregaba a la chica la señal inequívoca que mercaba el final de aquellos reinados efímeros: un discreto ramo de rosas firmados con una tarjeta que agradecía haber vivido unas semanas ‘perfectas’. Y nada más.  A Miguel le gustaba liquidar aquellos líos antes que perdieran el brillo de la novedad, y con cada ramo sumaba un nombre más a la larga lista de reinas secretas que compartían mesa y cama con él.

Pero hoy era distinto. A Miguel no le importaban las rápidas miradas azules que se iban posando en su cuerpo aparentemente perfecto, en su corbata de firma o sus manos limpias y bien cuidadas. Hoy Miguel se limitaba a observar los números que indicaban cuántos pisos eternos faltaban para llegar a su destino, mientras  pensaba en que ruta llevaban realmente sus pasos, hacia dónde se dirigía a ciencia cierta….

No se trataba de sus pasos reales, de los que dirigía con sus pies ligeramente planos. Esos lo llevaban al supermercado a llenar el carrito de verdura, fruta y legumbres, huéspedes recién llegados a su nevera gracias a esa nueva dieta rica en vitaminas, anti-oxidantes, fibra y  todas esas cosas necesarias para aumentar las defensas. También lo llevaban semanalmente a casa de sus padres, a compartir una contundente comida familiar en la que representaba magistralmente la comedia  del hijo favorito, feliz y sin problemas, que se plantaba delante de un futuro prometedor con su carrera cinco estrellas.

Esos eran los pasos de siempre. Los de hace tres meses o hace tres siglos, los que lo movilizaban con calma a través del  laberinto de paredes blancas y suelos verdes al que tenía que asistir cada 30 días para dejar, entre otras cosas, parte de su envidiado sueldo y unas cuantas gotas de su sangre en las que era preciso, vital, detectar el número de unas células marcadas con una de las letras finales del alfabeto. Células cuya existencia Miguel ignoraba hasta hace poco, poquísimo tiempo.

Los pasos que llenaban de dudas a Miguel eran los otros, los que no guardaban relación con sus piernas, sino con sus decisiones y  que eran los que terminaban por conducirlo por su vida amenazada. Tres lunas completas habían cruzado el cielo de su ciudad  desde el momento en que comenzó a sentir que esos pasos estaban estancados, que no se movían en ninguna dirección, quizás porque comprendía que aunque le hubiese gustado ir hacia atrás, lo único que podía hacer era lanzarse hacia adelante.

Ya había superado el pánico inicial, las ganas irracionales de huir de su propio cuerpo. Ahora una niebla de incertidumbre lo mantenía paralizado en el presente, sin ánimo para recorrer el pasado con su insoportable carga de errores y sin poseer ninguna clave que le permitiera visualizar el futuro, ahora que éste no dependía de su habilidad con las finanzas sino de las reacciones y explosiones de su sangre, que se veían reflejadas en el bendito conteo de células de fin de mes.

Miguel se daba cuenta que no era conformarse ante la muerte lo que lo paralizaba, sino resignarse a vivir  con la misma mediocridad de siempre. Sentía que desde que se practicó aquel temido examen con nombre de mujer se había trasladado a una burbuja de tiempo  única, en la que sólo existía él. Se sentía atrapado, viviendo mecánicamente  para guardar las apariencias y con el alma doblada de dudas que nadie la podía responder…

Cuando recordó la palabra ‘reactivo’ impresa en negrita sobre la hoja de resultados de la analítica, sintió que un escalofrío le recorría la espalda de arriba abajo. Se  dio cuenta que aquello seguía siendo el miedo del primer día y esa sensación lo trajo de regreso a la realidad del ascensor, en el que solo quedaban él y la mujer de los ojos marinos, que lo seguía mirando por el espejo.

Al verse solo con ella, Miguel se dio media vuelta y la miró de frente. La mujer volvió a sonreír. Con una coquetería incómoda, se pasó la mano por los rizos castaños y con el gesto dejó caer un pedazo de algodón con un punto oscuro de sangre  reciente que llevaba presionado en la unión de su antebrazo. Miguel pensó entonces que aquel silencio de hielo no tenía ninguna justificación con una mujer tan bonita, a la que además probablemente nunca volvería a ver.  Calculando que llegaría a su destino en pocos segundos, le preguntó la hora.

La mujer se inclinó rápidamente a  recoger el algodón cuando el ascensor llegó a la decimotercera planta, por eso Miguel no vio el cambio en el rostro de la muchacha, donde empezaba a caer una llovizna de lágrimas cortas. Nunca supo que ella también era esclava del conteo de células y que entraban juntos en la estadística de infectados por aquel virus maldito. Tampoco  escuchó la voz sabia y triste que envolvió su respuesta mientras las pesadas puertas de metal se cerraban detrás de él: ‘Ahora –había dicho ella- es infinitamente mas tarde que ayer’.

Empatía escrita en Enero 1996.

Revisada en Julio 2009, con el amor intacto aunque te has marchado.

 

  

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