domingo, 3 de agosto de 2008

Paciente Terminal


Sabía que estaba enferma. Los síntomas de aquel mal de idiotas y locos la acompañaban cada minuto del día. Desde que abría los ojos en la mañana hasta que el cansancio le ganaba la batalla por la noche. Las miradas compasivas de su familia se lo decían y el distanciamiento cortés pero inequívoco de sus amistades se lo confirmaban: su estado era grave.

Cuando salía a la calle no podía evitar notar como los extraños que viajaban a su lado en el autobús o compartían unos metros de acera con ella, la observaban con una curiosidad mal disimulada. Aquel desorden quizás químico que le afectaba la existencia, parecía crear una especie de aura a su alrededor capaz de indicarle a la gente que ella era una de 'esas personas'. Y no tenía alternativa. Ser objeto de análisis y comentarios era parte del precio a pagar por estar contagiada.

En el trabajo la situación no era muy diferente. Desde que empezó a mostrar los signos inconfundibles de haber pescado esa peste que sólo era vista con cierta aceptación en niños o personas muy jóvenes, comenzó a tejerse a su alrededor una finísima red de todo tipo de rumores. ¿Cómo se contagió?...Ya se sabe que hay que ser un poco 'especial' para tener cuarenta años y estar enferma de 'eso'...Su estilo de vida sin duda tenía la culpa de todo. Mientras mas lejos de ella, mejor. Sus compañeros de despacho, gente 'sana', se acercaban a su mesa solo para lo estrictamente necesario, temerosos de pillar el virus y terminar deambulando por la vida como ella, con aquella sonrisa perpetua en los labios y los ojos permanentemente vestidos de claridad.

Era un reto cargar con aquel peso. No habían tratamientos ni vacunas conocidas para su mal y el mundo no estaba educado para tratar con enfermos como ella. Sin embargo, cada vez eran mas los que caían víctimas de ese terrible brote que ya alcanzaba proporciones epidémicas y tenía de cabeza a los hombres de ciencia, a los líderes religiosos y hasta los políticos, quienes no podían explicarse como una tragedia tan grande podía adueñarse del destino de la humanidad. La ola de enfermos cada día iba en aumento e incluso había algunos degenerados que buscaban contagiarse voluntariamente...

Despachos, calles, escuelas... Poco a poco el invisible y letal virus se iba apoderando de todo, mientras los contagiados se unían en pequeñas comunidades secretas, extrañas sectas en las que daban rienda suelta a su dolencia y dejaban bien visible la rareza de sus síntomas. Para ellos no habían grupos de apoyo ni asociaciones benéficas. Eran demasiado peligrosos para generar lástima y no resultaban rentables para las arcas de la caridad común.

Los pronósticos al respecto tampoco eran muy alentadores. Los especialistas en la materia estimaban que dentro de unos años cada familia podía esperar que por lo menos uno de sus miembros desarrollaría las señas clásicas del mal, y lo peor, que era muy factible que todo el grupo familiar fuese portador asintomático del virus, convirtiéndose en amenazas ambulantes. También se hablaba de genes defectuosos que predisponían al organismo y la gente se examinaba con desconfianza y preocupación, aterrorizados ante la perspectiva de mirarse un día al espejo y descubrir los signos de la fatalidad en su rostro.

Así que ella tenía que llevar su vida en la mas completa y pacífica resignación, reconociéndose discretamente en los ojos de otros de su misma condición, aceptando sin mayor ruido su ánimo optimista y su libertad contagiosa. Asumiendo con dignidad y algo de compasión el miedo y rechazo que producía en los otros, porque sabía por experiencia propia que el mundo no perdona a un enfermo de felicidad aguda.



Para Cristina, cuando se marchó feliz a Chile en Febrero 2000.
Revisado en Julio 2008
 

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