jueves, 2 de julio de 2009

Memoria de Pez


La primera tarde del verano Julia y Antoine la pasaron recorriendo tiendas de antigüedades en busca de un broche.  Era el regalo de cumpleaños para Yvette, la madre de él, que volaba desde Suiza dentro de una semana para pasar el día con su hijo.

Desde el interior de la enésima tienda, Julia observaba a la gente que poblaba las terrazas y se imaginaba que así debían ver el mundo los peces desde dentro de los acuarios…las personas se movían en cámara lente y parecían ligeramente deformadas a través del cristal. Veía la silueta alargada de jirafa siamesa que formaban las parejas tomadas de la mano, o el rebaño alegre de estudiantes que tomaban cerveza bajo las sombrillas. La tarde era espléndida, soleada y con la cantidad justa de calor para estar en la calle sin torrarse, pero ella y Antoine la pasaban encerrados en aquellas dichosas tiendas oscuras que olían a viejo

 - Y bien…¿qué te parece este?

 La pregunta de Antoine la tomó por sorpresa. Llevaban poco más de media hora metidos en aquella jaula con aire acondicionado y durante treinta minutos eternos él apenas había levantado la cabeza del mostrador en el que el anticuario iba mostrando las piezas.

 ‘Julia, ¿te gusta?’ repitió él, señalando algo que el anticuario sostenía entre sus manos. Disimulando la poca atención que había prestado a la búsqueda del regalo de su suegra, Julia entrecerró los ojos para hacer entender que estaba estudiante el fulano broche. Pero se encontró con que el objeto que el anticuario le mostraba era otra cosa.

 Antoine le preguntaba por un collar de perlas. Una hilera corta de pequeñas puntadas de redondez nacarada que, curiosamente, no se juntaban. No era un collar en toda regla sino una ristra sin cerrar cuyas puntas estaban rematadas con dos cuentas de oro. Aquella joya podía usarse como collar gracias a un pequeño broche que enganchaba los dos extremos…tenía la forma de una mano femenina, plateada, rematada con una filigrana que simulaba el puño de una blusa de encaje. En el dedo medio tenía incrustada una esmeralda pequeñísima, lo que obligaba a observar detenidamente los dedos finos como hilos y tallados con precisión desde la base hasta las cinco uñas alargadas y perfectas …el efecto de aquella extremidad delicada y metálica sujetando las perlas era extraño e inquietante.

‘Es muy elegante y diferente. Como ella, ¿no crees?’, insistió Antoine sin mirarla, con la vista fija en las perlas.

Julia escuchó su pregunta mientras observaba de nuevo el mundo desde la penumbra acuosa de la tienda, pensando en que si los peces no tienen memoria probablemente es porque así se ahorran el sufrimiento de recordar sus días nadando libres en el mar, con el primer sol del verano brillando en pequeñas fracciones de luz sobre su cabeza…Los peces, los pobres peces de su acuario, que nadaban en círculos dentro de su prisión sin puertas, ajenos a la idea de que eran meros objetos decorativos en el salón de una pareja pija de Barcelona.

‘Es el regalo perfecto para tu madre’ respondió. Y acto seguido cogió su bolso y caminó hacia la luz de la puerta.

‘¿A dónde vas?’ quiso saber Antoine

‘A comprar comida para los peces, me acabo de acordar que se ha terminado’ dijo ella

‘Vale…¿Tardarás mucho en volver?...’

Y entonces Julia sonrió por primera vez en toda la tarde. Se quedó mirándolo durante tres segundos y sin responder, pero todavía iluminada por la risa, cerró la puerta de la tienda tras de si. ‘Espero no haber olvidado cómo nadar’, pensó sin mirar atrás, mientras tomaba una gran bocanada de aire y se sumergía en el mar de gente que corría por la calle.

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