domingo, 19 de julio de 2009

Partida Perdida


Aquella mañana se despertó pronto, antes que saltara la alarma. Extendió el brazo hacia el otro lado de la cama y notó que estaba vacío. Calculó mentalmente que por muy temprano que fuera eran más de las seis, porque él ya se había marchado a pasear al perro y a comprar el pan. En total, sólo había dormido cuatro horas.

Se quedó mirando los números fosforescentes del reloj de la mesita durante un rato más. Había estado soñando algo agradable, lo sabía porque despertó riendo, pero no lograba recordar qué era. Tras varios minutos intentando invocar el recuerdo en vano, se dio por vencida y dejó la cama. Al mirarse en el espejo del baño como cada mañana, el temor volvió a apoderarse de ella y borró cualquier señal feliz de su escape imaginario de la noche anterior. Unas cuantas canas en su cabello, unas arrugas finas alrededor de los ojos, el cuello flojo debajo de su barbilla: se estaba haciendo mayor.

Tenía claro que la vejez era un destino ineludible y le hubiese encantado asumir todo aquel deterioro tan visible con la dignidad que lo hacían sus amigas. Pero desde siempre ella había sido la fatalista del grupo y el paso de los años se le hacía un mal incurable, que no podía contrarrestarse ni con cirugía. Su cuerpo comenzaba a traicionarla, a dormir poco, a acumular grasa en sitios insospechados y a amontonar achaques…Cada mañana libraba una batalla campal primero con el espejo y luego con la báscula, los oráculos implacables de su nueva condición de ‘mujer madura’.

‘Madura’. Menuda mierda de eufemismo. ¿Madura para qué?. Cuando la fruta estaba madura significaba que estaba en su mejor momento, apetecible y lista para comer. Hacía muchos años que ese momento había pasado sin que ella se diera cuenta, ocupada como estaba en mantener a flote su matrimonio, sacudido por un viento huracanado de infidelidades que amenazaba con llevárselo todo por los aires. Aquella encrucijada había sido hace cuántos ya…¿diez, quince años?. No lo sabía. Sólo recordaba que en ese momento creyó que su vida dependía de aquella lucha y resulta que ahora, una década o un siglo después, seguía ahogada por las mismas traiciones, que se habían transformado en rutina. Se dio cuenta que debió claudicar cuando pudo, porque ahora ya era demasiado tarde, y esta certeza hizo que un par de gruesos lagrimones resbalaran por sus mejillas que se empezaban a marchitar.

Sin ganas de compadecerse, se apresuró a beberse las lágrimas y se secó la cara con un gesto brusco, luego se cambió la ropa de dormir por un pantalón de franela y una camiseta y se fue a la cocina a preparar el café del desayuno. Tenía otro largo día por delante, otro día de lucha inútil, porque sabía que el tiempo, ese vampiro, ya le había ganado la partida.

(Ilustración: María Raquel Ferrer ©)

Ejercicio de relato corto. Se suponía que tenía que ser de terror fantástico y me salió terror cotidiano...



 

 

No hay comentarios: