domingo, 19 de julio de 2009

La boda de Más (o la historia más original del mundo)


Una esplendorosa mañana de Abril, en una ciudad en la que daba igual que esta mañana tuviera lugar en Diciembre o Agosto porque era un territorio que sufría una sola estación durante todo el año, la señorita Más se despertaba para vivir el día más importante de su vida.

Arrullada por el rumor del impepinable aire acondicionado, contempló por última vez el techo de su habitación de soltera y dejó que su mente viajara hacia atrás, cuando se había empezado a gestar la magna ocasión que tendría lugar esa misma noche.

Fue en el instituto. Más tenía dieciséis años cuando conoció a su príncipe encantado. El fulano en cuestión se llamaba José…Un nombre un poco corriente para ser un príncipe, es cierto, pero el apellidazo que le seguía compensaba con creces su vulgaridad. José tenía un last name que olía a consorcio financiero, coche último modelo y mierda de vaca...Tres señales indiscutibles de status dentro de la sociedad en que vivían.

Más recordó cómo lo divisó una noche en la que los dos coincidieron en una fiesta en el Club. Eran unos quince años divinos de alguna primita perdida en el álbum familiar de él. Más no estaba invitada oficialmente, pero para esa fecha salía con su amigo Juan Equis que siempre la llevaba a sus compromisos sociales, cosa que a ella le encantaba sobre todo si eran en el Club, del que por cierto Más no era socia, pero si asidua.

Aquella noche, mientras la quinceañera, toda tul rosado y cristales de Swarosky, bajaba en un columpio florido desde el mismísimo techo del Gran Salón del Club, José y Más intercambiaron miradas por primera vez. A él se le cortó la respiración ante aquella visión de casi 1.80 mts envuelta en raso que balanceaba con impaciencia una pierna perfecta desde la mesa de enfrente. Ella, no tan impactada por el modesto 1.60 de su admirador, dejó escapar una sonrisita coqueta mientras en la pista, la cumpleañera y su cortejo bailaban al ritmo de ‘Tiempo de Vals’ interpretada por Chayanne en directo, ¡porque aquella era una fiesta de alcurnia, carajo…!

Durante un buen rato Más soportó con indiferencia las miradas y sonrisas de aquel enanito impertinente, hasta que se enteró por boca de una de sus amigas (también colada en la fiesta) que se trataba del hijo del dueño de algo...La verdad es que no escuchó muy bien de qué, porque ya el hecho de ser el hijo de fulano era suficiente. Y bien mirado el tipo ni feo era.

La suerte estuvo de su lado y su amigo Juan Equis resultó ser compañero de clases de José. No pasó mucho tiempo para que él se mudara de mesa y se ubicara al lado de Más, que era todo aleteo de pestañas postizas y sonrisitas  coquetas ante las atenciones de aquel caballero que no se limpiaba las manos con el mantel y se levantaba en señal de respeto cada vez que ella se excusaba para ir al baño. Bailaron juntos toda la noche…Y con fondo musical de Juan Luis Guerra (también en directo, hay que recordar que ésta era una fiesta de las buenas...) se dieron su primer beso. En medio de la jarana producida por el cantante dominicano y por un par de borrachitos interceptados en la puerta intentando robarse dos botellas de whiskey y un centro de mesa, Más se abrazó a su empate (término sumamente casposo que para esa fecha ochentosa significaba novio) y supo que nunca mas se separaría de él.

Pasaron los años y Más continuaba perdidamente enamorada de su José, que ya estaba en la universidad (privada) y estudiando Empresariales (lógico) porque tenia que prepararse para su carrera de Heredero. La verdad es que su padre intentó tentarlo para que continuara estudios de Veterinaria, pero al joven José, tan elegante y perfumado, no le hacía ilusión pasarse el resto de la vida con la mano metida dentro del culo de las vacas que le daban de comer…Por su parte, Más quería estudiar Psicología, pero su José le dijo que para qué dedicarse a cuidar locos cuando ella era tan linda y delicada, que aquella era una carrera sin futuro ni atractivo para una dama como ella y por qué mejor no compartir también la profesión con él. A Más no le pareció del todo mala idea y se inscribió en el primer semestre de Empresariales bajo la clara advertencia de pasarse a Psicología si no terminaba de agarrarle el gusto a los números…

Pero se lo agarró. Más resultó tener una mente brillante para las finanzas, todo lo opuesto a su José, quien siempre tenía que acudir a ella para hacer los trabajos, pasar los apuntes y en última instancia, hacer las chuletas. Eran la pareja insignia de la Facultad, los Pin y Pon más populares, siempre bellos, sonrientes y bien vestidos gracias a sus constantes viajes a Miami y Nueva York.

A Más y a su José los conocían en todas partes. Ella destacaba, siempre destacaba. Por eso él era especialmente cuidadoso, sobre todo cuando se escapaba los fines de semana para verse con una de sus amigas. Tenía dos números de teléfono móvil diferentes, varias direcciones de correo electrónico a las que cambiaba la contraseña con frecuencia y apelaba a recursos de experto titiritero para que ninguno de los hilos de sus varias marionetas llegaran a cruzarse. Utilizaba el coche de su hermana o su madre para salir de juerga, procuraba mantener sus conquistas fuera del círculo social de Más y poseía un verdadero ejercito de porteros, bartenders y camareros que por una modesta propina mantenían su presencia en bares, discotecas y hoteles como un secreto de Estado.

Eso si, a las variopintas amiguitas temporales siempre les decía lo mismo:  que su corazón era de su novia. Y cuando la despistada conquista  no tenía idea acerca de quién le estaban hablando, José se aseguraba de mostrarle la foto de Más que siempre llevaba en la cartera…¡Aquella era SU novia!, y la tenía que exhibir como un trofeo incluso en las mismísimas narices de sus aventuritas...que nadie fuera a pensar que por bajito estaba falto de mujer...¡que va!. Para José, Más simbolizaba todo lo que los demás podían desear sin poseer: los hombres para conquistarla, las mujeres para  envidiarla. Pasear con  ella del brazo le daba una sensación de superioridad y poderío mas grande que cualquier deportivo, chaqueta de firma o móvil de última generación. Por eso decía que la amaba y que nunca sería capaz de cambiarla por nadie.  ¡Ella era su princesa!

Sin embargo, Más no había visto nunca este lado de José, y en aquella dichosa mañana de Abril prescindió de los chismes que siempre lo habían rodeado y lo vistió (como siempre) de maravilloso príncipe azul. Él era el tipo que le manejaba las cuentas, que la ayudaba a elegir la ropa y la acompañaba al gimnasio, el mismo con el que, después de graduarse, había fundado una empresa en la que ella no había aportado tanto capital pero si muchas innovadoras y exitosas ideas. Era su José pues, su todo...¡y esta noche por fin se convertiría en su esposa!

Más se levantó de la cama y vio una foto suya enmarcada en la mesita. Sabía que era mas que bella. Era lo que en criollo se conoce como un mujerón.  Se detuvo a observar las paredes de su habitación, repletas de reconocimientos a sus buenas calificaciones durante el instituto y coronada por su título Summa Cum Laude de la universidad (distinción que, por cierto, José no había obtenido). Una vieja postal de la torre Eiffel le trajo el recuerdo de aquella carta de aceptación de La Sorbonne para hacer una maestría en París, oferta que, oh coincidencia, llegó junto a la propuesta matrimonial de José.

¡Pero aquellas eran cosas comunes!. ¡Cualquier mujer estudiaba!, ¡cualquiera hacía una master!. Pero casarse...¡eso si que tenía mérito! no hay toga y birrete o trapo de diseñador que se comparen a la emoción de caminar hacia el altar, vestida de blanco, para unirse para siempre con un hombre como José...Hacerse un anillo de graduación era terriblemente hortera, en cambio llevar una alianza Cartier con el nombre de su José grabado en el interior era un privilegio. Ser la señora y callar para siempre tanto rumor infundado sobre la virtud de su novio, eso si era importante...¿Qué mas daba un papel mas, un papel menos de licenciada, magíster o PhD? Nada. Absolutamente nada. Todo perdía valor ante la noche de noches, la de su BODA.

Mientras admiraba su vestido de novia comprado en Nueva York, Más repasaba mentalmente los detalles de la ceremonia de hoy: la iglesia, el fotógrafo, el cortejo, el menú de la cena, el champagne, el whiskey…todo lo que había organizado para celebrar con 400 invitados en el mismo sitio donde conoció a José años atrás. Una boda como debe ser: ¡por todo lo alto y en el Club, carajo!

Más sonreía radiante ante sus recuerdos. ¡Lo había logrado todo! A partir de esa noche se convertiría en la esposa de un gran partido tras un noviazgo largo y formal, como los de antes. Ya tenían un piso, que sus respectivas familias se habían encargado de amoblar y equipar. Sólo faltaba la ceremonia, el feliz momento en el que por fin pasaría a ser parte del privilegiado grupo de mujeres que firmaba con un ‘de’ por delante del insigne apellido de su inmaculado marido. Se presentaría al mundo con el nombre que siempre debió ser suyo y con el que sería reconocida a partir de ahora por todos los mortales: Finalmente, la señorita Más cumplía el sueño de su vida y se convertía en la  orgullosísima Señora Más de Lo Mismo.

(Inspiración: un empacho de revistas de sociales maracuchas, en Septiembre del 2002 -

Ilustración: María Raquel Ferrer ©)



 

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